Hay lugares que nunca se abandonan del todo. Permanecen escondidos en algún rincón de la memoria y, cuando menos lo esperas, regresan con el olor de la tierra caliente, el canto de las chicharras o el rumor de un río. Para mí, ese lugar siempre será Trasmulas.
Cuando mi hermano y yo éramos niños, nuestros padres nos enviaban a pasar allí los largos veranos. En el pueblo vivía nuestra abuela materna, mi tío Pepe con su familia y varios primos de mi madre. Entonces nos parecía que el verano duraba una eternidad y que el mundo terminaba en los campos que rodeaban el pueblo.
Aquellos días transcurrían con la lentitud feliz de la infancia. No existían los relojes ni las prisas. Bastaba con salir a la calle para que comenzara una nueva aventura. Jugábamos hasta el agotamiento, explorábamos cada rincón como si fuéramos descubridores y solo interrumpíamos nuestras correrías cuando mi abuela aparecía llamándonos para comer. Ahora comprendo que aquella preocupación constante porque estuviéramos bien alimentados era una forma de querer. Supongo que todas las abuelas hablan el mismo lenguaje, aunque lo hagan con distintas palabras.

Uno de nuestros mayores placeres era bajar al río Genil. Sus aguas eran entonces limpias y generosas, y entre las piedras buscábamos galápagos con la ilusión de quien cree que está a punto de descubrir un tesoro. Nunca importaba demasiado si los encontrábamos o no; lo verdaderamente importante era el camino, las risas y la libertad que sentíamos junto al río.
Después llegaba el momento más temido del día: la siesta. Mi abuela la imponía con una autoridad que no admitía discusión. Nosotros protestábamos en silencio porque el verano era demasiado corto para desperdiciar una sola hora durmiendo. Sin embargo, hoy daría cualquier cosa por volver a escuchar el silencio espeso de aquellas tardes, roto únicamente por el zumbido de las moscas y el lejano canto de una tórtola. Otra de las recomendaciones de mi abuela Antonia era que no nos alejáramos del pueblo, ya que podíamos encontrarnos con el hombre del saco, «el mantequero», que, según contaban, se llevaba a los niños para sacarles las mantecas. Aquella posibilidad era, sin duda, la que más nos aterraba.
En tiempo de trilla acompañábamos a mi tío Pepe hasta la era. Para un niño aquello era un espectáculo fascinante. Él nos subía sobre la trilla y pasábamos horas dando vueltas y más vueltas sobre la parva mientras las mulas avanzaban con una paciencia infinita. Nos sentíamos los dueños del mundo. Solo había un enemigo: el fino polvillo que desprendía la paja, un polvo dorado que se nos metía por todas partes y nos hacía picar el cuerpo entero.

Al regresar a casa nos esperaba el baño en el patio. No había agua corriente. El agua se sacaba de los pozos o de la fuente del barranco, y mi abuela llenaba cubos con los que nos lavaba entre risas y protestas. Todo era más sencillo entonces. Las calles seguían siendo de tierra y el mayor peligro consistía en apartarse al paso de un carro o de alguno de los muchos mulos que recorrían el pueblo. Hoy resulta difícil imaginar una infancia donde el tráfico no existía y el polvo formaba parte del paisaje cotidiano.
También recuerdo las cuadrillas de segadores que llegaban cada verano. Eran hombres curtidos por el sol y el trabajo, que comenzaban a segar antes del amanecer y regresaban al pueblo cuando ya caía la noche. Al terminar una cosecha continuaban camino hacia otros pueblos, hasta acabar la temporada en las tierras de Castilla. Me impresionaban su fortaleza y sus manos endurecidas, pero aún más las conversaciones en las que hablaban de las mujeres y los hijos que habían dejado lejos para poder ganarse el pan. Sin saberlo, aquellos hombres me enseñaron que el trabajo podía exigir sacrificios inmensos.
Debía de ser un niño bastante caprichoso. Mientras casi todo el mundo apreciaba el pan blanco, tan escaso durante los años de la posguerra, a mí me entusiasmaba el pan de maíz. Mi abuela, con esa paciencia infinita que solo poseen las personas que aman sin condiciones, amasaba la harina y llevaba el pan a cocer a la tahona solo para darme ese pequeño gusto. Años después comprendí el valor de aquel gesto. No era simplemente pan; era una muestra silenciosa de cariño.
Otra de nuestras expediciones favoritas consistía en acercarnos a una acequia donde crecían espesas zarzas cargadas de moras. Recuerdo una tarde en que mi hermano comió tantas que acabó pagando cara su gula. Después bebió agua muy fría y aquella noche la pasó enfermo, entre vómitos y una fuerte diarrea. Nunca volvió a mirar las moras con los mismos ojos.

Las noches tenían un encanto especial. Al caer el sol, los vecinos regaban la tierra delante de sus casas para refrescar el ambiente. Poco a poco iban sacando las sillas de anea y se sentaban a conversar bajo un cielo inmenso, cuajado de estrellas. Mientras tanto, los chiquillos convertíamos la calle en nuestro reino. Corríamos, gritábamos y jugábamos sin miedo porque ya no pasaban carros ni mulos. La calle era nuestra, y también el verano.
Pero aquellos días luminosos convivían con una sombra que entonces apenas alcanzábamos a comprender. Yo era un niño muy observador. Más de una vez me acerqué a los corrillos donde hablaban los mayores y comprobé cómo, de repente, las conversaciones se interrumpían. Bastaba mi presencia para que cambiaran de tema o me enviaran a jugar.
Recuerdo también a muchas mujeres vestidas de negro, con pañuelos cubriéndoles la cabeza y un luto que parecía no terminar nunca. Solo con los años entendí el motivo de tanto silencio. La Guerra Civil seguía muy presente en la memoria de todos. En Trasmulas, como en tantos pueblos de España, la violencia y la represión habían dejado heridas profundas. Había familias rotas, vecinos asesinados y un miedo que sobrevivía mucho después de que terminaran los disparos. Nadie hablaba en voz alta de aquello. Se aprendía desde niño que había asuntos de los que era más prudente guardar silencio.
Nosotros, sin embargo, vivíamos al margen de aquellas preocupaciones. Los niños siempre encuentran la manera de construir un mundo propio. Nuestro universo estaba hecho de juegos interminables, baños en el río, carreras por las calles polvorientas y meriendas de pan con chocolate que nos sabían a gloria.

Cuando cierro los ojos todavía puedo recorrer aquellas calles de tierra, sentir el calor de las tardes de julio, escuchar la voz de mi abuela llamándonos desde el patio y volver a ser, por un instante, aquel niño que creía que el verano no tendría fin.
Con el paso de los años he comprendido que aquellos veranos no fueron solo unas vacaciones. Fueron una escuela de vida. Allí aprendí el valor de la familia, la dignidad del trabajo, el peso de la memoria y la felicidad que puede caber en las cosas más sencillas. Quizá por eso, cuando pienso en mi infancia, siempre regreso a Trasmulas.
Y aún me quedan muchos recuerdos por contar. Entre ellos, el viejo palacio, sus jardines y las correrías de aquel niño curioso que no dejaba de explorar cada rincón del pueblo, convencido de que detrás de cualquier puerta podía esconderse una nueva aventura.
7 julio 2026
(*) Trasmulas es una localidad y pedanía española perteneciente al municipio de Pinos Puente, en la provincia de Granada. Está situada en el extremo occidental de la comarca de la Vega de Granada. Cerca de esta localidad se encuentran los núcleos de Peñuelas, Láchar y Fuensanta. Está situada a 526 m de altitud y en 2024 contaba con 198 habitantes que reciben el nombre de trasmuleños o higuerillos. Su patrona es la Virgen del Rosario.






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