Juan Franco Crespo: «La radio en la literatura: ‘Querida camarada?»

A veces cuando descubres materiales que cambian tu visión sobre el conflicto subsiguiente al fin de la II Guerra Mundial, te quedas sin habla, sobre todo por las consecuencias para millones de personas que fueron enviadas a los campos de concentración soviéticos del momento; o lo que acabó conociéndose como el REINO DEL TERROR, algo que Stalin ya practicaba antes de la convulsa década de los cuarenta.

El autor ya nos advierte que, aunque es una novela, en realidad se trata del relato oral de la protagonista que, si nos atenemos a los hechos, acabó viviendo una vida de novela por muy dura que esta fuera ya que lo habitual entonces era perecer en esos ignominiosos campos de trabajo [personalmente me devuelven a relatos de los que existieron en tierras valencianas durante la República] en condiciones infrahumanas. Pero a pesar de todo, la protagonista es una dama afortunada ¿por qué lograba escapar a todas las atrocidades? Posiblemente su juventud y sus idiomas, eso le acababa granjeando una utilidad para el sistema al cual acabaría sirviendo como miembro del temible servicio secreto que actualmente conocemos como KGB [La Ojrana fue fundada en tiempos de los zares y finiquitada el 4 de marzo de 1917 pero eso es sobre el papel ya que la temible Policía Secreta que se instauró tras la revolución de Octubre sólo fue mutando: GPU, OGPU, NKVD, MKVD, MGB, GB].

Es evidente que si nos atenemos al relato, hay cosas que no encajan en un sistema en donde no se escapaba ningún detalle, ahí está el arte del autor: hacer creíble un relato por duro que sea. Pero si has conocido el sistema soviético, si lo has vivido, siquiera de pasada, es imposible que estos hechos hayan sido posibles con tanta candidez.

Pero sí, es cierto, encontrarme esta obra entre las cajas, que empaqueté en Barcelona hace dos décadas, me hace preguntarme ¿cuándo la compré? Seguramente en alguna de las ferias del libro del Paseo de Gracia cuando me hacía con medio centenar de obras alusivas al mundo del Este y las Hazañas Bélicas, producto tal vez de aquellos tebeos que consumía de crío del quiosco de Paquita la de La Trucha en mi pueblo natal. Luego iba devorando, lentamente, a medida que liberaba materia en la Universidad y el trabajo me lo permitía; aún hay unas 500 piezas esperando ser leídas y, sobre todo, disfrutadas, como es el caso de este material de Stefan Olivier y que no superan muchos libros de espías recientes.

Me ha sorprendido encontrarme hechos que, evidentemente, la URSS “metió bajo la alfombra” y durante decenios nadie supo nada de ello, salvo, posiblemente los buenos historiadores o esas entrañables ratas de biblioteca que siempre acaban descubriendo materiales desapercibidos para los demás. De ahí que, muchas veces, los alienadores sean refractarios a los que se preocupan por investigar más allá de la propaganda que ellos elaboran para las masas, aquí podríamos incluir el caso del poeta García Lorca tantas veces magnificado, sobre todo por Ian GIBSON que se ha pegado una gran vida gracias a ese filón.

Me entretuve en mirar en la Biblioteca a ver si Jiménez Losantos, en su libro sobre el comunismo, lo recogía. Ni la más remota alusión. Es un libro descatalogado y, por lo tanto, no fácil de encontrar, salvo si lo buscas en la red donde prácticamente encuentras lo más inverosímil. En fin, Olivier nos legó a la humanidad este testimonio, prácticamente un cuarto de siglo después de haberse acabado aquel terrible conflicto. Digamos que los protagonistas o actores de la trama se parecían al reparto de la película argentina “Nueva Reinas” y no a los intérpretes reales de la historia como nos la han hecho creer.

Sin proponérmelo me he encontrado que determinados personajes, de los que nos han edulcorado sus acciones, no salen bien parados del análisis que hace medio siglo nos dejara el autor aunque también es cierto que les concede cierta humanidad. Sin duda podríamos estar ante una de esas obras que apareció por compromiso y que luego pasó desapercibida porque no interesaba a las Potencias Occidentales que se aireasen algunos de sus más turbios negocios. Entre ellos cabría señalar aquello de “entre todos la mataron y ella sola se murió”.

En fin un buen libro, historia y espionaje, en un mundo de “malos” donde cualquier cosa es posible. Lamentablemente hay que colegir que los campos de concentración o GULAG pasan por un blanqueado que abruma, sobre todo cuando en algún momento has pisado esos innombrables lugares.

Y ahora vayamos a las pocas referencias radiales, hacía meses que mi lectura no me ofrecía la “materia prima de mi vida” la radio, así que entremos de lleno en las que ésta aparece en la interesante novela. Como siempre, entre corchetes, irá la página en que aparecen las mismas.

“Natacha sabía la forma de encontrar “La voz de América” en la radio y las dos mujeres no tardaron en convertirse en unas expertas en música de jazz.

Esto resulta sumamente entretenido y apto para relajar los nervios; pero, ¿qué ocurriría si un general del Servicio de Seguridad del Estado estuviera presente? El general Sudoplatov. Una noche, el general, acompañado de Mischa, se presentó en el domicilio de Helga; ambos vestían de paisano y ninguno de los dos estaba completamente sereno. Tampoco lo estaban Helga y Natacha, enajenadas por la música de jazz americano. Sin embargo, Helga sintió un estremecimiento de terror al ver al general y apagó la radio al instante. Natacha, en cambio, dijo:

-Pero tiíto, ¿a quien se le ocurre venir a molestarnos cuando estamos escuchando una música estupenda y bebiendo vodka?

-Perdón -se disculpó el general-, no queremos molestaros en modo alguno. -Volvió a encender la radio, tomó a Helga entre sus brazos y comenzó a bailar con ella-. ¿Quién es esa chica? -preguntó.

-Una teniente de la MVD -respondió ella.

-No le digas quién soy -rogó el general-, o echaríamos a perder el buen ambiente que aquí reina.” [244/245]

“Helga llevaba una pequeña maleta plana de piel de cocodrilo. Su doble fondo contenía una pistola, una cámara fotográfica “Minox”, una emisora en miniatura, mil dólares americanos y el mismo importe en chelines austriacos.” [257]

“-Sí -contestó ella con un soplo de voz-. Hemos venido en misión de protección del grupo de ingenieros. Pero he perdido ese maletín y la jefatura no me lo perdonará, ¿lo comprende?

-Claro que sí -contestó él, excitado-. Posiblemente tendría usted dentro del maletín otras cosas secretas.

-Sí, una emisora en miniatura y una minicámara fotográfica.

-Una emisora en miniatura -susurró Hochstätter, con gran respeto-. ¡Dios mío, si pudiera ayudarla!

-Puede ayudarme -dijo Helga-. Si me hace un determinado favor, la Jefatura me perdonará mi falta de cuidado.” [265]

“El 24 de diciembre por la mañana compró un árbol de Año Nuevo, lo adornó con velas y lentejuelas de colores y preparó para el pequeño Alik una mesita con juguetes. Cuando la oscuridad se adueñó del día, Helga encendió las luces y buscó las emisoras extranjeras en la radio. Canciones de Navidad por doquier, incluso una alemana al cabo de un rato: Noche de paz. Levantó al chiquillo en alto y le mostró los regalos. Se oyó el sonido del timbre cuando el pequeñín, lanzando gritos de alegría, extendía los bracitos hacia un perro de trapo. Helga llevó al niño a la cama, dejándole el perro, apagó la radio y abrió la puerta”. [308]

“Pero ustedes, por desgracia, no conocen ninguna canción navideña. Si me lo permiten, buscaría una emisora extranjera en la radio.

-Puede hacerlo -concedió Sudoplatov, que añadió, dirigiéndose a Mischa-: ¡Como si no estuviera todos los días escuchando emisoras extranjeras!

Helga volvió a conectar el aparato de radio y trajo vino, pasteles y cigarrillos. Entregó la botella a Mischa”. [309]

“-¿Tendría la bondad de transmitir esto a la Jefatura? -rogó Helga.

-Muy bien. Estoy a disposición de usted en cualquier momento que me necesite.

-Sí. -La mujer le entregó una tarjeta con la dirección del hotel donde se alojaba-. Le llamaré por radio si hubiera necesidad -añadió-. Emito en la frecuencia cuarenta y ocho.

-El hombre apuntó la cifra.

-Nuestro aparato receptor está abierto continuamente. Le deseo mucho éxito”. [326]

“Sus comentarios periodísticos son leídos únicamente por el MGB. La propaganda que hace usted por radio es escuchada únicamente por nosotros. Y sus octavillas están mal redactadas; el MGB se ríe de ellas.

-¿Que se ríen de ellas? -preguntó, enojado.

-Sí. Escribe usted, por ejemplo, sobre un emigrado ruso que ha trabajado en un koljose, el cual, según usted indica, ha ganado poco dinero y apenas si ha podido comer. Cualquier ruso sabe lo que es un koljose, cómo se vive en él y cuánto dinero se gana. ¿Qué pretende usted con estas tonterías”. [332]

“Entretanto, lo he comprobado todo. La instalación de escucha está intacta.

-¿Cómo has podido comprobarlo?

-Conozco en Jefatura a un hombre que está perfectamente orientado sobre el asunto. La vivienda contigua a la tuya está deshabitada y es en ella donde están instalados los aparatos de escucha para todo el edificio, en el que viven más colaboradores. -El teniendo coronel sacó su pañuelo de bolsillo y se limpió la frente como si sintiera demasiado calor-. Por consiguiente, no hay duda de que todo ha sido escuchado. Lo único que queda por saber es si la Jefatura tiene conocimiento ya de nuestra última conversación.” [337]

“El apartamento contiguo era exactamente igual que el suyo, pero convertido en una oficina con puerta acolchada, dos teléfonos y un montón de aparatos técnicos que parecían aparatos de radio. “La central de escucha”, pensó Helga. Un capitán grueso y de baja estatura, que fue presentado como el camarada Kovalenko, se puso en pie al instante.

-Así pues es usted mi vecino -dijo Helga con tono burlón-. ¡Qué raro que no nos hayamos visto jamás!” [341/342]

“Helga pidió únicamente un jugo de frutas. El ministro encendió después la radio; música suave, americana.

-Una emisora occidental -observó la mujer.

-En esta habitación puedes decir y oír todo lo que quieras; está completamente a prueba de ruidos -explicó sonriendo.

Pero entonces continuó girando el mando de la radio hasta encontrar una emisora soviética. Noches de Moscú, la canción de moda del año y, además, exactamente la música adecuada para su estado de ánimo. Sentóse al lado de Helga, le cogió la mano y comenzó a hablar de sí mismo con el tono filosófico de los viejos que pretenden causar impresión en las mujeres jóvenes. Habló de la dureza de su profesión, de su gran responsabilidad, de las decisiones, a menudo crueles, que le exigían en razón de su cargo y que le hacían sufrir mucho más de lo que cualquiera pudiera suponer. Después habló de la paz hogareña y del amor de una mujer, a lo que aspiraba como compensación de lo anterior. El ministro clavó en ella sus tristes ojos de hombre de Azerbaiján.” [369]

“Helga se levantó temprano, pues tenía que tomar el tren que partía a las siete de la mañana para Kazán. El samovar murmuraba en la cocina; la radio emitía una melodía triste. Fania Vasilevna Sidrova y su hijo Nassip, sentados a la mesa, estaban llorando. Helga se asustó.

-Por el amor de Dios! ¿Qué ha ocurrido? -y tuvo un mal presentimiento-. ¿Es algo sobre Andrei?

Fania Vasilevna negó con la cabeza, sin contestar; Nassip se pasó por la cara un gran pañuelo de bolsillo, mientras resoplaba como una morsa.

La música se interrumpió. Entonces, Helga se enteró de la noticia: “Nuestro caudillo y padre, el salvador del mundo libre, nuestro querido camarada Josif Visarionovitch Stalin nos abandonó ayer para siempre a las nueve horas y cinco minutos de la noche.” El locutor parecía hallarse intensamente conmovido. Hizo un breve resumen de los sobrehumanos méritos del voidi (el caudillo), concluyendo con estas palabras: “El héroe Stalin ha sucumbido víctima de un derrame cerebral,” Después volvió a oírse música triste: Chopin.” [391/392]

“Sus palabras han sido transmitidas por la Radio, camarada. ¡Un gran éxito para el partido! Las jefaturas comarcales de Halle, Leipzig y Meiningen la han invitado a asistir a actos similares.

Helga rechazó la oferta. Dijo que estaba de permiso y que no era su propósito hacer viajes de propaganda. Además -continuó-., el servicio suyo era el de un oficial de la Unión Soviética”. [416]

STEFAN OLIVIER, Querida Camarada, Plaza & Janés, S. A. Barcelona, mayo 1970, 476 páginas. Traducción de Ángel Sabrido. (En Amazon por 6€)

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