En muchos lugares de nuestro sur –incluso en ciudades pobladas– hay una escena que se repite con inquietante regularidad: una casa cerrada desde hace años, un cortijo invadido por la maleza, un silo que ya no recibe grano, una escuela sin alumnos. A primera vista, son simplemente edificios abandonados. Pero basta detenerse unos minutos para intuir que lo que está en juego no es sólo arquitectura.
La ruina física de un edificio rara vez es un fenómeno aislado. No es únicamente el resultado del paso del tiempo o de la acción de los elementos. Es, más bien, el síntoma visible de un proceso más amplio: la ruina social. Es decir, el debilitamiento –o la desaparición– de las estructuras humanas que sostenían esa estructura: comunidades, economías locales, formas de vida.
Una construcción existe porque cumple una función dentro de un sistema social. Cuando esa “organización” cambia, la función puede desaparecer. Y cuando la función desaparece, el edificio entra en una especie de suspensión: sigue en pie, pero ya no tiene razón de ser. Es una ruina latente, que anticipa lo que vendrá después.
Aquí se produce un fenómeno de retroalimentación: la ruina física, que es consecuencia de la ruina social, puede a su vez contribuir a intensificarla, pues –no lo dudéis– la conexión entre ruina física y ruina social no es solo material o funcional. También es simbólica –pero no unívoca: existen casos en los que el hundimiento físico refuerza el valor simbólico–. Y esto muestra que el destrozo no es sólo pérdida, sino también transformación del sentido, no implicando necesariamente un destino irreversible: la decadencia puede ser el final de un sistema social, pero también el punto de partida de otro.
¿Y si reflexionarais conmigo cambiando o aplicando los términos citados –edificios, construcción, hundimiento, destrozo, decadencia…– a nuestra actual configuración del régimen socio-político que, algunos, nos quieren imponer “por tripas”?





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