Ortega y Gasset, la sexualidad, el amor y las mujeres (12/12)

XII. EL ROL DE LA MUJER EN LA SOCIEDAD CONTEMPORÁNEA

Consideremos, por ejemplo, cómo por aquella época desde la Revista G. Simmel desarrollaba una filosofía de la coquetería como parte integral del ocio femenino y de la equiparación de los sexos. El propio Ortega consideraba la elegancia de sus amigos elitistas como un servicio al que el bello sexo le dedicaba el día entero para luego volcarse al atropellamiento social que no les brindaba el sosiego profundo para la germinación interior. El tema de la elegancia fue central en sus conferencias de 1928, repitiendo en “Amigos del Arte” mucho de lo que G. Simmel habría desarrollado evadiendo en todo momento la cuestión profesional (1). En su artículo “Estética en el tranvía” (publicado en El Espectador unos meses antes de su viaje a Buenos Aires) Ortegas dirige una mirada “de especialista” en el tranvía de Fuencarral en búsqueda de un porvenir sentimental o intelectual.

El rol de la mujer en la sociedad contemporánea, la belleza femenina de rasgos toscos y groseros no le conmueven. Admite que un esquema de belleza femenina objetivo es complejo porque el hombre busca perpetuamente esa suma belleza que no existe y que a lo largo de su vida nunca se cruza con ella. Es la necesidad del flirteo como juego de esperanzas. No se trata solamente de la perfecta morena, de la rubia ideal, de la ingenua o nostálgica, sino de definir un tipo de ser femenino dentro de posibles bellezas diferentes: “Cada individualidad femenina me promete una belleza ignorada, novísima, la emoción que empuja mis ojos es la de quien espera un descubrimiento, una revelación subitánea” (2).

Es significativo que, en esa época, cuando el voto femenino y el derecho de la mujer a la educación superior están sobre el tapete, nuestro filósofo se decante de este modo. Admitamos que el panorama que se ofrecía a sus ojos era más o menos como él lo describe y que la mayoría de mujeres prefería la vida hogareña a la vida civil. Sin embargo, para el insigne creador del concepto de “circunstancia” como elemento imprescindible para entender la realidad humana, supone una grave incoherencia no tener en cuenta precisamente el entorno sociocultural de las mujeres (su circunstancia). Resulta asimismo difícil justificar — añade la historiadora valenciana —, que no considerara la polémica que, al menos durante dos siglos, estuvo planteada en España en torno a la educación femenina.Si hubiera reparado en ella, “Ortega habría caído en la cuenta de que esas mujeres que describe como ‘un ser que sólo en feliz ocupado en faenas cotidianas’, no era más que el sazonado producto de una educación pensada para ofrecerles el hogar como toda perspectiva” (3).

O estas otras diseminadas a lo largo de toda su producción ensayística –y que proceden, sin duda, de toda esa tradición de la misoginia romántica alemana, de Schopenhauer, Nietzsche y Weininger; también de Max Scheler, Georg Simmel o Alexander Pfänder, que tan bien conocía el maestro-, como son su presunto carácter frágil y débil e incluso que “es feliz sintiéndose débil”; su abnegación y su necesidad de ser dependiente, y desear ser dominada por el varón; su falta de logos o de espíritu (inteligencia) y, consecuentemente, su incapacidad para para la creatividad intelectual y para la cultura objetiva; su ausencia de dotes para ejercer las profesiones mercantiles, ni para la política, la filosofía o la lírica (por su incapacidad de expresar lo íntimo de cada persona); su carencia, en fin, de individualidad y su ser genérico-colectivo etc. y la irrelevancia del sufragio y el empleo de la mujer en la constitución de su propio proyecto de vida y en el papel que pudiera ejercer en la historia.

Esa era la imagen de la mujer imperante en la primera mitad del siglo XX, en opinión de Victoria Ocampo. Así se pensaba entonces: “Y a veces lo pensaban hombres de gran talento como Ortega o Weininger. La diferencia entre estos enamorados de la mujer era que Ortega ‘no lo decía crudamente, Weininger sí’. Ambos sostenían que la mujer guarda y protege sus “valores” para sí misma en plan intimista y luego con astucia se los impone al varón como a ella le da la gana. Igual opinaba el Conde de Keyserling” (4). Esa es la imagen de la mujer que coincidía con la de Ortega, consistente en ideas tan peregrinas y contradictorias como las que hemos tenido oportunidad de glosar a lo largo de este capítulo, y que con precisión resume M. P. Ezcurra en un abstrac de su libro Ortega y las mujeres, en el que se describe cómo nuestro filósofo basándose en la diferencia biológica entre los sexos, justifica la situación de opresión, sometimiento y marginación de la mujer, afirmando que ésta es esencialmente inferior al hombre:

Ortega descalifica tanto a la mujer que se somete al modelo patriarcal como a la que se rebela contra él. Hace uso de terminología propia de la biología para dotar de tono científico a sus afirmaciones, así como para naturalizar fenómenos de origen cultural. […] Se señala que el afán del hombre por controlar y someter a la mujer revela el temor masculino a la potencialidad de poder femenino, un poder desconocido simbolizado por el útero(5).

Para concluir, la posición de Ortega ante la mujer en general, y para la mujer de su tiempo, en particular, nos resulta bastante androcéntrica, por no utilizar un término más contundente y ominoso, como puede comprobarse en esta anécdota que condensa su posición ante el género femenino, que hoy nos parece tan obsoleta como humillante —por sexista, patriarcal y paternalista— para las mujeres:

Siendo yo joven, volvía en un gran trasatlántico de Buenos Aires a España. Entre los compañeros de viaje había unas cuantas señoras norteamericanas, jóvenes y de gran belleza. Aunque mi trato con ellas no llegó a acercarse siquiera a la intimidad, era evidente que yo hablaba a cada una de ellas como un hombre habla a una mujer que se halla en la plenitud de sus atributos femeninos. Una de ellas se sintió un poco ofendida en su condición de norteamericana […]. Las mujeres norteamericanas eran entonces tan modestas que creían que había algo superior a “ser mujer”. Ello es que me dijo: “Reclamo de usted que me trate como a un ser humano”. Yo no pude menos de contestar: “Señora, yo no conozco ese personaje que usted llama ‘ser humano’. Yo sólo conozco hombres y mujeres. Como tengo la suerte de que usted no sea un hombre, sino una mujer —por cierto, espléndida—, me comporté en consecuencia”. Aquella criatura había padecido, en algún College, la educación racionalista de la época, y el racionalismo es una forma de beatería intelectual que al pensar sobre una realidad procura tener a ésta lo menos posible en cuenta(6).

BIBLIOGRAFÍA Y NOTAS

1. Marta Campomar, “Victoria Ocampo en la cultura del amor de Ortega y Gasset”, Revista de Estudios Orteguianos, Nº 3. 2001, p. 250.

2. J. Ortega y Gasset, “Estética en el tranvía”, en OC II, 35-36. El prototipo de mujer con impulsos emancipadores se mostraba en la Europa de su tiempo a través de la obra del dramaturgo noruego Enrique Ibsen con su Casa de Muñecas: donde su heroína exigía el derecho a ser feliz y crecer libremente.

3. Sacramento Martí, Misóginos, cínicos y benevolentes. Ortega y Gasset, op. cit

4. Citado en Marta Campomar, “Victoria Ocampo en la cultura del amor de Ortega y Gasset, Revista de Estudios Orteguianos, Nº 3. 2001.

5. M. P. Ezcurra, Ortega y las mujeres, Euridica, UNED,Centro Asociado de Navarra, 1993, vol. III. p. 135.

6.J. Ortega y Gasset, Breve excursión hacia ella”, en El hombre y la gente, VI: OC X,pp. 223-224.

ÍNDICEORTEGA Y GASSET, LA SEXUALIDAD, EL AMOR Y LAS MUJERES

Tomás Moreno Fernández

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