Hace algunos años encontré, en una librería de viejo de Granada, el ‘Libro de estilo para novicios y principiantas: cómo escribir correctamente en seis meses’, y para empezar recomendaba la lectura reposada, atenta y profunda.
Luego se dedicaba a enumerar los distintos tipos de escritores y recuerdo que, más o menos, decía así:
1. Tenemos el caso del ‘escribidor de oídas’, cuando para escribir es justo y necesario haber leído hasta a Corín Tellado, que escribió más de cuatro mil novelas románticas. Pero hay quien se las da de novelista, como si las letras fueran cosa de las musas. Esta carencia de lecturas hace que el escribidor meta la pezuña de vez en cuando.
2. ‘El profesor pedante’ –tan cargado de títulos académicos, cual militar laureado– suele rebuscar palabrejas raras, aunque no sabe trenzar dos renglones seguidos. Asistir a sus clases es verdaderamente insoportable, pues suele mezclar las churras con las merinas.
3. ‘El meritorio’ es aquél que se presenta a un premio literario y piensa que, con sólo oír su nombre, se lo van a conceder por méritos propios. En realidad, está necesitando un cursillo acelerado de comas, guiones y frases cortas.
4. El ‘personaje público’ que, llevado de esa aureola, escribe artículos huecos y faltos de sustancia, carentes de ritmo y de entonación. Este hombre público está convencido de que es un escritor profundo, pero los críticos literarios aconsejan al lector que lo mejor es pasar página. El librillo ‘Lectura de manuscritos’ (con modelos de cartas, documentos…), arreglado y publicado por Saturnino Calleja, en 1888, me costó cinco euros, en una librería de viejo de Granada, en 2012, aunque conservo también otro manuscrito igual, que era de mi padre. Cuando yo tenía siete años, mi padre me exigía escribir una plana diaria (una página de la libreta para que aprendiera), copiada del manuscrito precisamente con el texto de la carta, en letra bastardilla, bajo pena de doble ración si no la escribía: “Cómo comprendo que el hombre público no se pertenece en muchas ocasiones, y que a veces tiene que sacrificar los más puros sentimientos en aras del deber…”.
5. Con la confianza y seguridad que da el cargo, ‘el trepa’ cree poseer una vasta cultura. Suele ser el funcionario, ascendido por enchufe en el escalafón, y lo delata su arcaico lenguaje administrativo: esos latiguillos y muletas que vienen del siglo pasado.
6. Se ha dado el caso que, detrás de un crítico literario, se esconde un escritor malogrado. Aunque también se da el del ‘crítico converso’, esto es, cuando se ha transformado en novelista.
7. ‘El escritor militante’ suele escribir con anteojeras, por lo que su visión es limitada. Se dice que está al caldo y a las tajadas por la ideología, al servicio de unas siglas o de su amo.
8. ‘El figurón’ escribe generalmente para la galería y desde la tarima tiende al egocentrismo. De su lectura poco provecho podemos sacar.
9. En cambio, del ‘poeta pobre’ bien podría decirse que alcanzará el reino de los cielos. Cervantes ya sentenció en ‘Los trabajos de Persiles y Segismunda’: “El año que es abundante de poesía, suele serlo de hambre. Hay muchos poetas, luego hay muchos pobres”. Se cuenta que, al poeta José Zorrilla lo perseguía el sastre para cobrarle el frac, cuando lo veía por la calle.

10. ‘El escritor de casino’ –“¡A ver, un café solo!” y así pasaba toda la tarde– es ya una especie en extinción, pues casi nadie va a tomar café al bar. En las antiguas tertulias, solamente en Madrid había tres o cuatro diarias (en la primera mitad del siglo XX), solían encontrar su fuente de inspiración Cela, Valle-Inclán, Ramón Gómez de la Serna, García Lorca y tantos otros, al lado del ‘limpia’ y de las cigarreras. En ‘La colmena’, el Premio Nobel retrata la tertulia de escritores en el famoso Café Gijón. Sin embargo, hoy los escritores prefieren la soledad de la mesa camilla, que tanto practicó don Pío Baroja, quizá debido a su mal genio.
11. ‘El ensayista profeta’ tiene una visión sesgada de la actualidad y de la historia y, aunque va de progre, vive como un burgués, etc.
Después de esta prolija relación de escritores y poetas, me entretuve leyendo un sabroso artículo de opinión de los años noventa, donde un boticario retirado sostenía que, la función social del escritor se puede resumir entre su ideal de vida y la prosaica realidad diaria: “Por lo general, su labor no suele ser reconocida ni valorada por la sociedad actual, aunque, se tiene conocimiento de algunos esporádicos homenajes a título póstumo”. Hay que recordar al poeta Gustavo Adolfo Bécquer y al escritor checo Frank Kafka, que alcanzaron la fama precisamente después de haber fallecido. Ambos encargaron a sus amigos, en los últimos momentos de vida, que destruyeran sus obras porque se sintieron unos fracasados. La gloria les llegó demasiado tarde.
El insigne boticario proseguía con sus reflexiones y lanzaba al lector esta terrible pregunta: “¿Para qué queremos escritores y poetas si, a fin de cuentas, no solucionan los problemas de la calle y ni siquiera tienen poder para influir sobre los ciudadanos? –y concluía, desolado–: Unos pocos literatos no van a cambiar el destino del mundo, pues para eso ya están los políticos con sus porfías diarias y sus buenos sueldos”. Pero un escritor, del que no consigo acordarme de su nombre, llevaba el asunto más lejos en un artículo: “¿Para qué queremos escritores y poetas en tiempos de guerra?”.





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