José Antonio Cerezo, presidente del Teléfono de la Esperanza de Granada, tenía previsto intervenir el pasado martes en unas Jornadas sobre literatura de duelo que Juan Vellido ha organizado con la Universidad de Granada y justo antes de su intervención la tierra se movió hasta el punto de que se suspendieron las jornadas. Compartimos con todos los lectores de IDEAL en Clase su articulo por la reflexión que contiene respecto a la experiencia de inseguridad y desesperación que aparece en cualquier crisis. Dice así:
Quiero comenzar haciendo al aire una pregunta: ¿Cuánto de lo que hacemos día a día está motivado por el miedo a que las cosas cambien? ¿Cuánto esfuerzo invertimos en asegurarnos de que mañana sea como hoy, o al menos, que se parezca lo más posible a lo que esperamos?
Vivimos en un mundo que corre a una velocidad vertiginosa y nuestro sistema social nos pide que nos aseguremos y nos vende continuamente sistemas de control. Se nos pide planificar las finanzas, asegurar la salud, predecir el clima, mantener el trabajo y garantizar que nuestros seres queridos permanezcan siempre y como siempre a nuestro lado. Sin embargo, detrás de esa fachada de control, la realidad acecha con una verdad silenciosa pero aplastante y la ansiedad es el ruido de fondo de nuestra época. He titulado esta ponencia “La esperanza, compañera de la desesperación”. Sé que a primera vista puede sonar contradictorio. Nos han enseñado que la esperanza es lo contrario de la desesperación: si tienes esperanza no puedes desesperar. Nos han vendido la esperanza como una píldora de optimismo que se toma para librarte del dolor del presente.
Pero hoy quiero invitaros a un viaje a través de tres lecturas, tres miradas profundas que han transformado mi propia comprensión de la vida. Os propongo que la auténtica Esperanza no es un sustituto de la desesperación, ni un remedio mágico, sino que puede llegar a ser su mejor compañera de viaje. Para entender por qué necesitamos esta compañía, podemos observar el estado actual de nuestra sociedad. En 1978 la editorial Kairós publicó un pequeño libro que hoy, casi medio siglo después, resulta más urgente que nunca. Me refiero a La Sabiduría de la Inseguridad, escrito por el filósofo Alan Watts. En aquellas páginas, Watts ya definía nuestro tiempo de forma implacable: estamos atrapados en “la era de la ansiedad”. ¿Y de dónde nace esta angustia crónica? Nace de un malentendido fundamental. Watts nos recuerda que la vida, el cambio, el movimiento y la inseguridad no son cosas distintas: son, en realidad, diversos nombres para una misma e idéntica realidad. Vivir es cambiar. Existir es transformarse.
Sin embargo, buscamos desesperadamente construir murallas invisibles para protegernos de los cambios. Queremos certezas, pero como irónicamente se dice “quien está seguro de algo es solo porque le falta información”. Y aquí está la trampa existencial que Watts nos hace ver: cuando intentamos protegernos del cambio para estar completamente seguros, lo que hacemos en realidad, sin darnos cuenta, es privarnos de la propia vida. Nos desconectamos del flujo vital por miedo a morir, por miedo a perder, por miedo a sufrir.
Si observamos nuestros deseos de felicidad, vemos cómo ponemos nuestra paz mental en un bienestar futuro. Decimos: «seré feliz cuando termine este proyecto», «estaré tranquilo cuando pague la hipoteca», «gozaré cuando encuentre la estabilidad laboral o afectiva». Peor aún, no solo deseamos que llegue ese bienestar, sino que pretendemos que se prolongue indefinidamente, sosteniéndolo en el tiempo. ¿Y qué ocurre entonces? Ocurre una paradoja: cuanto más esperas que suceda algo bueno para ti, más inseguro y más frágil te sientes, porque el miedo se activa inmediatamente. Empiezas a temer que eso tan deseado nunca llegue, o que en su lugar aparezca algo doloroso e inesperado. La seguridad absoluta es un espejismo. No existe. Perseguirla no solo es inútil, sino profundamente agotador.
La auténtica sabiduría, la que propone Watts, consiste en un acto de rendición consciente: reconocer que la inseguridad es la condición natural de estar vivo. No es un error del sistema; es el sistema. Y cuando comprendemos que solo estamos vivos aquí y ahora, en este preciso milisegundo, la única actitud válida es relajarse, soltar el control y saborear plenamente el momento presente, sea este un instante de profundo placer o de inevitable dolor.
Pero, ¿qué sucede cuando esa inseguridad de la que habla Watts se materializa en una tragedia real? ¿Qué pasa cuando el tablero de juego se rompe por completo? Para responder a esto, podemos acudir a uno de los textos más antiguos y misteriosos: el Libro de Job.
Job no es solo un personaje bíblico anónimo; Job representa a cualquiera de nosotros. Es el prototipo del hombre bueno, justo, que hace las cosas bien. Y precisamente porque actúa de forma correcta, Job tiene una expectativa grabada a fuego en su mente: él «espera» que la vida le pague con la misma moneda. Es la famosa creencia de la retribución: «Si soy bueno, me irá bien; si sigo las reglas, estaré a salvo». Pero la vida parece que no funciona con contratos morales de causa y efecto. De la noche a la mañana, Job lo pierde todo. Pierde sus bienes, pierde a sus hijos, pierde su salud física. Se queda desnudo sobre la ceniza. En ese punto de quiebra absoluta, cuando la vida deja de responder a sus esperanzas y expectativas, Job se hunde en una desesperación tan negra que llega a maldecir el día en que nació y a desear la muerte.
Job exige una explicación. Pregunta al cielo: «¿Por qué a mí? ¿Qué ley he roto?» Busca palabras, conceptos lógicos que justifiquen su desgracia. Y aquí el libro da un giro brillante. Cuando Dios finalmente le responde desde la tormenta, no le da una explicación teológica, ni un argumento intelectual, ni una disculpa. Lo que hace es confrontarlo con la inmensidad del Cosmos. Le muestra el nacimiento de las estrellas, los límites del océano, el galope de las bestias salvajes. La lección que Job extrae de ese silencio explicativo es demoledora y liberadora a la vez. Dios le invita a aceptar la experiencia de la desesperación, no como un castigo, sino como un velo que se rasga para descubrir la realidad de forma profunda. En la inmensidad del Universo, nuestras pequeñas expectativas humanas, las cosas que deseamos controlar y predecir, son tan relativas, tan minúsculas… Job comprende que no puede manejar el Misterio desde sus planes. Al abrazar su pequeñez, su desesperación se transforma en asombro. Es entonces cuando pronuncia esa frase célebre que resume toda una metamorfosis espiritual: “Te conocía solo de oídas, pero ahora te han visto mis ojos” (Job 42,5). Job tuvo que perder la falsa seguridad de sus expectativas para poder ver, cara a cara, la majestuosidad de lo real. Si Watts nos invita a soltar el control y Job nos enseña a perder el miedo al misterio de la ruptura, ¿cómo nos sostenemos en pie en el día a día? ¿Cómo evitamos caer en el sinsentido o en la apatía? Es aquí donde se cierra el círculo y donde cobra sentido el libro que inspiró el corazón de esta charla.
En el año 2022, la editorial La Llave publicó una obra bellísima titulada Raíces, escrita por la naturalista y eco-filósofa Lyanda Lynn Haupt. Haupt sitúa su pensamiento en una encrucijada fascinante: el punto exacto donde se cruzan la ciencia, la naturaleza y el espíritu. Y es ella quien acuña de forma magistral el concepto que nos convoca: la Esperanza como una actitud constructiva.
Para Haupt, la esperanza no es sentarse a esperar de brazos cruzados que el futuro se arregle solo por arte de magia. No es una expectativa pasiva. Ella la define como «la sensación profunda de estar participando, en cada momento, en la renovación de la Tierra». Es entender que el mundo se está creando y recreando continuamente a nuestro alrededor, y que nosotros somos hilos activos de ese tejido vivo.
Si observamos la naturaleza: un bosque que ha sido arrasado por un incendio forestal no se rinde. Bajo la ceniza, las raíces invisibles siguen respirando. Meses después, entre la madera ennegrecida y rota, brota un pequeño tallo verde. Eso es la realidad en su estado más puro: la ruptura y la belleza entremezclándose a veces en el mismo palmo de tierra.
Por eso, Haupt defiende que en medio de la desesperación y de la ansiedad tan habituales en nuestro mundo moderno, la Esperanza no debe ser vista como un remedio que extirpe el dolor, ni como un sustituto que nos evite llorar lo perdido. La Esperanza es una buena compañera. Camina a nuestro lado mientras atravesamos la tormenta. No te niega que estás sufriendo; simplemente te recuerda que el sufrimiento no es el final de la historia, sino una parte del ciclo.
En definitiva, pasamos la vida entera atrapados en un bucle mental: continuamente esperamos del futuro que nos traiga lo mejtra mente intuye que para que las cosas salgan bien, tenemos que poner todo de nuestra parte, y nos autoexigimos tanto que terminamos con niveles crónior, o al menos, que nos garantice seguir exactamente como estamos hoy. Nuescos de ansiedad. Y cuando esa regla imaginaria no se cumple, porque la vida es indomable, cuando nos golpea una experiencia dolorosa, nos derrumbamos y sentimos que hemos perdido la esperanza por completo.
¿Cómo romper este círculo vicioso de control, frustración y desesperación? La respuesta no está en libros con recetas teóricas ni en los remedios de algún youtuber. El camino más directo y el más antiguo es el contacto directo con la Naturaleza, con el Misterio de la vida en toda su cruda y bella expresión. Cuando salimos al encuentro del mundo natural, cuando miramos la inmensidad de un cielo estrellado como Job, o cuando enterramos los dedos en la tierra húmeda siguiendo las Raíces de Haupt, descubrimos algo liberador: aprendemos a mantener una ESPERANZA que ya no se sostiene en haber encontrado la clave para conseguir todo lo que se desea. Ya no es una esperanza condicionada al éxito de nuestros planes. Es una esperanza mucho más indestructible: es la que se mantiene firme al sentir, simplemente, la experiencia de estar vivo. Es la alegría profunda de saberse parte de una inmensidad viva, de participar activamente en la danza de la vida con todas sus luces y sus sombras, aceptando con valentía tanto su belleza radiante como sus inevitables rupturas.
Os acabo pidiendo: no temáis a la inseguridad. No temáis a la desesperación. Permitid que la Esperanza camine a vuestro lado, no para borrar el camino difícil, sino para recordaros, a cada paso, que estar vivos aquí y ahora es el mayor tesoro.

José Antonio Cerezo Hellín
Psicólogo
Presidente del Teléfono de la Esperanza de Granada





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