2.3. Filosofía práctica: ética y política (II)
Volvamos a Max Weber para recurrir, una vez más, a sus categorías interpretativas a fin de iluminar tres modelos concretos de liderazgo que aparecen en esta serie en cuestión, a saber, el de Laura Roslin, William Adama y Helena Cain. El poder consiste en la capacidad que se tiene para que otras personas hagan aquello que queremos que hagan; dentro de este, el poder político consiste en la capacidad que se tiene para gobernar sobre el conjunto de la sociedad o dirigirla, constituyendo la forma de poder más extensa (es la que llega a más individuos) e intensa (dado el grado de coacción que puede ejercer sobre aquellos). Por su parte, la autoridad es el poder reconocido, o sea, se habla de autoridad cuando se admite que una determinada instancia tenga la capacidad de mandar, dirigir, influir, etc., de modo que no puede haber autoridad sin poder, pero sí poder sin autoridad (sería el caso de los atracadores de un banco, el cual se basa en la fuerza de las armas, de manera que, ante cualquier signo de debilidad que muestren los delincuentes, sus rehenes pueden intentar reducirlos). En un marco ya político, el gran sociólogo alemán distinguió, basándose en las diferentes fuentes de donde emana aquella, tres tipos de autoridad:
- Autoridad carismática: a alguien se le reconoce dicha autoridad porque posee unas cualidades personales excepcionales que le hacen naturalmente apto para dirigir.
- Autoridad tradicional: a alguien se le reconoce dicha autoridad por el mero hecho de ocupar un puesto al que, consuetudinariamente, se le asocia la función de mando.
- Autoridad legal-racional: se reconoce a alguien dicha autoridad porque su poder se fundamenta en un sistema de normas y procedimientos legalmente establecidos.

En esta clasificación weberiana, estas tres modalidades de autoridad no son, por así decirlo, “compartimentos estancos” pues la primera de ellas suele permear las restantes, como vamos a comprobar, seguidamente, en el análisis de los tres modelos de liderazgos citados. A la luz de estas categorías, el liderazgo de Laura Roslin puede ser entendido, en primer lugar, como un caso paradigmático de autoridad legal-racional, en la medida en que su legitimidad emana del procedimiento democrático que la sitúa al frente de la flota; no obstante, dicha autoridad se ve reforzada por un componente carismático nada desdeñable, asentado tanto en su sentido común como en el aplomo con el que toma decisiones en situaciones límite, así como en la progresiva asunción de una suerte de misión mesiánica que la lleva a interpretarse a sí misma como guía del destino colectivo de la humanidad superviviente.
Por su parte, William Adama encarna una forma de autoridad de carácter eminentemente tradicional, vinculada a su condición militar de comandante —y posteriormente almirante— dentro de una institución jerárquica fuertemente arraigada, pero que se ve notablemente acrecentada por un carisma personal basado en su amplia experiencia, su buen juicio y una sabia combinación de firmeza y flexibilidad que le permite ejercer el mando sin quebrar la lealtad de sus subordinados. Muy distinta es, en cambio, la figura de Helena Cain, cuya autoridad comparte con Adama ese mismo fundamento tradicional de carácter militar, pero cuyo componente carismático se construye sobre presupuestos radicalmente diferentes: una confianza absoluta en sí misma y una dureza implacable que infunde respeto, cuando no temor, en quienes se encuentran bajo su mando.

Este contraste entre ambos estilos de liderazgo militar resulta especialmente elocuente: mientras Adama ejerce una autoridad que, aun siendo firme, se halla orientada al mantenimiento de la cohesión del grupo y al logro del bien común, Cain representa un modelo de mando mucho más próximo a la imposición unilateral y a la lógica del poder por el poder, en el que la eficacia se persigue incluso a costa de sacrificar principios básicos y de erosionar los vínculos comunitarios. En este sentido, el paralelismo con los personajes de Ralph y Jack en la película El señor de las moscas (1990), dirigida por Harry Hook, resulta particularmente esclarecedor: del mismo modo que Ralph encarna un liderazgo equilibrado, racional y atento al interés general, mientras que Jack simboliza un caudillaje impulsivo, dominado por la voluntad de poder y ajeno a toda consideración moral, también Adama y Cain pueden ser interpretados como dos encarnaciones antitéticas del ejercicio del mando, ambas dotadas de carisma, pero orientadas en direcciones opuestas: una, hacia la preservación de la comunidad; la otra, no solo hacia su sometimiento, sino incluso hacia su cosificación extremai.

Para terminar este largo punto, haremos referencia a aspectos que, aunque tienen más que ver con la filosofía jurídica, casan bien con lo que llevamos dicho hasta ahora. En efecto, el “flanco más débil” de la incipiente democracia que se intenta erigir en esa “polis itinerante” que es la flota estelar consiste en disponer de un sistema judicial a la altura por las razones expuestas páginas atrás. Hasta que, más o menos, ello se logra con el procesamiento de Gaius Baltar, antes, en ese sentido, lo que se produce es un “conato de juicio” y una “aberración legal”. Detengámonos en esos tres “hitos”.
En primer lugar, ese conato se verifica en ese pasaje de la serie en el cual se constituye un tribunal independiente para investigar el fallo de seguridad que permitió que un “cylon humanoide”, el número 5 (Aaron Doral), se introdujera en la “Battlestar Galactica”, accediera a un espacio restringido como un arsenal y, gracias a hacer acopio allí de artefactos explosivos, cometiera un atentado con víctimas mortales mediante el método del “hombre-bomba”. Durante la vista, hace las “veces” de fiscal la sargento Hadrian, la cual, al mostrarse bastante inquisitiva y querer llegar hasta el fondo del asunto, es relevada de sus funciones por el propio William Adama (quien, previamente, le había concedido plenos poderes para su pesquisa), ordenando, además, su arresto y clausurando el tribunal bajo el argumento de que aquello se estaba convirtiendo en una “caza de brujas”. Evidentemente, se trató de una decisión autocrática, basada en una pobre justificación, para impedir algo que suele molestar frecuentemente al poder, a saber, que instancias independientes afloren verdades que le incomodan especialmente.

En segundo lugar, la “aberración legal” la representa, como cualquier buen conocedor de esta producción televisiva imaginará, el “Círculo”. El Círculo era un órgano de seis miembros (entre los que se hallaban el coronel Saul Tigh, el jefe de mecánicos Galen Tyrol o el esposo de Kara Thrace, Samuel Anders y otros integrantes de la resistencia en Nueva Caprica) que actuaba en la clandestinidad en un apartado hangar de la Battlestar Galactica y cuyo cometido se reducía a capturar, “juzgar” y condenar a la pena capital (consistente en el lanzamiento al espacio exterior) a todos aquellos componentes de la flota estelar sospechosos de haber colaborado anteriormente con el invasor durante la ocupación cylon de ese “ilusorio planeta de acogida” para los humanos. El “modus operandi” del Círculo, como resulta fácil de suponer, era expeditivo y carente de garantías para los reos, pues estaban privados del derecho a la defensa, motivo por el cual se entiende mejor la calificación que se ha aplicado, desde un principio, a la actuación de aquel.
A pesar de su carácter secreto, el Círculo no era una asociación espontánea de individuos resentidos y vengativos, sino un grupo reclutado entre los más convencidos, de manera totalmente confidencial, por el presidente en funciones a la sazón de la flota estelar, Tom Zarek, con objeto de “ajustar las cuentas” rápida y discretamente con los “traidores”; el hecho de que un grupo de naturaleza tan perversa fuera concebido y creado por Zarek, revela ya su talante, en el fondo, claramente antidemocrático, como luego se demostrará más palmariamente en el desarrollo de la serie. Posteriormente, cuando se produce el “traspaso de poderes”, y Laura Roslin vuelve a ser la presidenta en activo de la flota estelar, esta última, pragmática como siempre, desecha la idea de “depurar responsabilidades”, ni siquiera de forma legal, y decreta una amnistía general, porque comprende que solo una comunidad unida, sin disensiones internas, puede culminar con éxito una misión que aún no había acabado; resulta obvio que tampoco iba con ella la famosa máxima latina Fiat iustitia, et pereat mundus (“Hágase justicia, aunque perezca el mundo”).

En tercer y último lugar, el procesamiento de Gaius Baltar. Con este juicio puede afirmarse que en esa microrrepública en continuo movimiento que constituye la flota estelar se alcanza lo más parecido a un auténtico Estado de Derecho, pues, habida cuenta de la relevancia política del acusado en su condición de antiguo presidente en Nueva Caprica, el procedimiento se desarrolla conforme a unas garantías jurídicas reconocibles: existe una fiscal encargada de sostener la acusación, un abogado defensor —el extravagante y lúcido Romo Lampkin—, un ayudante de la defensa —Lee Adama— y un tribunal cualificado encargado de dictar sentencia. En esencia, a Baltar se le reprocha haber presidido un gobierno títere subordinado al poder cylon, semejante, salvando las distancias, al régimen de Vichy en la Francia ocupada durante la Segunda Guerra Mundial, desempeñando él un papel análogo al de Philippe Pétain.
Sin embargo, la línea argumental definitiva que traza Lee Adama en favor del acusado resulta extraordinariamente significativa desde el punto de vista filosófico y jurídico, pues sostiene que Baltar actuó condicionado por unas circunstancias extremas que habrían sobrepasado probablemente a cualquier otro dirigente colocado en su situación y que, además, la comunidad entera estaba descargando sobre él unas culpas que, en realidad, poseían también una dimensión colectiva; en otras palabras, Baltar se habría convertido en una suerte de “cabeza de turco” sobre la que proyectar los propios errores, cobardías y contradicciones de la humanidad superviviente, lo que inevitablemente trae a la memoria aquellas palabras atribuidas a Jesucristo: “quien esté libre de pecado, que tire la primera piedra”. Finalmente, la absolución de Baltar, aunque provocase decepción e indignación en una parte importante de la población, eleva indudablemente el nivel moral y civilizatorio de esa pequeña comunidad humana, precisamente porque demuestra que ni siquiera en circunstancias extraordinarias se ha renunciado del todo a la aspiración de impartir justicia de manera imparcial y garantista. Todo este planteamiento recuerda, en no pequeña medida, al de la película Doce hombres sin piedad (1957), dirigida por Sidney Lumet, donde la prudencia jurídica y la duda razonable terminan imponiéndose sobre las pasiones colectivas y los prejuicios previos.
Aun así, quizá el mayor desafío planteado por la serie no proceda de la política ni del Derecho, sino de nuestras propias creaciones técnicas, ya que pocas amenazas parecen tan perturbadoras como la posibilidad de que el poder de nuestros instrumentos termine excediendo nuestra capacidad para gobernarlos prudentemente.
NOTAS FINALES
i La expresión “cosificación extrema” alude aquí al modo en que Helena Cain llega a tratar a los integrantes de la flota civil que se une a la Pegasus tras el ataque cylon a las Doce Colonias no como sujetos dotados de dignidad propia, sino como simples recursos disponibles para sus fines militares. En efecto, lejos de integrarlos en una comunidad política común o de reconocerles la condición de personas merecedoras de protección, Cain procede a requisar compulsivamente sus bienes, suministros y personal cualificado para reforzar la capacidad operativa de la Pegasus, abandonando posteriormente a buena parte de los restantes civiles a su suerte frente a los cylons e incluso eliminando a algunos de aquellos que se oponen a sus decisiones o dificultan sus objetivos estratégicos. Su conducta representa, por tanto, una forma radical de instrumentalización: los individuos dejan de ser fines en sí mismos para convertirse en medios prescindibles, valorados exclusivamente en función de su utilidad militar. En este sentido, su modelo de mando constituye una negación práctica del principio kantiano según el cual todo ser racional debe ser tratado siempre como fin y nunca solo como medio.





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