José A. Delgado: «Estados Unidos de América: 250 años»

“Cuando en algún momento futuro, el alto tribunal de la Historia se disponga a juzgar a todos y cada uno de nosotros, yo preguntaré: ¿Fuimos verdaderamente hombres valerosos, con alto valor para enfrentarnos a nuestros enemigos, y valor para enfrentarnos cuando fue necesario a nuestros amigos?”. Discurso de John Fitzgerald Kennedy (JFK) ante la Asamblea Legislativa de Massachusetts el 9 de enero de 1961: Robert Dallek, “J. F. Kennedy. Una vida inacabada”. (Pág. 560).

El sábado 4 de julio de 2026 se cumplían 250 años de la Declaración de Independencia de los Estados Unidos de América. Fue un proceso político y militar entre 1775 y 1783 donde las trece colonias británicas se separaron del dominio del rey Jorge III de Inglaterra, dando origen a una nueva República Federal basada en la soberanía popular y en los ideales de la Ilustración. La guerra terminó con el Tratado de París firmado el 3 de septiembre de 1783 por el que Gran Bretaña reconoce la independencia de esta nación y fue ratificado por el Congreso de la Confederación el 14 de enero de 1784. El Preámbulo de la Declaración de Independencia dice así: “Nosotros, el pueblo de los Estados Unidos, a fin de formar una unión más perfecta, establecer justicia, asegurar la tranquilidad interior, proveer a la defensa común, promover el bienestar general, asegurar para nosotros mismos y para nuestros descendientes los beneficios de la libertad, proclamamos e instituimos esta Constitución para los Estados Unidos de América”. Está considerada como la más antigua del mundo que todavía se encuentra en vigor.

Quisiera traer a colación al presidente John Fitzgerald Kennedy como ejemplo representativo de esta efeméride por las siguientes razones: por ser el primer presidente católico de esta nación; por la carrera espacial en la que el 5 de mayo de 1961 el comandante Alan Shepard fue lanzado al espacio y su compromiso de enviar un hombre a la Luna; por cómo se enfrentó a la invasión de Bahía de Cochinos; por el conflicto de Laos y por la crisis de los misiles por la que los rusos instalaron bases de proyectiles nucleares en Cuba. JFK exigió al dirigente soviético Jrushchov el desmantelamiento de sus bases y éste accedió a su requerimiento. También por cómo gestionó la escalada armamentística de la URSS.

Kennedy, de origen irlandés, nació el 29 de mayo de 1917 en Brookline (Massachusetts) siendo el segundo de ocho hermanos y murió trágicamente en Dallas (Texas). A sus 43 años fue el trigésimo quinto presidente de esta nación. Sus creencias católicas le acarrearon contratiempos para llegar a la presidencia, lo que le hizo manifestar públicamente: “Yo soy el candidato católico a la presidencia, el candidato del Partido Demócrata, y además soy católico”: obra citada, pág. 243. A pesar de su aspecto saludable, sufrió durante su vida diferentes enfermedades y problemas crónicos debido a una osteoporosis de la espina dorsal. Su familia quería que se codeara con los mejores y no dudaron en matricularlo en Harvard. Las excelentes notas obtenidas en álgebra e inglés ayudaron a su admisión aunque también es cierto que esta universidad deseaba tener a un Kennedy en sus aulas. Se graduó en Ciencias Políticas y se doctoró “cum laude” con la tesis “Why England slept” (Por qué dormía Inglaterra). También participó como comandante en la Segunda Guerra Mundial a sus veinticinco años y recibió la Medalla de la Marina y del Cuerpo de Marines por su actuación durante el ataque a su lancha patrullera por parte de un destructor japonés que la partió por la mitad.

JFK se definía como un idealista sin ilusiones. Por su carisma marcó la historia de los EE.UU. y devino en un icono para millones de personas en todo el mundo. La mayoría de los americanos lo consideran uno de los cinco presidentes más importantes de su país. Los retos de su presidencia conformaron el grueso de lo que vino a denominarse “Nueva Frontera”, infundiendo esperanzas de renovación a su país cansado de una administración anquilosada. En uno de los banquetes celebrados durante la campaña para convertirse en senador conoció a Jacqueline Lee Bouvier. Era de buena familia y reportera para el “Washington Times-Herald”; el 12 de septiembre de 1953 se casaron en Boston.

Cuando el 21 de enero de 1961 tomó posesión de su cargo, comenzó a aplicar sus propuestas: ayudó al sistema educativo, impulsó la cultura, a las artes y relanzó la economía. De todos sus mensajes estos dos trascendieron internacionalmente: “Así pues compatriota, no preguntes lo que tu país puede hacer por ti sino lo que tú puedes hacer por tu país”. E “Ich bin ein Berliner” (“Yo soy un berlinés”), frase pronunciada el 26 de junio de 1963 en la alocución que dirigió sobre las escaleras de entrada al Rathaus Schöneberg, el Ayuntamiento de Berlín occidental, una valiente declaración de intenciones sobre la aversión que tenía por el comunismo. Merced al glamour que rezumaba su entorno, a su mandato lo llamaron Camelot, nombre de la fortaleza y reino del legendario rey Arturo que se ubicaría en la localidad londinense de Cirencester. Su esposa Jackie dijo que no podía quitarse de la cabeza la estrofa de la canción del musical de este nombre, una de las preferidas de su marido: “No olvidemos que una vez existió un lugar que durante un breve, pero brillante momento, fue conocido como Camelot”.

Kennedy murió el 22 de noviembre de 1963 en Dallas (Texas) abatido por el disparo que Lee Harvey Oswald realizó desde la ventana del cuarto piso del “Texas School Book Depository”. Ahí trabajaba como empleado cuando la limusina en la que viajaba el presidente y su esposa Jackie embocaba la plaza Dealey de esta metrópolis. Fue trasladado al “Hospital Memorial Parkland” de la ciudad donde murió: este asesinato lo contemplamos en vivo y en directo en una televisión todavía en blanco y negro. El féretro fue expuesto en la Rotonda del Capitolio y sus restos descansan en paz en la tumba del Cementerio Nacional de Arlington (Virginia) alumbrados por una llama eterna.

José A. Delgado

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