Ortega y Gasset, la sexualidad, el amor y las mujeres (10/12)

X. MODO DE INFLUIR LA MUJER EN LA HISTORIA

A Ortega, le fascinaba el hecho de que la mujer vaya creando un nuevo tipo de cultura progresivamente, de modo pacífico, desde su aparente pasividad, hasta que su influjo llega a impregnar toda la mentalidad de una época y a configurar un nuevo modelo de humanidad y que lo haga sin ser notada, sin apenas hacer nada, de manera indirecta: “Sin hacer nada, quieta, como la rosa en su rosal, a lo sumo mediante una fluida emanación de leves gestos fugaces, que actúan como golpes eléctricos de un irreal cincel, la mujer encantadora ha esculpido en nuestro bloque vital una nueva estatua de varón” (1). Por eso decía Ortega que“todo lo que hace la mujer lo hace sin hacerlo, simplemente estando, siendo, irradiando” (esa sería su influencia y participación en la historia):

“Como al presentarse la luz, sin que ella se lo proponga y realice ningún esfuerzo, simplemente porque es luz, quedan iluminados los objetos […]. Todo lo que hace la mujer lo hace sin hacerlo, simplemente estando, siendo, irradiando […] La influencia de la mujer es poco visible precisamente porque es difusa y se halla dondequiera. No es turbulenta como la del hombre, sino estática, como la atmósfera” (2).

Considera además que este influjo, que parte de la aptitud humanizadora y amorosa de la mujer (entendiendo amor como la capacidad de dejarse encantar y de ser efusivo libremente respecto a otra persona) tiene o puede tener grandes consecuencias positivas sobre la sociedad, si la mujer se hace consciente de este poder:

“Como hay hombres geniales que inventan novísimos pensamientos, que crean estilos artísticos y descubren normas de nuevo derecho, hay mujeres geniales en que, por la exquisita materia de su ser, por el enérgico cultivo de su personalidad, logra brotar inexpreso un nuevo ideal de varón” (3).

Y si las mujeres colectivamente se lo proponen, este influjo llegará hasta la sociedad en su conjunto, fomentando y posibilitando “formas de vida mejor”:

“Si unas cuantas docenas de mujeres, certeramente apostadas en una sociedad, educan, pulen su persona, hasta hacer de ella un perfecto diapasón de humanidad, un aparato de precisión sentimental, un órgano de aguda sensibilidad para formas posibles de vida mejor, lograrán más que todos los pedagogos y todos los políticos […] y en el país donde esa feminidad aparezca florecerá triunfante e invasora una histórica primavera, toda una vida nueva: ¡vita nova!” (4).

Victoria Ocampo con un ejemplar de su revista, Sur

Hemos visto en todos estos textos hasta qué punto la calidad humana de la mujer influye, a su modo de ver, y a la larga en el contexto donde ella vive. Y, aún más lejos, cómo esta excelencia tiene repercusión en toda la humanidad (porque es, precisamente, un modo de humanidad), “un modo superior de perfección femenina es un progreso integral de la vida y como el germen de una nueva humanidad” (5). El “Epílogo al libro De Francesca a Beatrice” ejemplifica muy bien este tema de la influencia de la mujer en la historia y, entre otros ejemplos, nos muestra de qué manera las escasas miradas de un personaje histórico, como Beatrice, marcaron un duradero modelo femenino en la historia de Occidente y cómo esta influencia llevó al Dante a escribir su inmortal Divina Comedia, que a su vez influyó en la historia de Occidente y en la manera en que el hombre ha idealizado a la mujer durante siglos. Todo ello demuestra que el sistema de estimaciones de la mujer puede influir, y de hecho influye a largo plazo, en la mentalidad colectiva. Por ello, quien haya tenido muchas veces la experiencia real de la mujer, ha tenido muchas veces conciencia de una cierta superioridad, llegará a declarar Ortega. El texto en el que Ortega expresa esta realidad es exactamente este:

“Todo hombre dueño de una sensibilidad bien templada ha experimentado a la vera de alguna mujer la impresión de hallarse delante de algo extraño y absolutamente superior a él. Aquella mujer, es cierto, sabe menos de ciencia que nosotros, tiene menos poder creador de arte, no suele ser capaz de regir un pueblo ni de ganar batallas, y, sin embargo, percibimos en su persona una superioridad sobre nosotros de índole más radical que cualquiera de las que pueden existir, por ejemplo, entre dos hombres de un mismo oficio. […] De aquí que la profunda intervención femenina en la historia no necesite consistir en actuaciones, en faenas, sino en la inmóvil, serena presencia de su personalidad” (6).

Hasta tal punto puede ser la mujer de esta peculiar manera motor de la historia que Ortega llega a decir en ese “Epílogo” que la marcha de la historia es, en buena parte, “la historia de los ideales masculinos inventados por la mujer”. “Es increíble”, añade Ortega en otro famoso pasaje de este ensayo, “que haya mentes lo bastante ciegas para admitir que pueda la mujer influir en la historia mediante el voto electoral y el grado de doctor universitario tanto como influye por esta su mágica potencia de ilusión” (7). Un texto paradigmático para ejemplificar esa capacidad de influencia de la mujer hacia el hombre: la de orientar su mirada, y la de recuperar nuevos modos para aprehender dimensiones de la realidad desapercibidas o perdidas, y valorarlas, podría ser el siguiente:

“Hoy me he enterado de que Soledad se fue ayer de Madrid para una ausencia de varios días. He tenido al punto la sensación de que Madrid se quedaba vacío y como exangüe. ¡Una impresión que han sentido todos los enamorados del mundo, pero no por eso menos extraña! Madrid sigue igual, con sus mismas plazas y calles, el mismo rumor de tranvías y bocinas, la misma gente y el mismo tráfago; los mismos árboles en los jardines y, sobre los tejados, el mismo tránsito de nubes blancas y redondas que ayer y anteayer. Sin embargo, todo eso parece haberse vaciado de sí mismo y conservar sólo su exterior, su careta. Lo que han perdido es una peculiar dimensión de realidad: perduran ante mis ojos y oídos, pero han dejado de existir para mi interés.

Ahora noto hasta qué punto mi amor a Soledad irradiaba sobre toda la ciudad y toda mi vida en ella. Ahora advierto que aun las cosas más remotas, que menos parecían tener que ver con Soledad. “Los mismos atributos geométricos, topográficos, de Madrid, han perdido toda vigencia. Y es que hasta la geometría sólo es real cuando es sentimental. Antes tenía para mí esta ciudad un centro y una periferia. El centro era la casa de Soledad; la periferia, todos aquellos sitios donde Soledad nunca aparecía, vago confín casi inexistente […]. Todo, en fin, parece trastocar su ordenación e irse articulando en el sentido y bajo el influjo del nuevo centro geométrico de atracción sentimental” (8).

En este conocido fragmento se pone de manifiesto, mejor que en ningún otro de Ortega, cómo la mujer, simplemente con serlo, puede modificar la manera masculina de captar la realidad, de posicionarse ante ella. Especialmente la última frase del citado texto expresa cómo en este evento de ausencia de la amada, el hombre encuentra de modo paradójico que el mundo en el que ya vivía se reordena y se articula de una nueva manera antes insospechada.

BIBLIOGRAFÍA Y NOTAS

1. Ibid., p. 735.

2. J. Ortega y Gasset, “Epílogo al libro De Francesca a Beatrice”, en OC III, pp. 734-735.

3. Ibid., p. 736.

4. Ibid., pp. 736-737.

5. Ibid., p. 738.

6. Ibid., p. 734

7. Idem.

ÍNDICEORTEGA Y GASSET, LA SEXUALIDAD, EL AMOR Y LAS MUJERES

Tomás Moreno Fernández

Ver todos los artículos de


Comentarios

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *


El periodo de verificación de reCAPTCHA ha caducado. Por favor, recarga la página.

IDEAL En Clase

© CMA Comunicación. Responsable Legal: Corporación de Medios de Andalucía S.A.. C.I.F.: A78865458. Dirección: C/ Huelva 2, Polígono de ASEGRA 18210 Peligros (Granada). Contacto: idealdigital@ideal.es . Tlf: +34 958 809 809. Datos Registrales: Registro Mercantil de Granada, folio 117, tomo 304 general, libro 204, sección 3ª sociedades, inscripción 4