María había dado ya numerosas muestras de la generosidad que abundaba en su corazón; desde que era pequeña había ido creciendo, casi de modo espontáneo, en la fe que le habían transmitido sus padres. Con veinticuatro años, tenía ya suficiente autonomía para actuar por su cuenta, para moverse por la ciudad sin la obligación de rendir cuentas a la familia de lo que hacía. Como todas las mañanas, había salido muy temprano hacia el barrio del Albaicín, donde realizaba obras de caridad en algunas parroquias. Había oído misa, a poco de salir de su casa, en la iglesia de los padres capuchinos; la eucaristía era su alimento espiritual, con el cual tomaba fuerza para cumplir las tareas que ella misma, en virtud de su celo apostólico, se asignaba.
A la hora en que subía al Albaicín, el sol comenzaba a asomar tras las cumbres de Sierra Nevada, arrojando sobre la ciudad una luz almibarada. Aquella mañana, como siempre, ascendía por las cuestas con la alacridad de quien se dispone a llevar a cabo una misión importante, sin dar señales de fatiga; parecía que estuviese hecha a subir por aquellas empinadas callejas, como si hubiera vivido en ellas toda la vida.
María era alegre, de una alegría contagiosa; probablemente fuera esta la principal virtud que destacaba en ella, como se encargaban de encarecer las personas que la trataban a diario, entre las que se hallaban muchos vecinos de aquel barrio. Tenía el cuerpo delgado, la cara angulosa, los ojos de un verde claro, siempre muy sonrientes; el pelo, que era castaño, lo llevaba a menudo recogido en un moño. Aquel día, por ser de invierno, iba arrebujada en un abrigo marrón, de un diseño muy elegante, pues era voluntad de la madre que la hija vistiese bien, a tono con la posición social que la familia ocupaba.
Según le había encomendado el cura que regentaba una de las parroquias, tenía que repartir paquetes de comida a familias necesitadas, algunas de ellas con niños pequeños que se habían quedado huérfanos de padre. Después de la guerra, se daban situaciones de extrema pobreza, a las que no era raro que se sumasen enfermedades y epidemias, derivadas de las malas condiciones en las que se vivía.
Don José, que así se llamaba aquel párroco, no pudo sino alegrarse al verla aparecer en la sacristía, pues con ella estaba garantizado el reparto de la comida de aquella mañana; para facilitárselo, le recomendó que entregara los paquetes uno a uno, según el orden que él ya había establecido.
El primer paquete fue llevado por María a una casa en la que se hallaba una anciana con su nieta de siete años, a la que cuidaba mientras la madre realizaba labores de limpieza en otras casas; el padre, según le había revelado ya en otra ocasión la abuela, había fallecido en la guerra, sin que se hubiera podido saber el lugar donde había sido enterrado. Con lo poco que ganaba la madre en los hogares en los que trabajaba, lograban a duras penas mantenerse, por lo que siempre necesitaban un complemento con el que pudieran alimentarse mejor. A María le gustaba quedarse un rato hablando con las familias a las que ayudaba, pues estaba convencida de que no solo se encontraban faltas de alimento, sino también de afecto. Aquella niña, que se llamaba igual que ella, presentaba un aspecto desmedrado, propio de quien en sus primeros años ha padecido grandes carencias. Siempre que María aparecía por la puerta, la pequeña salía a su encuentro, contenta de su presencia, sin duda porque se sentía muy reconfortada con ella, hasta el punto de que no se apartaba de su lado hasta que no se iba, mirándola con ojos agradecidos.
La segunda provisión de comida fue para un hombre mayor que vivía solo en una casa de vecinos. Habitaba una vivienda de reducidas dimensiones, rodeado de mugre y de miseria, como así delataba también la ropa percudida que vestía el anciano. Su mujer, según le había contado un día, había fallecido antes de la guerra y el único hijo que tenía se había ido con la esposa a vivir a otro sitio, en el que había encontrado trabajo. El hombre hablaba muy poco, casi con un hilo de voz, quizá por la escasez de fuerzas de la que adolecía. Con cara triste se quedó mirando a María después de que le entregara el paquete aquel día, como si apenas diera ya importancia a la comida. «La vida es muy dura», musitó después de un prologando silencio, con la vista clavada en su benefactora. «Dios no nos olvida ―replicó ella, tratando de animarlo―; cuando se sienta solo háblele a él, porque él siempre escucha.»
La siguiente familia a la que visitó María estaba formada por dos hermanas solteras que vivían en una casa muy vieja, heredada de sus padres. Se encontraban en un estado lamentable, con numerosos achaques. La mayor había enfermado de tuberculosis al poco de concluir la guerra y la menor padecía de una artritis que la tenía muy mermada de movimientos, con fuertes dolores. Se sustentaban con lo que el párroco y otras personas de bien del barrio les llevaban, por lo que algunos días pasaban hambre. Lo que sorprendía a María era que nunca perdían la sonrisa a pesar de los padecimientos que sufrían; lo consideraban inevitable, así que no tenían más remedio que aceptarlo con resignación, con una resignación que estaba ya en ellas muy consolidada, como si fuera una virtud con la que hubieran nacido. La mayor frisaba los sesenta años, aunque aparentaba algunos más; tenía el rostro ajado, el pelo nevado de canas. La otra hermana, a causa de la artritis, se movía poco; casi todo el tiempo estaba sentada en un sillón de mimbre, con el cuerpo encogido. «Hay personas que lo están pasando peor que nosotras, de manera que no nos podemos quejar», le dijo a María aquella mañana la hermana mayor con gesto resignado, con un asomo de sonrisa apuntando en su cara marchita.
La última entrega le correspondió a una viuda joven que todavía estaba dolorida por la muerte del esposo, acaecida durante la guerra después de que se le gangrenara una herida. No tenía hijos, de modo que vivía sola, sin otra compañía que la de un perro lanudo que nunca se retiraba de ella. Vestía de negro, con ropajes mugrientos. En sus ojos, que eran azules, parecía haberse instalado para siempre la tristeza. En sus conversaciones, como era previsible, aludía frecuentemente al marido, a quien no dejaba de echar de menos. María, cada vez que la visitaba, procuraba animarla, diciéndole que el espíritu del esposo no había muerto y que seguramente estaría ya gozando de los bienes del cielo. «Por las noches, cuando me desvelo ―contó aquel día la joven viuda―, me da por pensar que él me acompaña; es una impresión que dura solo unos momentos, pero me sirve para sentirme algo más consolada.» «El amor no se termina nunca ―reflexionó María después de escuchar aquello―. Si tú quieres a tu marido, como veo que lo quieres, siempre podrás creer que está a tu lado.»
Cuando acabó de repartir los paquetes de comida, era ya el mediodía. Tras despedirse de don José, María se encaminó hacia su casa. El sol de invierno, escuálido, derramaba una luz de bronce entre las nubes; de vez en cuando soplaba una brisa fresca que semejaba provenir de los ventisqueros de la sierra. María, enfundada en su abrigo, bajaba ufana por las cuestas tortuosas del Albaicín. Como ya le había revelado a alguna amiga, cada vez estaba más segura de que tenía vocación de monja; su misión en el mundo la daba ya por cumplida, por lo que ahora veía más claro que debía ingresar en un convento de clausura, donde se entregaría por completo a la oración, a la adoración de Jesús presente en la eucaristía. Lo que no sabía aún era en qué orden ingresaría; en los próximos meses, con la ayuda de su madre y de los sacerdotes a los que conocía, trataría de hallar la que más le convenía.





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