Leandro García Casanova: «Viaje por España, 2/2)

La Alameda de Granada es, sin duda, uno de los sitios más agradables del mundo; recibe el nombre de Salón, extraño calificativo para un paseo. Está formado por una larga avenida con varias filas de árboles de un verde único en España, terminada en cada extremo por una fuente monumental, cuyas tazas se hallan sostenidas por dioses mitológicos. En las avenidas laterales corren arroyuelos con agua transparente… En Granada la ocupación general es la de no hacer nada: galantear, fumar, hacer versos y, sobre todo, escribir cartas, bastan para llenar agradablemente la existencia. Allí no se ve la inquietud ardiente, la necesidad de acción y de cambio que atormenta a las gentes del Norte. Los españoles, a mi ver, son muy filósofos: conceden muy poca importancia a la vida material y las comodidades les son indiferentes. Todas las necesidades creadas por la civilización en el Norte les parecen refinamientos pueriles y molestos. Los españoles no conciben que se trabaje para descansar después; prefieren hacerlo a la inversa, lo cual a mí me parece más lógico… y sobre todo la que se hace en Granada: vida todo serenidad y ocio, sólo ocupada con la conversación, las visitas, el paseo, la música y el baile. Es sorprendente ver la tranquilidad feliz de aquellos rostros y la dignidad absoluta de sus fisonomías… Los jóvenes no se inquietan en manera alguna por su porvenir… Pero esto, dado el estado lamentable de la Hacienda, no les resuelve la situación, pues los funcionarios pasan años enteros sin cobrar su sueldo.

El Paseo del Salón se llama así porque había un salón de baile y durante la ocupación francesa el general napoleónico Sebastiani convirtió el Paseo en un bulevar, a semejanza de los de París.Los bulevares los mandó construir el emperador Napoleón III, ya que el ejército no podía cargar contra los manifestantes (las continuas revoluciones francesas de mitad del siglo XIX), pues estos huían por las estrechas callejuelas de París. La fuente que menciona Gautier es la de los Gigantones, que hoy se encuentra en la Plaza de Bib-Ramba. Recuerdo que, en los años sesenta, la provincia de Granada ocupaba el penúltimo lugar en la renta per cápita de España, esto es: ciento veinte años después casi seguía en las mismas, con mucho desempleo y emigración. Sobre que los funcionarios pasan años enteros sin cobrar su sueldo, que a nadie le extrañe la famosa frase que el periodista Mariano José de Larra y más de un escritor extranjero les atribuía: vuelva usted mañana. De manera que cualquier trámite burocrático se eternizaba.

El capítulo XII trata, entre otros temas, de Los ladrones y los cosarios de Andalucía, y el autor cuenta las penurias que pasó en aquellos caminos carreteros, llenos de peligros y aventuras.

Un viaje por España es aún una empresa arriesgada y romántica… A cada paso se arriesga la piel, y el menor obstáculo con que se tropieza son las privaciones de todo género; la carencia de las cosas más indispensables para la vida, el peligro de los caminos, verdaderamente impracticable (…). Un calor infernal y, además de todo esto, la casi seguridad de tener que habérselas con facciosos ladrones, posaderos, bribones y toda clase de gente indeseable, cuya actividad no puede garantizarse más que según el número de carabinas que uno lleva consigo (…). Hay algo de cierto, puesto que en cada encrucijada se ven cruces de madera con inscripciones de esta clase: “Aquí mataron a un hombre. Aquí murió de muerte violenta…”.

En el capítulo XV, el último, describe su paso por Cádiz, Jerez, Gibraltar, Valencia, Barcelona y el regreso a Francia.

Ya saciada nuestra curiosidad, no teníamos más deseo que regresar cuanto antes a París… En una palabra: regresar a la vida, a la vida civilizada, perdida durante seis meses y que ya nos requería imperiosamente.

El escritor está cansado de su largo y penoso viaje por España, sin embargo, al llegar a Francia le invade una inmensa nostalgia.

Al poner el pie en el suelo de mi Patria sentí humedecerse mis ojos, y no precisamente de alegría, sino de tristeza. Las torres rojizas, las cimas plateadas de Sierra Nevada, las flores del Generalife, el mirar ardiente de ojos de terciopelo húmedo… Todo esto se agolpó en mi imaginación tan vivamente, que me pareció que esta Francia, en la que, sin embargo, me espera mi madre, iba a ser para mí un destierro. El sueño había terminado.

Gracias a Teófilo Gautier y a los viajeros románticos, como Washington Irving, Alejandro Dumas (durmió en el Patio de los Leones pero tuvo que salir al galope de Granada, porque la liaba por donde iba), Richard Ford, Gustavo Doré, David Roberts y tantos otros, le dieron fama a Granada y sobre todo a la Alhambra. Esta pudo ser restaurada después del abandono y de la ruina en que la dejó el ejército napoleónico en su huida. En el Paseo del Violón hay una estatua dedicada a los viajeros románticos, mientras que en el bosque de la Alhambra destaca un busto de Washington Irving, el autor de Cuentos de la Alhambra, la novela más vendida en Granada.

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