Ortega y Gasset, la sexualidad, el amor y las mujeres (9/12)

IX. DE LA INFLUENCIA DE LA MUJER EN LA HISTORIA

En su “Epílogo al libro De Francesca a Beatrice (1924) Ortega se lamenta de que la influencia de la mujer en la historia sea un asunto intacto y del que la gente no sabe nada. Y en su ensayo “¿Masculino o femenino?” hace notar nuestro filósofo, sin embargo, que la historia ha avanzado según un ritmo sexual. Es decir, que hay épocas en que predominan los valores masculinos y otras en que imperan los valores de feminidad. Señala como ejemplos de las primeras el siglo de Pericles griego y la alta o primera Edad Media cristiana. En ambas, el hombre se concentra en actividades tales como la guerra, la conquista, la lucha y la demostración de la fuerza física, y en ellas, el trato con la mujer queda relegado a “la tiniebla, en el subterráneo de las horas inferiores, entregadas a los puros instintos -sensualidad, paternidad, familiaridad”. “La mujer no intervenía en la vida pública. Los hombres se ocupaban en la faena guerrera y, lejos de las damas, los compañeros de armas se solazan en bárbaras fiestas de bebidas y canción” (1).

Y como representación de las segundas, épocas femeninas, señala la segunda Edad Media (siglo XII), la edad más atractiva del pasado europeo, que se caracteriza precisamente por “la ascensión sobre el horizonte histórico del astro femenino”. Es el momento en el que en las cortes de Provenza y de Borgoña comienza a surgir un nuevo tipo de mujer occidental (mujer noble y culta, refinada y en cierto modo exigente respecto a los modales masculinos), que afirma el valor de la pura feminidad. A consecuencia de ello, se va a originar una nueva relación del hombre hacia la mujer, en la que la mujer asume el rol de educadora del hombre:

“La cultura de la “cortezia” inicia esta nueva relación entre los sexos, merced a la cual l mujer se hace educadora del hombre. Dante representa su culminación. La Vita Nuova ha sido escrita trémulamente bajo la emoción de sentir el poeta que so el irreal cincel femenino se iba transformando en un hombre nuevo. Dante sólo aspira a la (p.16) anuencia de Beatriz, a su aprobación. La vemos pasar siempre lejos, un poco amanerada y prerrafaelista. Al poeta sólo le preocupa si le saluda o no… Con su saludo y su desdén, como con dos riendas invisibles […] rige la cauta doncella la brava mocedad del poeta.” (p. 17).

Ortega habla explícitamente de un doble cambio, en la cultura y en la vida, y considera explícitamente que “sin la violencia del combate o del anatema, suavísimamente, la feminidad se eleva a máximo poder histórico” (2). Se crean y difunden, en consecuencia, otros valores distintos de los que habían predominado en épocas anteriores:

“Y esta gigantesca cosecha procede íntegra de la audacia genial con que unas damas de Provenza afirmaron una nueva actitud ante la vida. Frente al doble ascetismo, igualmente abstruso, del monje y el guerrero, estas mujeres sublimes se atreven a insinuar una disciplina de interior pulimento e intelectual agudeza. Bajo su inspiración renace la suprema norma de Grecia, el metron, la “medida”. La primera Edad Media es como el varón, todo exceso. La lei de cortezia proclama el nuevo imperio de la “mesura”, que es el elemento donde alienta la feminidad”

Y en suEpílogo al libro De Francesca a Beatrice(3) afirma que es este fenómeno “uno de los hechos decisivos de la civilización occidental” y parte de la “audacia genial con que unas damas de Provenza afirmaron una nueva actitud ante la vida. Para Ortega, esas mujeres son “hembras civilizadoras” y entre ellas destaca a Laura de Noves, la amiga de Petrarca. Por eso, este periodo de la Edad Media, auténticamente clave en la historia occidental y de enorme trascendencia y fecundidad cultural:

“La Edad Moderna, de que tanto nos enorgullecemos, es hija -con sus ciencias, con su política y sus artes- del Renacimiento. Pero el Renacimiento es, a su vez, hijo de la cultura provenzal floreciente en el siglo XII. Ahora bien, esta cultura provenzal nace al amparo de unas cuantas mujeres geniales que inventan la ley de cortezía, primera ruptura con el espíritu ascético y eclesiástico de la Edad Media. […] Conste, pues, que no son los ingenieros ni los profesores los que han iniciado el progreso con sus laboratorios y sus cátedras, sino unas damas floridas con las fiestas de sus salones” (4).

En contraposición a esta época de cortezia, típica de las cortes provenzales, Ortega sitúa esas otras en las que predomina un ideal pan-sexualista, en las cuales se ha despojado a la mujer de todo elemento que no sea biológico o mecanicista. A su modo de ver, son épocas en las cuales, por contradictorio que parezca, ya que la corporalidad de la mujer es utilizada para todo, con razón o sin ella, la mujer ha perdido su verdadera irradiación, no está presente como tal y no influye como mujer. Su aparente omnipresencia es falsa, porque no es a causa de su ser personal, sino más bien a causa de su “manejo”. A su modo de ver, son épocas de pérdida del nivel humano porque se hace norma la imitación de lo masculino y esto produce que se pierdan algunos elementos que especialmente la mujer puede aportar; precisamente esto es lo que hace perder sabor a la convivencia humana: “Esta mengua del poder femenino sobre la sociedad es causa de que la convivencia sea en nuestros días tan áspera. Inventora la mujer de la cortezia, su retirada del primer plano social ha traído el imperio de la descortesía” (5).

Según Ortega habitualmente se ha hablado de la mujer como relación, se ha planteado siempre como “la mujer es mujer de” o “es madre de” o “es hija de”. A la mujer se le ha asociado, por lo tanto, siempre con una de estas relaciones o precipitados. Significativamente, al pensar en “hombre” no sucede esto (no asociamos de modo automático ‘hombre’ con “marido”, “padre”, “hermano” o “hijo”), sino que lo vinculamos más bien con su función profesional. La explicación profunda de este hecho podría ser la conceptualización que el hombre ha tenido de la mujer en otras épocas, de la mujer como persona, y, por lo tanto, asociada a relaciones personales, aunque no se contase con los términos filosóficos adecuados para ello. A pesar de ser estos “precipitados” de la mujer, como los denomina el filósofo, Ortega cree necesario hacer una pregunta previa. De hecho, él cree que la mujer puede ser todo eso porque antes es mujer. Su pregunta es: ¿qué es la mujer cuando no es sino mujer? Porque todos los demás atributos, maravillosos atributos, pueden hacen olvidar que la mujer es persona por sí misma. Su respuesta más clara será que la mujer es un arte:

“Trátese […] de la mujer no sólo en sus venerandos oficios de esposa, madre, hija y hermana, sino muy principalmente en aquel su oficio que es previo a todos éstos y que éstos suponen: en su oficio de mujer como mujer, en sus gracias de feminidad merced a las cuales gana al hombre como esposo, que la haga madre de hijas hermanas de sus hijos. Por desgracia […] se ha dejado a la mujer que viva en abandono y de cualquier manera su feminidad, que casi haya olvidado que no sólo como madre, sino como mujer, tiene tremendos deberes y compromisos ante la historia y ante su patria. Porque hay, renuévese la conciencia de ello, un cultivo, una cultura de la feminidad” (6).

Ello explica que la mujer haya tenido una misión y un poder muy eficaces pero ocultos a lo largo de la historia. Una misión, consistente en ser cada vez más autoexigente y perfecta y, al mismo tiempo, exigir la perfección al hombre. Y un poder, que se relaciona con su capacidad de encantar, de atraer e influir sobre el hombre, de manera que él, por sí mismo, eleve su propia calidad moral:

“Mientras que el progreso del varón consiste en fabricar cosas cada vez mejores -ciencias, artes, leyes, técnicas-, el progreso de la mujer consiste en hacerse a sí misma más perfecta, creando en sí un nuevo tipo de feminidad más delicado y más exigente […]. A mi juicio es ésta la suprema misión de la mujer sobre la tierra: exigir, exigir la perfección al hombre. Se acerca a ella el varón, buscando ser el preferido; a este fin procura, desde luego, recoger en un haz lo mejor de su persona para presentarlo a la bella juzgadora.”

Llega incluso a sugerir que la perfección del hombre como persona depende de aquella perfección a la que la propia mujer aspire: “La perfección radical del hombre -no lo que es solo mejorar en ciencia o en arte o en política- ha solido llegar a él mirando el infinito al través de un alma femenina, medio cristalino donde dan su refracción los grandes ideales concretos”.

BIBLIOGRAFÍA Y NOTAS

1. J. Ortega y Gasset, “¿Masculino o femenino?”, en OC IV, p. 68.

2. Ibid., p. 70.

3. J. Ortega y Gasset, “Epílogo al libro De Francesca a Beatrice”, en OC III, pp. 726-728.

4. J. Ortega y Gasset, “Divagación ante el retrato de la Marquesa de Santillana”, en: OC II, p. 782, n. 1.

5. J. Ortega y Gasset, “¿Masculino o femenino?”, en OC IV, p. 73- 84.

6. J. Ortega y Gasset, “Curso de Cuatro Lecciones. Introducción a Velázquez”, en OC IX, pp. 902-903.

7. J. Ortega y Gasset, “Epílogo al libro De Francesca a Beatrice”, en OC III, pp. 737-738. Ortega llega a argumentar que la mujer incita incluso al varón más descuidado o desaliñado a cuidar precisamente de su aderezo corporal, de su propio aspecto personal.

8. Ibíd.

Tomás Moreno Fernández

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