2. TEMAS
Desgranaremos el contenido filosófico de la serie Battlestar Galactica a través de varios puntos genéricos, de modo que será en cada uno de ellos donde descenderemos a aspectos más concretos y específicos. Vamos con ello.
2.1. Teología y metafísica
La religión es un factor que está muy presente en esta producción televisiva que venimos comentando. En ese sentido, las diferencias entre las dos partes enfrentadas son muy profundas: los humanos profesan una religión politeísta que se asemeja a la de la Antigua Grecia (de hecho, comparte con la última dioses como Zeus, Hera, Atenea o Apolo, los llamados “dioses de Kobol”), mientras que los cylons mantienen una concepción claramente monoteísta y rígida. Es por ello que los primeros muestran una actitud más abierta (rayana, en algunos casos, en el escepticismo), y los segundos, en cambio, exhiben un talante más cerrado y dogmático (cuyos ejemplos más paradigmáticos serían los ya citados Caprica Six y, sobre todo, Leoben Conoy).
En efecto, siguiendo en esto las tesis de Jan Assmanni, el politeísta, al aceptar la existencia de una pluralidad de dioses, es más proclive a integrar dentro de su panteón nuevas deidades procedentes de otras tradiciones religiosas, reconociendo estas en la medida en que las incorpora (verbigracia, los romanos, que, además de los dioses propios de su religión, rindieron culto a la diosa egipcia Isis, que representaba la maternidad y la magia, o al dios de origen persa Mitra, asociado con el sol y la justicia); por el contrario, el monoteísta, al proclamar la existencia de un único Dios, niega que haya más divinidades y, en consecuencia, solo considera verdadera su religión, otorgando un carácter falso a las restantes confesiones; en resumidas cuentas, mientras el politeísmo abre la puerta a la coexistencia y al intercambio religiosos, el monoteísmo prepara el camino para la intransigencia religiosa y sus secuelas.

Asimismo, dentro de la materia que estamos tratando, otro rasgo que distingue a ambos grupos radica en la manera que tiene cada uno de “experimentar” el hecho religioso. Una manera formal en el caso de los humanos, pues la suya representa más bien una “religión de Estado” que contribuye a unificar las Doce Colonias, consistente, sobre todo, en una serie de ritos que acompañan las ceremonias solemnes (como las exequias), y que exige una adhesión externa —la cual se condensa en la recurrente frase “Eso decimos todos”— más que una convicción a nivel particular, de modo que ello favorece la incredulidad en la esfera individual y, por tanto, a no pocos de aquellos se les podría aplicar lo que respondió, en la maravillosa película “Espartaco” de Stanley Kubrick, el cínico senador romano Mario Graco cuando le preguntaron si creía en los dioses: “En público, creo en todos; en privado, en ninguno”. En agudo contraste con lo anterior, los cylons humanoides poseen una vivencia interna e intensa de la religión, en la medida en que esta constituye la clave interpretativa de cuanto acontece, entendido como parte de un plan divino; es decir, aquellos se caracterizan por una religiosidad auténtica y fatalista.
Sin abandonar el terreno de lo religioso o, al menos, de lo sobrenatural, merece comentarse también el asunto (uno de los más debatidos de la serie) de la condición última de la heroína humana Kara Thrace una vez que su Viper estalla en medio de una tormenta cósmica, la dan por muerta y, sorpresivamente, regresa, al cabo de un tiempo, indemne, con su nave de combate intacta, para acabar guiando a su pueblo al lugar que supone el final del largo periplo que este había emprendido. Todo parece indicar, echando mano de elementos hermenéuticos propios de nuestra tradición cristiana, que se trata de un “ángel” enviado por la Providencia para ayudar a su sufrida comunidad, repartida por la flota estelar, en momentos críticos, de la misma manera que, salvando las distancias, en otro memorable film (¡Qué bello es vivir! de Frank Capra), un personaje, Clarence, es, en realidad, otro ángel que baja del Cielo para “rescatar” al protagonista de aquel, George Bailey, en la hora más baja de su existencia. Prueba de ello es que, cuando la reducida humanidad errante por el espacio encuentra un nuevo planeta que le sirva de hogar definitivo, Kara Thrace, sintiendo que su cometido está cumplido, desaparece súbitamente de allí, en un idílico paraje, sin que lo advierta siquiera la única persona que estaba entonces a su lado —Lee Adama—, en una de las secuencias más hermosas y sobrecogedoras de la serie y, me atrevería a decir, de la historia de la televisión, dado que ya pertenece a otra dimensión que no se identifica con la nuestra de carácter material. Además, “Starbuck” comparte con sus “oponentes cibernéticos” una idea muy cara a estos, a saber, la del destino, en su variante de venir al mundo para desarrollar una tarea específica cuya realización está reservada a alguien en concreto. La presidenta Laura Roslin también participa de esa idea en ese sentidoii.

Adentrémonos, a continuación, en el territorio colindante de la metafísica. En un marco mental fuertemente impregnado, como estamos viendo, de determinismo, no es de extrañar que, en ambos bandos, predomine una “concepción cíclica de la historia”, según la cual se produce una repetición periódica de lo que ha sucedido, que se manifiesta en una afirmación que, dentro de la serie en cuestión, se reitera hasta la saciedad, a saber, «Todo esto ha ocurrido antes y volverá a ocurrir», aserto que, en el contexto de aquella, hace referencia a cómo la civilización parece condenada a reiterar la siguiente secuencia: surgimiento, florecimiento y desastre.
Lo anterior conecta, directamente, con una conocida doctrina que, en filosofía, recibe la denominación de “teoría del eterno retorno”. La teoría del eterno retorno (que tiene sus precedentes más antiguos en el hinduismo y el budismo y que aparece y desaparece, por así decirlo, “como el Guadiana” en el curso del pensamiento occidental) es una teoría que, aplicada al ámbito humano, hace hincapié en el carácter recurrente de los hechos históricos. Dentro de ese planteamiento, consideramos que podría hablarse de una “versión débil” y una “versión fuerte” de tal teoría. En su versión débil, la teoría del eterno retorno vendría a sostener que en la historia se repiten las mismas situaciones, aunque difieran las circunstancias concretas; en su versión fuerte, la teoría del eterno retorno vendría a sostener que la historia en su conjunto está condenada a repetirse de modo idéntico indefinidamente.
La formulación filosófica de esta versión débil puede rastrearse en muchos lugares; verbigracia, en las Meditaciones del estoico tardío Marco Aurelio (nada extraño, por otra parte, habida cuenta de que la escuela estoica fue una de las más firmes defensoras de la teoría del eterno retorno):

«Reflexiona sin cesar en cómo todas las cosas, tal como ahora se producen, también antes se produjeron. Piensa también que seguirán produciéndose en el futuro. Y ponte ante los ojos todos los dramas y escenas semejantes que has conocido por propia experiencia o por narraciones históricas más antiguas, como, por ejemplo, toda la corte de Adriano, toda la corte de Antonino, toda la corte de Filipo, de Alejandro, de Creso. Todos aquellos espectáculos tenían las mismas características, sólo que con otros actores»iii.
La expresión filosófica más conocida de lo que hemos dado en llamar “la versión fuerte de la teoría del eterno retorno” se encuentra en el siguiente pasaje de la célebre obra de Friedrich Nietzsche Así habló Zaratustra:
«¿Acaso no tendrá que haber recorrido alguna vez esta calle todo cuanto puede correr? ¿Acaso no tendrá que haber ocurrido ya alguna vez cada una de las cosas que pueden ocurrir?
Y si todo ha ocurrido ya, ¿qué piensas tú, enano, sobre el instante presente? ¿No tendrá también este portón que haber existido ya? ¿Y no están todas las cosas anudadas con fuerza, de modo que este instante arrastra tras de sí todas las cosas venideras? ¿Por tanto, incluso a sí mismo?
Pues cada una de las cosas que pueden correr también por esa larga calle hacia delante, ¿acaso no tienen que volver a recorrer de nuevo su largo camino?
Y esa perezosa araña que se arrastra a la luz de la luna, y esa misma luz de la luna, y yo y tú, que cuchicheamos en este portón sobre cosas eternas, ¿no tenemos todos nosotros que haber existido ya otra vez?
¿Y venir de nuevo, y recorrer aquella otra calle, hacia delante, que se extiende ante nosotros, aquella calle larga y horrenda? ¿No tendremos que retornar eternamente?»iv.

En el caso de Battlestar Galactica, nos encontramos más bien ante una versión débil de la teoría del eterno retorno, en la medida en que lo que se repite no son los acontecimientos en su estricta identidad, sino las estructuras fundamentales de la historia —creación, desarrollo y destrucción—, que reaparecen bajo formas diversas. No obstante, la insistencia de la serie en la recurrencia de estos ciclos, junto con su formulación casi ritual, introduce una resonancia que evoca la versión fuerte de dicha teoría, si bien esta queda matizada por la presencia de un cierto margen de acción humana, que se cifra, sobre todo, en la posibilidad de que nuestra especie sea capaz de romper ese ciclo.
Finalicemos este subapartado y, por tanto, este punto deteniéndonos en la cuestión clásica del sentido de la existencia, suscitada por este pasaje del episodio dos de la miniserie que constituye el preámbulo necesario para entender la trama del resto de esta producción televisiva: después de que el entonces comandante Adama, durante el transcurso de un solemne y emotivo funeral colectivo celebrado en el crucero de guerra que dirigía, pronunciara una arenga a su desmoralizada tripulación en la que le reveló que la “leyenda de la Tierra” era real y, por ende, existía ese planeta cuya ubicación, además, él conocía para conducirla, tras una larga y ardua travesía, allí, provocando el júbilo de aquella cuando le ordenó que rompiera filas, la presidenta Roslin, ya en el aposento privado de Adama, le reprochó al militar que había mentido, a lo que este, asintiendo, respondió así justificando su acto de mendacidad, a saber, “No basta con vivir, hace falta algo por lo que vivir, pues que sea la Tierra (…) Les he dado una posibilidad de sobrevivir”.
De estas sustanciosas palabras de Adama cabe colegir, para nuestros fines, dos cosas: en primer lugar, el sentido de la existencia dimana de los objetivos, metas y propósitos que cada uno de los individuos se marca en aquella; en segundo lugar, son esos arraigados designios particulares los que “mantienen a flote” a las personas en medio de las dificultades sin cuento de la vida. Establezcamos, a continuación, las oportunas conexiones filosóficas, sin ánimo de ser exhaustivos, de sendas implicaciones.

Por lo que hace a la primera de aquellas, la relacionaremos con el gran filósofo británico contemporáneo Bertrand Russell, quien, en su opúsculo “¿Qué es un agnóstico?” (1953), a la pregunta “¿Cuál es el significado de la vida para el agnóstico?”, contesta en los siguientes términos: «Me siento inclinado a responder con otra pregunta: ¿Cuál es el sentido del “significado de la vida”? Supongo que lo que se quiere significar es algún propósito general. No creo que la vida en general tenga ningún propósito. Sucedió, simplemente. Pero los seres humanos individuales tienen propósitos, y no hay nada en el agnosticismo que les impulse a abandonar esos propósitos»v. De estas afirmaciones de Russell se desprende que para este distinguido filósofo la vida no tiene un sentido trascendente, sino inmanente, es decir, la vida no tiene un sentido impuesto “desde fuera” —como se sostiene en las grandes religiones—, sino únicamente un sentido “desde dentro” que proviene de los planes y proyectos que los seres humanos adoptamos a lo largo de la misma.
En lo que concierne a la segunda de aquellas, la vincularemos tanto con el pensador alemán decimonónico Friedrich Nietzsche como con el psiquiatra austríaco del siglo XX Viktor Frankl. En efecto, ambos autores, desde perspectivas distintas, coinciden en subrayar que la capacidad del ser humano para hacer frente a las dificultades más extremas depende, en última instancia, de la existencia de un sentido que oriente su vida. Así, Nietzsche afirma de manera rotunda que «quien tiene un porqué para vivir puede soportar casi cualquier cómo»vi, poniendo de relieve que el sufrimiento, lejos de anular la vida, puede ser integrado y asumido si se inscribe en un horizonte de significado. Por su parte, Frankl, apoyándose en su experiencia como víctima en los campos de exterminio nazis (de los que salió, milagrosamente, vivo), desarrolla esta misma intuición en términos clínicos y existenciales, al sostener que incluso en las circunstancias más adversas el hombre conserva la libertad de encontrar un sentido que le permita resistir y perseverar. De este modo, tanto en uno como en otro caso, los designios particulares a los que antes aludíamos se revelan como el soporte último de la existencia, en la medida en que dotan a la vida de una dirección que la hace no solo soportable, sino también, en cierto modo, justificable.

Así pues, la serie Battlestar Galactica no solo plantea, en términos narrativos, la necesidad de encontrar un motivo por el que seguir adelante en medio de la adversidad, sino que eleva esa exigencia al rango de cuestión filosófica de primer orden. En un universo marcado por la incertidumbre, el sufrimiento y la amenaza constante de aniquilación, el ser humano se ve abocado a dotar de sentido a su propia existencia desde sí mismo, sin que este le venga dado de antemano, haciendo de sus proyectos y designios particulares el único asidero firme frente al vacío. Así, la célebre afirmación de Adama no aparece ya como una simple estrategia retórica destinada a mantener la moral de la tripulación, sino como la expresión condensada de una verdad de alcance general: que vivir, en sentido pleno, exige siempre algo por lo que vivir.
Pero la condición humana no solo plantea interrogantes acerca del sentido último de nuestra existencia, sino también sobre aquello que nosotros mismos somos; en otras palabras, sobre qué significa exactamente ser persona.
NOTAS FINALES
i Jan Assmann (1938–2024) fue un egiptólogo e historiador de la cultura alemán, profesor en la Universidad de Heidelberg, cuya obra ha tenido una notable influencia en el estudio de la religión y la memoria cultural. Es especialmente conocido por su análisis de la distinción entre politeísmo y monoteísmo y por la formulación del concepto de “distinción mosaica”, según el cual la aparición del monoteísmo introduce una separación radical entre la religión verdadera y las falsas, con importantes consecuencias históricas y culturales.
Esta tesis es desarrollada principalmente en su obra Moisés el egipcio. Un ensayo sobre la memoria (1997), así como en trabajos posteriores como La distinción mosaica o el precio del monoteísmo (2003), donde profundiza en la idea de que el monoteísmo tiende a generar formas de exclusivismo religioso frente a la mayor flexibilidad e inclusividad propias de los sistemas politeístas.
ii La presidenta Laura Roslin participa de esta concepción del destino en la medida en que su figura se ajusta con notable precisión a las antiguas profecías atribuidas a Pitia, personaje que, según la tradición de las Doce Colonias, habría sido una figura real que vivió en Kobol miles de años atrás. Pitia —una suerte de sacerdotisa o vidente, inspirada en la Pitia de la Antigua Grecia— habría dejado consignados una serie de textos sagrados en los que se anticipa el destino del pueblo humano, incluyendo la huida de Kobol, la búsqueda de la Tierra y el papel decisivo de un “líder moribundo” encargado de guiar a la humanidad en ese tránsito.
En este sentido, la propia Roslin, aquejada de una enfermedad incurable, reconoce progresivamente en sí misma el cumplimiento de dichas profecías, especialmente a través de las visiones que experimenta —en ocasiones inducidas por la chamalla, planta de uso ritual con efectos visionarios (enteogénicos), integrada también de forma secundaria en prácticas medicinales tradicionales— y que parecen orientarla en momentos clave del viaje. De este modo, su liderazgo deja de ser meramente político para adquirir una dimensión providencial, en la que su destino personal queda indisolublemente ligado al del conjunto de la humanidad, actuando como instrumento de un designio superior que trasciende su propia existencia.
iii MARCO AURELIO: Meditaciones, Editorial Planeta-De Agostini, colección «Los clásicos de Grecia y Roma», Barcelona, 1995, p. 186.
iv NIETZSCHE, Friedrich: Así habló Zaratustra, Editorial Planeta-De Agostini, colección «Obras Maestras del Pensamiento Contemporáneo», Barcelona, 1992, pp. 180-181.
v RUSSELL, Bertrand: «¿Qué es un agnóstico?», en Escritos básicos, vol. II, colección «Obras Maestras del Pensamiento Contemporáneo», Barcelona, 1985, p. 530.
vi NIETZSCHE, Friedrich: El ocaso de los ídolos, «Máximas y dardos», aforismo 12.
INDICE
Battlestar Galactica: en busca de una humanidad perdida. Un estudio filosófico (1/7): Introducción
Battlestar Galactica: en busca de una humanidad perdida. Un estudio filosófico (2/7): Temas
Battlestar Galactica: en busca de una humanidad perdida. Un estudio filosófico (3/7): Antropología filosófica
Battlestar Galactica: en busca de una humanidad perdida. Un estudio filosófico (4/7): Filosofía práctica: ética y política (I)
Battlestar Galactica: en busca de una humanidad perdida. Un estudio filosófico (5/7): Filosofía práctica: ética y política (II)
Battlestar Galactica: en busca de una humanidad perdida. Un estudio filosófico (6/7): Filosofía de la técnica
Battlestar Galactica: en busca de una humanidad perdida. Un estudio filosófico (7/7): Referencias históricas y culturales





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