El paso de los años vuelve a uno menos sensible, hasta un grado en que es difícil emocionarse por algo. La experiencia endurece, hace que el alma se torne más huidiza, más melancólica incluso. Quizá se desconfía, no se espera ya gran cosa de lo que pueda deparar la vida después de los desengaños sufridos, después de los contratiempos que se han tenido que afrontar. Una sensación abrumadora de cansancio domina el ánimo, como si los años vividos fueran los tramos de un camino que se han recorrido con gran fatiga, algunos de ellos duros y escabrosos. Uno cree entonces que ya no tiene suficientes fuerzas para recorrer lo que le queda de camino, quizá ya el tramo final, el más escarpado de todos, tras el cual se hallará el descanso merecido, una paz que reconforte por los sufrimientos padecidos.
Es un tiempo, sin embargo, en el que todavía se conserva un poco de esperanza, ya que la esperanza no se agota hasta que no se deja de caminar; aunque no lo parezca, sigue latiendo un resto de ella, un resto acaso mínimo que es la causa de que aún se aguarden algunas agradables sorpresas, sucesos por los que uno vuelva a emocionarse, con una intensidad que ya no podrá ser como antes, porque el cansancio acumulado atenúa las emociones, debilita el espíritu. Uno no se siente derrotado todavía, porque sabe que aún resiste el embate de la vida, del mismo modo que un náufrago que se aferra a la tabla de salvación sueña con llegar a la playa que en la distancia avista. Si se sucumbe al sentimiento de derrota, ninguno de los esfuerzos realizados tendrá sentido. Es obligado seguir, puesto que pararse o volver atrás es ya imposible; la resistencia humana es mayor de lo que se cree, de lo que se piensa en un momento de duda o de inevitable abatimiento. Es el destino; oponerse a él resulta inútil, ya que solo produce desasosiego, un inconformismo que provoca un constante malestar.
No, no se debe descartar que aún me emocione si acepto el destino, si continúo creyendo en mí, porque el sol sigue luciendo aunque sea invierno, aunque haya días en que el cielo se nuble y caiga una intensa lluvia o incluso una copiosa nevada. El sol siempre vuelve a salir, rasgando con fúlgida espada de luz las nubes que lo cubrían. Es verdad que el origen de esas emociones futuras ya no será el mismo de antes, cuando estallaban por cualquier cosa debido al ardor con el que se vivía. Serán emociones causadas por hechos sencillos, por un instante de honda reflexión, por el canto de un pájaro que se oye al amanecer, por la caricia de la brisa, por un recuerdo que ha quedado enredado en la memoria, por la creencia en un Dios que infunde su Espíritu al alma que a él se abandona. Es precisamente ese aliento suyo lo que más mueve a seguir, a no ceder al desaliento. Dios, aunque se dude de él a veces, continúa siendo un consuelo, una fuerza redentora que no habrá de faltar.
Se pasa por periodos ásperos en los que parece que se pierde la fe, en los que uno se dice que ya no puede más y que se hace inevitable aceptar la derrota. La vida está compuesta de etapas muy diversas; sigue un recorrido sinuoso. Lo más sensato es reconocerlo; dar la espalda a la realidad conduce al engaño, tras el cual es fácil sentirse decepcionado, sin ganas de vivir. Es posible que todavía se caiga muchas veces, porque es algo humano caer; pero lo bueno es levantarse y experimentar la sensación de que todo no está perdido. Esas emociones nuevas, moderadas, acaso de poca intensidad, habrán de producirse, quizá cuando menos se espere, cuando el alma esté más relajada. Serán fugaces, ya que todas las emociones lo son; pero servirán para que el ánimo no decaiga, porque sin ellas es probable que no vuelva a levantarse jamás.





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