El relato del domingo, por Pedro Ruiz-Cabello (101): La adolescencia

A don Juan, el padre, lo habían destinado, en su calidad de ingeniero, a la Jefatura de Obras Públicas de Ciudad Real. El traslado supuso para la familia un cambio notable, pues había pasado de vivir en una ciudad costera a residir por un tiempo indeterminado en una ciudad del interior. Gabriel tenía catorce años; después de haber cursado el bachillerato durante cuatro años en Alicante, donde se hallaba muy bien adaptado, a partir de entonces habría de continuar los estudios en el instituto de Segunda Enseñanza de Ciudad Real, donde al principio no podía evitar sentirse como un forastero.

Se instaló la familia en una casa que había a espaldas de la iglesia. Era un lugar triste, sobre todo para un espíritu sensible como era el de Gabriel. Por delante de la puerta era frecuente que pasasen los entierros, lo cual acentuaba aún más la impresión de tristeza que causaba el sitio. La madre, cada vez que pasaba una fúnebre comitiva, se daba a rezar padrenuestros por el difunto, movida por sus acendradas creencias. Decía, en presencia del marido y de los hijos, que era lo que correspondía hacer por la salvación de las almas.

Era aquella una casa antigua, de cuartos destartalados y pasillos lóbregos, algunos de ellos con manchas de humedad en las paredes. El sol de las mañanas, entrando por las ventanas y por los balcones abiertos, la inundaba de gracia con sus haces de luz dorada, sacándola del reino de las sombras en el que había estado sumida. Eran los únicos momentos del día en los que se tornaba una vivienda confortable, en los que no se tenían las impresiones de lobreguez y de pesadumbre que se habían tenido antes. Lo normal era que a una hora temprana de la tarde hubiera que encender las lámparas de las habitaciones más frecuentadas por la familia.

Por la cercanía de la iglesia, el tañido de las campanas se había hecho habitual en la casa; a veces era un tañido melancólico, de campanadas lentas que dejaban ecos fríos que seguían latiendo en el alma; parecían anunciar el fin de la vida, de una vida que pasaba pronto.

No solo se oían las campanas, sino también las voces de los niños encargados de tocarlas, unas voces que sonaban también lúgubres en el silencio de la calle, muy distintas de las que se emiten cuando son provocadas por el ansia de jugar y de esparcirse.

Desde su cuarto, en las tardes de los domingos, Gabriel oía con claridad las notas del órgano de la iglesia. Atrapado por la música, se quedaba un rato embelesado escuchándola, dejando que su imaginación recreara lo que le iba sugiriendo; era para él una sensación nueva, una experiencia con la que su espíritu se elevaba a un estado de encantamiento inefable. La música se le revelaba como un arte puro, con un poder de sugestión al que era inevitable rendirse. Las notas del órgano eran hondas, graves, incisivas, a veces cálidas, leves, insinuantes, como palabras que apenas se susurran; parecía que llegasen de un lugar remoto, situado fuera del tiempo. Se hallaba en una edad en la que era cada vez más susceptible de ser conmovido por todo lo que captasen sus sentidos, en especial si se trataba de algo hermoso o delicado, como eran los sones mágicos de aquellos conciertos sacros que el organista de la iglesia tocaba. Para escucharlos con más nitidez, Gabriel a veces entornaba las hojas del balcón, a través de cuyo hueco entraba en la estancia la luz de caramelo de la tarde, de un tono cárdeno unos instantes después de que el sol se hubiera ya ocultado tras los tejados. La música, quizá debido a aquellos cambios de luz, tenía un mayor efecto en su ánimo, hiriéndolo con los dardos de una emoción muy dulce, de un afán de infinitud insaciable.

La madre, en los ratos apacibles en los que estaba sentado con ella en el comedor, volvía a contarle, influida por aquel ambiente, episodios de la pasión del Señor, como le había contado de niño, a los que añadía ahora más detalles patéticos, de un extremo dolor, pues ya estaba él en condiciones de comprenderlos. El Redentor del mundo había tenido que padecer mucho para cumplir la misión que el Padre le había encomendado; la cruz era el camino para la salvación, el camino que conducía al cielo. La madre se detenía en presentar las figuras que aparecían en los Evangelios, en recrear las escenas que en ellos se relataban.

En Ciudad Real, se encontró con Ordóñez, un antiguo compañero del colegio de los padres jesuitas con el que se había llevado bastante bien. La casa de Ordóñez era grande, de aspecto señorial, con estancias guarnecidas de celosías. El padre tenía en ella un despacho, amueblado de modo elegante, con un escritorio antiguo que llamaba poderosamente la atención de Gabriel, pues no había visto otro igual, con más adminículos.

La madre de Ordoñez era joven, de una belleza radiante, como así era vista ya durante las visitas de familiares en el colegio. A Gabriel, por ser amigo del hijo, lo trataba con gran deferencia, con una deferencia a la que él no estaba acostumbrado. Era una mujer, además, muy cuidadosa de su vivienda, de manera que siempre la tenía muy limpia y arreglada. Por todos lados había flores y cuencos llenos de fruta; era, ciertamente, una vivienda alegre en la que uno podía menos de sentirse contento. Tenía, por si faltaba poco, un huerto, en el que había castaños de Indias y cedros, con terrenos cercados de arrayanes.

Como era natural, a Gabriel le gustaba visitar la casa de Ordóñez, donde se sentía muy bien acogido. Allí, en medio del huerto, compartía muchos momentos con el amigo, paseando de un extremo a otro. Como ya no tenían edad de jugar, se daban a evocar viejos tiempos, las cosas que les habían pasado en el internado del colegio. En una de esas conversaciones que mantenían, Gabriel le reveló a Ordóñez que quería ser pintor, tras lo cual este se interesó por conocer el motivo. «Porque quiero reproducir en cuadros la belleza del mundo», respondió Gabriel, con la vista fija en uno de los cedros del huerto. «Tú siempre has sido distinto a los demás», dijo Ordóñez, mirando él también el cedro.

Otro de los amigos en aquella vieja ciudad de provincias fue Mauro, con el que no tardaron en intimar Gabriel y Ordóñez. Mauro era un chico desmedrado, con la cara salpicada de hoyuelos dejados por la viruela. Vivía con Luz, su hermana, en la casa de un tío que era canónigo, pues los dos se habían quedado huérfanos. Maura, después de haber abandonado lo estudios, trabajaba de aprendiz de una fragua, en cuya puerta muchas tardes Gabriel y Ordóñez lo esperaban para hacer una excursión juntos por los alrededores de la ciudad. Eran ya los tres aficionados a escapar de los lugares conocidos, a explorar nuevos territorios. Normalmente salían del recinto urbano por la puerta de una antigua muralla. Frente a ellos se extendía al salir una amplia llanura, que a sus ojos se ofrecía como un inmenso mantel compuesto de retazos de majuelos, huertas, hazas de diversos tamaños y agrios pedregales, entre los que discurrían numerosos caminos. Era un paisaje que les llamaba la atención por su anchura y diversidad; las hazas, sucesivas, dispersas, recortadas por lindes difusas, presentaban colores distintos, de acuerdo con la época del año en la que se encontrasen; en otoño, que fue cuando comenzaron sus paseos por aquellos contornos, alternaban en ellas los verdes de alcaceres con los rubios de rastrojeras y los marrones y ocres de las tierras dispuestas para las primeras siembras. Mauro era siempre el guía de la pequeña expedición, avalado por su enorme experiencia.

Un día de finales de noviembre, movidos por su afán de aventura, se alejaron más que de costumbre y llegaron hasta un santuario que se hallaba en lo alto de una colina. Era el santuario de Nuestra Señora de Alarcos, que les impresionó por el clima de recogimiento y de fervor que dentro de él reinaba. Fue un trayecto largo. A su regreso, cuando ya casi caía la noche, aparecía la ciudad envuelta en una penumbra de cobre, en un halo de leyenda vieja. En la memoria de Gabriel, quedaron grabadas todas las experiencias de aquel día de otoño, como se echaría de ver en algunas de sus primeras páginas escritas con vocación literaria.

Luz, la hermana de Mauro, algo mayor que él, era rubia, de ojos muy claros, en los cuales retozaba siempre una sonrisa. Tenía la hermosura ideal de una princesa, de una princesa de cuento que residiese en un entorno bello, en un palacio de salas suntuosas. Gabriel y Ordóñez así la veían, sobre todo cuando a la vuelta de sus paseos depositaba en las mejillas de Mauro un beso muy dulce, de una ternura que más bien era propia de una madre, de una hermana mayor que lo tuviese a su cargo. Gabriel, al verlo, no podía evitar sentirse conmovido, como si aquel beso también se lo estuviera dando a él.

Tanta impresión le causaba la presencia de Luz que soñaba con frecuencia con ella; soñaba que ella lo aguardaba a la vera de un camino y que después de besarlo en las mejillas, como hacía con Mauro, paseaba con él, cogida de su mano, por la llanura manchega, entre viñas y hazas sembradas de hortalizas. Ella, en efecto, era su novia; sin necesidad de ningún cortejo, lo había aceptado como novio, con una complacencia natural, como si fuera algo que hubiera estado presente desde siempre en sus destinos.

Por eso, cada vez que en la realidad Gabriel se encontraba con Luz sentía un pellizco de emoción en sus entrañas, un estremecimiento muy hondo que hacía que se pusiera bastante nervioso, sin atinar a comportarse de un modo normal.

Era fácil que ella se apercibiera de su azoramiento, aunque por su manera de actuar parecía que lo disimulase.

Era la primera vez que Gabriel se enamoraba. Él sabía, aunque era todavía muy pronto para saberlo, que se trataba de un amor imposible, no solo por la diferencia de edad que entre ambos existía, sino porque veía entonces a Luz como un ser muy superior a él, como si perteneciera a una categoría de seres que le resultase inaccesible. Tal imposibilidad era la causa de que la quisiese aún más, con una pasión desbordada que le ocasionaba profundos abatimientos cuando comprendía que sus deseos nunca e cumplirían.

En la casa del tío, donde Luz y Mauro vivían, se celebraban por las tardes frecuentes tertulias, en las cuales intervenían importantes personalidades de la localidad. A ellas acudía de vez en cuando don Jesús, un viejecito muy amable que tenía un modo de ver las cosas muy diferente al del resto de contertulios. Era de un talante liberal, siempre dispuesto a comprender y a disculpar las faltas ajenas, a compadecerse de quienes lo estuviesen pasando mal, de indigentes y desarrapados que no solían ser bien vistos por las gentes. En las tertulias, era la voz discordante, la voz que ponía reparos a las convenciones y a los modos de pensar establecidos. Gabriel, Mauro y Ordóñez fueron testigos más de una vez de sus intervenciones, de la sorpresa y el escándalo que ocasionaban en el tío canónigo y en las demás personas reunidas. Ellos, como no podía ser de otro modo, lo admiraban, lo tenían por un hombre cabal, de un pensamiento libre que siempre defendía lo que consideraba justo. Era pequeño, de escaso pelo, con unos lentes redondos, tras los que se veían sus ojos menudos, con cierta expresión de ironía siempre brillando en ellos. A menudo se paseaba por la habitación donde tenían lugar las tertulias; daba breves paseos mientras meditaba o manifestaba su opinión sobre lo que se estuviese debatiendo.

Una tarde que Gabriel no iba acompañado de Ordóñez, se encontró en el portal de la casa a solas con Luz. Su hermano, según le informó ella, había salido a realizar un mandado y todavía no había vuelto. La situación en la que se halló de pronto, sin esperarlo, causó un gran desasosiego a Gabriel, como tal vez Luz advirtió por el aturdimiento que por unos instantes lo asaltó. Por mucho que hubiera imaginado diversos encuentros que tenía con ella en el campo, el hecho de estar a su lado lo puso enormemente nervioso. Sin atreverse a mirarla a los ojos, le dijo a Luz que aguardaría allí al hermano, a lo que ella repuso que no habría de tardar mucho en volver y que si quería podía entrar en el comedor, donde ella había estado cosiendo antes de que él entrase en el portal. Hablaba con naturalidad, como si se dirigiese a Mauro, con tal confianza que no pudo menos de tranquilizarse un poco Gabriel.

Como él no supiese qué decir, Luz continuó hablando: le confesó que estaba muy contenta de que su hermano tuviera amigos y que saliese con ellos habitualmente, ya que de esa manera se distraía y no pensaba en las cosas tristes que tiene la vida, demasiado duras para un niño de su edad, sin unos padres que lo apoyaran y lo socorrieran cuando le hiciera falta. «Mauro es un buen amigo», acertó a pronunciar no sin apuro Gabriel, todavía algo envarado por verse solo ante Luz, a quien seguía teniendo por un ser ideal en el que estaban compendiadas todas las bellezas del mundo.

Apenas hubo dicho aquello, apareció Mauro, quien expresó al momento su alegría por encontrarse con Gabriel en el portal y, lo mismo que en otras ocasiones, dejó que Luz lo besara antes de salir con él de la casa.

Lo que no podía saber Gabriel entonces era que Luz estaba comprometida con un joven del pueblo, perteneciente a una importante familia. Lo sabría unos meses después, cuando en una de las excursiones que hacían por el campo Mauro se lo reveló como un secreto a los dos amigos. Sí, Luz estaba comprometida desde hacía tiempo con Cándido, quien tenía un molino de harina y de aceite. Su tío, el canónigo, estaba muy satisfecho de que así fuese, ya que Cándido contaba con una excelente reputación. A él, aunque no lo había tratado mucho, le caía bastante bien, pues era muy amable y respetuoso; sin duda, su hermana, tal como aseveró, había elegido a un buen novio entre los pretendientes que había tenido.

Gabriel comprendió, después de escuchar al hermano, que Luz no estaba realmente a su alcance; todo había sido un sueño que le había hecho concebir grandes ilusiones, por lo que el desengaño que sufrió por eso fue tremendo, hasta tal punto que durante varios meses anduvo muy abatido, casi sin ganas de vivir. Su único alivio fue la lectura, a la que había empezado a ser muy aficionado. Había leído ya varios libros que se hallaban en la biblioteca de su casa, casi todos novelas y libros de relatos, con los que su imaginación estaba cultivando, evadiéndose con ella de las circunstancias en las que se encontraba, algunas de ellas harto dolorosas, como la terrible decepción que le deparó la noticia de que Luz tenía ya novio.

El tiempo que vivió en Ciudad Real no pudo ser para Gabriel más intenso, pues el inicio de la adolescencia estuvo marcado para él allí por experiencias que habría de dejarle una imborrable huella. Fue, verdaderamente, un periodo decisivo. De los recuerdos de sus paseos por la ciudad y por sus campos nacerían sus primeros textos literarios que, con el título de «Paisajes tristes», se publicarían en diversos periódicos y revistas.

Pedro Ruiz-Cabello Fernández

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