En el recorrido por los distintos museos y colecciones granadinas de arte que vengo haciendo desde septiembre no podía faltar la que atesora la Fundación CajaGranada, que se exhibe en el edificio de su centro cultural, donde está también el Museo Memoria de Andalucía. Y de esta colección, que conforma una pequeña pinacoteca, destaca muy especialmente, por su tamaño (211 x 236’5 cm.) y grandiosidad en todos los sentidos, la pintura que hoy les propongo, un lienzo realizado al óleo por el artista escocés David Roberts en 1838, fruto de un viaje llevado a cabo por España solo unos años antes, entre 1832 y 1833.
Era la época en la que nuestro país y, en particular, Granada empezaban a llamar la atención de esos “viajeros románticos” entre los que Whasington Irving quizás sea el más célebre gracias a sus populares Cuentos de la Alhambra, publicados en 1832 (aunque escritos en 1829). Pero, antes o después de él, también visitaron la ciudad por esas décadas del XIX Víctor Hugo, Prosper Mérimée, Alejandro Dumas, Hans Christian Andersen o Giuseppe Verdi, por citar solo a los más conocidos. Eran, al principio, los tiempos del Romanticismo, una fuerte reacción contra el Neoclasicismo imperante a fines del XVIII y comienzos del XIX, y los artistas, músicos y escritores estaban ávidos de fantasía (frente a la razón neoclásica), de Edad Media (frente a la Antigüedad) y de lo oriental (frente a lo grecorromano). La ciudad de Granada, de manera parecida a otras (Córdoba, Sevilla, Alcalá de Guadaíra,…), ofrecía ese triple atractivo: era un lugar de bellas leyendas —como las recogidas por Irving—, había sido un próspero reino en los últimos siglos medievales y contaba con importantes restos materiales y artísticos de ese pasado musulmán que le daban el toque de exotismo y orientalismo que dichos viajeros andaban buscando de manera desenfrenada.
Roberts llega a nuestra ciudad en febrero de 1833, después de un periplo por tierras peninsulares desde Irún que le lleva a conocer Burgos, Madrid y Córdoba antes que Granada —así como muchas poblaciones menores— y que continuará después por Málaga, Ronda, Gibraltar, Tánger y Tetuán, Cádiz, Jerez y Sevilla, donde finalizará su viaje de forma precipitada por una epidemia de cólera. De todo el tiempo que permanece en nuestro país quedan numerosas obras que nos muestran la España del momento, aunque desde su particular visión romántica. Valgan como ejemplo los cuatro óleos que conserva el Museo del Prado: el Castillo de Alcalá de Guadaíra, La Torre del Oro, Interior de la Mezquita de Córdoba y la Capilla del Condestable (de la catedral de Burgos). Granada, en la que permanecerá unas dos semanas, será la ciudad de la que haga más grabados: un total de quince, muchos de ellos de los rincones nazaríes. Hay también varias litografías y, por supuesto, la pintura que protagoniza este artículo: Fortaleza de la Alhambra en Granada.

En esta obra se nos muestra, tras una plaza-mirador muy animada de gente y una serie de “edificios albaicineros”, la colina de la Alhambra, vacía de vegetación y enseñando claramente tanto el Tajo de San Pedro como el conjunto del recinto amurallado, en el que destaca la Alcazaba, más cercana y luminosa que el resto de las construcciones. A su izquierda, oscurecidos, vemos el palacio de Carlos V, el campanario de la iglesia de Santa María y el torreón de Comares, seguidos del conjunto de atalayas que conforman el sistema defensivo de la ciudadela nazarí. Más allá de esta aparecen, bajo la Alcazaba, las Torres Bermejas y, justo al otro lado, medio oculto por las dos altas palmeras, un desmesurado Generalife. Al fondo, Sierra Nevada, con las cumbres más elevadas nevadas —entre ellas el Veleta—, como corresponde al invernal febrero, y el resto seco y rocoso, sin manto forestal.

Pero si los espacios alhambreños son más o menos reconocibles en la obra de Roberts, que incluso nos muestra elementos reales de esa época que hoy no existen —la pequeña cubierta sobre la terraza de la Torre del Homenaje o el tejado a cuatro aguas en la de Comares—, no sucede lo mismo con los que aparecen en el Albaicín; al contrario, el barrio al otro lado del Darro parece estar conformado por una serie de fantasías arquitectónicas o por edificios, si reales, claramente desubicados, como traídos de otro lugar. Ocurre con las espadañas, sobre todo la más destacada, blanca y de gran luminosidad, centro visual de toda la composición: no se trata de un elemento propio del Albaicín, cuyas iglesias cuentan con pequeñas torres campanario que pudieron ser antiguos minaretes. Tampoco en él encontramos una iglesia con cúpula y linterna, como sí vemos, sombría, en la pintura. Es, por tanto, un Albaicín imaginado, pintoresco y, más aún, lleno de personajes muy queridos por los artistas románticos: tipos populares que cantan, bailan y tocan la guitarra, como hacen los de la plaza-mirador. Pero también un fraile con tonsura y largo báculo y un soldado con la escopeta al lado. Empieza a crearse una imagen tópica de nuestra tierra. No la de un país trabajador, sino la de uno “de guitarra y pandereta”, de fiestas y folclore, de frailes y soldados ociosos —como el cabo don José en la ópera Carmen de Bizet, basada en la novela homónima de Mérimée—.

Imagen nº 5:


Es interesante saber que la mayoría de grabados y litografías que Roberts realizó aquí fueron de espacios de la Alhambra o del Generalife y muy pocos de otros sitios de Granada: el puente del Carbón (sobre el Darro), la puerta de Bibarrambla, el corral del Carbón,… por lo que cabe pensar que pudo contar con escasos dibujos o bocetos que le permitieran representar el Albaicín real. O quizás es que no quiso hacerlo, porque la imagen novelesca, con elementos barrocos inventados, vendía más.
Animado por el éxito, Roberts realizó un segundo viaje: a Egipto y a los lugares bíblicos, donde dibujó igualmente numerosos templos y rincones que le permitieron crear abundantes grabados, litografías, acuarelas y lienzos idealizados. Alcanzó la fama y la prosperidad, ingresando en la Royal Academy of Arts. El pintor de familia humilde que se había iniciado creando decorados teatrales y escenografías entraba en la más alta institución artística británica, pero tras su muerte su prestigio declinó y sus obras quedaron pasadas de moda, ancladas en ese Romanticismo pronto sustituido por otros estilos artísticos más en consonancia con los nuevos tiempos industriales y burgueses del siglo XIX.
OTROS ARTÍCULOS DE ESTA SERIE:
‘Bodegón’ de Ismael González de la Serna, en el Museo de Bellas Artes de Granada
La Oración en el Huerto, de Botticelli, en la Capilla Real de Granada
El Embovedado, de J.M. López Mezquita, en el Museo Carmen Thyssen de Málaga
‘Vista de Granada’, de Manuel Ángeles Ortiz, en la colección de la Diputación de Granada
El Tríptico de la Adoración de los Magos, de El Bosco, en el Museo Nacional del Prado
La Anunciación del Maestro de la Leyenda de Santa Magdalena, en la Capilla Real
‘El espejo psiqué’, en el Museo Thyssen de Madrid
El interior de la catedral de Amberes del Museo de Bellas Artes de Granada





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