Uno de los equipos juveniles de la parroquia de Haza Grande. Foto cedida por Antonio Sánchez Garrido

Don Pedro Jiménez Olmedo, una deuda de gratitud (2/4)

Segunda parte: La revolución silenciosa de don Pedro. La cultura como camino hacia la libertad.

Su mayor obsesión era que los niños del barrio descubriéramos un mundo distinto al que nos ofrecían aquellas calles de tierra. Estaba convencido de que la cultura era el mejor camino para romper el círculo de la pobreza.

Por eso fundó la HOAC y la JOC, organizó grupos de estudio, puso en marcha clases nocturnas para adultos y creó en colaboración con la monjas Hermanas Obreras del corazón de Jesús la primera guardería infantil del barrio, un servicio impagable para muchas familias en las que las madres trabajaban sin tener dónde dejar a sus hijos.

En la azotea de la guardería

Pero don Pedro no se detuvo ahí. Abrió una pequeña biblioteca parroquial que, para muchos de nosotros, fue la puerta de entrada al maravilloso mundo de la lectura. Allí descubrimos, por primera vez, el placer de abrir un libro sin más obligación que dejarnos llevar por la imaginación. Entre aquellas estanterías desfilaron por nuestras manos las aventuras de Julio Verne, los mares de Emilio Salgari y los inolvidables cuentos de Calleja, que nos hicieron viajar mucho más lejos de lo que alcanzaban nuestros pasos. También creó un grupo de teatro dirigido por Antonio Aranda, director de las escuelas, en el que tuve la fortuna de participar y con el que recorrimos Granada y numerosos pueblos de la provincia representando distintas obras.

Parte del grupo de teatro con su director Antonio Aranda. (El chico que está de rodillas es el autor de ese artículo)

El repertorio era tan variado como la inquietud cultural de quien lo dirigía. Llevábamos a escena comedias de los hermanos Álvarez Quintero, pero también nos adentrábamos en autores que, en aquellos años, apenas encontraban espacio en la España franquista. Recuerdo el revuelo que provocó la representación de Yerma, de Federico García Lorca, en el salón de actos del Seminario Menor de la plaza de Gracia —sala que años después se convertiría en el Cine Popular—. En aquellos años el nombre de Federico García Lorca apenas se pronunciaba en los ambientes oficiales, por lo que representar una de sus obras requería, además de entusiasmo, una buena dosis de valentía. Para unos muchachos de un barrio humilde, interpretar a Lorca era mucho más que hacer teatro: era descubrir una parte de nuestra cultura que durante demasiado tiempo había permanecido silenciada. Y, como si aquello no bastara, también nos atrevimos con El gran teatro del mundo, de Calderón de la Barca, una obra de enorme complejidad que don Pedro convirtió en un reto ilusionante para todos nosotros.

Excursión a Córdoba

Aquellas representaciones nos enseñaron mucho más que a memorizar un papel. Aprendimos a vencer la timidez, a hablar en público, a trabajar en equipo y a asumir responsabilidades. Sin saberlo, don Pedro estaba formando personas seguras de sí mismas, despertando talentos que muchos ignorábamos poseer y demostrando que la cultura podía ser una poderosa herramienta para transformar vidas.

Las noches que aprendimos a escuchar

Unos chaveas de Haza Grande descubriendo el mundo gracias a un viejo tocadiscos y a un sacerdote que les enseñó a escuchar mucho más que una sinfonía.

Otra de las grandes pasiones de don Pedro era la música. Pero no le bastaba con que escucháramos una obra; quería que aprendiéramos a comprenderla. Nos enseñó que detrás de cada sinfonía había una historia, una emoción y un lenguaje que cualquiera podía descubrir si alguien le tendía la mano. Gracias a él, muchos conocimos a Beethoven, Mozart, Bach o Dvořák cuando apenas habíamos oído otra música que la de las verbenas del barrio.

El sacerdote con un grupo de jóvenes

Guardo un recuerdo imborrable de aquellas noches de verano en la terraza de la guardería parroquial. A la luz de la luna, mientras el barrio iba quedando en silencio, don Pedro colocaba un viejo tocadiscos y dejaba sonar la Sinfonía del Nuevo Mundo, de Antonín Dvořák. No se limitaba a poner un disco: nos guiaba por la obra como quien acompaña a unos viajeros que se adentran por primera vez en un territorio desconocido. Nos explicaba el sentido de cada movimiento, nos hacía descubrir los diálogos entre los instrumentos y nos enseñaba que la música también podía contar historias sin necesidad de palabras. Aquellas veladas fueron, para muchos de nosotros, nuestra primera escuela de educación musical.

Recibimiento a los misioneros

La semilla prendió. Tanto, que un grupo de amigos, movidos por una pasión recién descubierta y con más entusiasmo que dinero, empezamos a colarnos en los conciertos del Festival Internacional de Música y Danza de Granada. Era toda una aventura. Buscábamos cualquier resquicio para acceder al recinto y poder escuchar a las mejores orquestas y a los más prestigiosos intérpretes que, por aquellos años, pasaban por la ciudad. Hoy sonrío al recordarlo. Éramos unos chaveas de Haza Grande, con los bolsillos vacíos, pero inmensamente ricos en ilusión. Sin saberlo, don Pedro nos había regalado algo que nadie podría arrebatarnos jamás: el amor por la música.

Una de las mucha excursiones realizadas a Sierra Nevada

A menudo he pensado que aquella fue una de las mayores lecciones de su vida. Nos demostró que la cultura no pertenece a quienes pueden pagarla, sino a quienes aprenden a disfrutarla. Y esa riqueza, una vez descubierta, acompaña para siempre.

En un barrio donde apenas había recursos, don Pedro nos enseñó que la cultura era la única riqueza que crecía cuanto más se compartía.

Aprender a pensar

Yo ingresé en las escuelas parroquiales durante el curso 1955-1956 y poco después me convertí en monaguillo. Para conseguir aquel privilegio hubo que superar un examen de oraciones en latín y otro bastante más complicado: presentar siempre las manos limpias y las uñas perfectamente cortadas. Aún hoy sospecho que más de un aspirante fracasó antes por las uñas que por el latín.

El autor en su época de monaguillo

Los años fueron pasando y también don Pedro fue cambiando. El Concilio Vaticano II y el impulso renovador de Juan XXIII encontraron en él un terreno fértil. Sus homilías comenzaron a hablar de justicia, de dignidad, de compromiso y de una Iglesia abierta al mundo. Hombres y mujeres dejaron de ocupar bancos separados y la parroquia empezó a respirar un aire nuevo.

Aquella renovación no fue comprendida por todos. Mientras muchos jóvenes encontrábamos en la parroquia un espacio de libertad, reflexión y compromiso, otros contemplaban con recelo lo que allí estaba ocurriendo. La Guardia Civil y la Policía comenzaron a asistir discretamente a las misas dominicales. No iban a rezar. Acudían para escuchar qué decía aquel sacerdote que hablaba de justicia social, de la dignidad del trabajo y de la responsabilidad de los cristianos frente a las desigualdades.

No eran tiempos fáciles. Algunos compañeros de don Pedro, comprometidos con la renovación impulsada por el Concilio Vaticano II, permanecían confinados en la Abadía del Sacromonte, mientras otros cumplían condena en la prisión concordataria de Zamora. Hablar con libertad, incluso desde un púlpito, podía tener consecuencias.

La iglesia de Haza Grande en un domingo de los años 50. Foto cedida por Antonio Sánchez Garrido

Quienes hoy no vivieron aquellos años quizá tengan dificultad para imaginar el ambiente de vigilancia que se respiraba en los barrios obreros de España. Yo mismo conservo un recuerdo que nunca he olvidado. Un grupo de amigos celebrábamos el cumpleaños de uno de ellos en su casa. Éramos unos cuantos muchachos reunidos alrededor de una mesa, con la puerta abierta por el calor del verano. De pronto aparecieron dos guardias civiles. Preguntaron qué hacíamos allí y, al comprobar que la reunión no contaba con autorización gubernativa, ordenaron que se suspendiera inmediatamente. Nos hicieron salir a la calle como si hubiéramos cometido un delito. Hoy puede parecer un episodio menor, pero refleja hasta qué punto la vida cotidiana estaba sometida al control de la dictadura.

Procesión de los enfermos en la zona de las Peñuelas

En ese clima de vigilancia permanente, el valor de don Pedro adquiere una dimensión aún mayor. Nunca buscó el enfrentamiento ni hizo política desde el altar. Simplemente entendía que el Evangelio exigía ponerse del lado de los más débiles y defender la dignidad de las personas. Esa manera de vivir su sacerdocio bastó para despertar sospechas. Pero también fue la razón por la que tantos jóvenes encontramos en él un ejemplo de coherencia y de compromiso.

Don Pedro nunca buscó el enfrentamiento. Simplemente entendía que la fe debía traducirse en hechos. Y esa forma de vivir el Evangelio acabaría convirtiendo la parroquia de Haza Grande en una auténtica escuela de ciudadanía, mucho antes de que la palabra democracia empezara a pronunciarse con normalidad en España.

Don Pedro no enseñó a desobedecer; nos enseñó a pensar. Y, en aquellos años, pensar por uno mismo ya era una forma de libertad.

ÍNDICE DE LA SERIE

Día de excursión, posando delante del Caidero, acequia de Aynadamar en el monte Sombrero
Día de Primera Comunión en la azotea de la guardería
Llevando el Santísimo a los enfermos (Pepe Rodríeguez aparece a la izquierda de la imagen)
Excursión a Campotéjar
Excursión a La Calahorra, el autor es el que está al lado derecho de don Pedro
Otra salida a Sierra Nevada
Primeras comuniones 1961. (El autor se encuentra entre los dos que están al frente)
Una tarde de merienda
Pepe R. Sánchez

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Comentarios

Una respuesta a «Don Pedro Jiménez Olmedo, una deuda de gratitud (2/4)»

  1. Ángeles García González

    Ahora entiendo la maravillosa persona que eres. Tu desarrollo tuvo un gran maestro que te hizo despertar a un mundo que desconocías, lleno de arte, sensibilidad y belleza. Don Pedro no solo cambió el entorno físico del barrio, sino que sembró en ti una riqueza interior que te acompaña hasta hoy. Qué gran homenaje le haces.

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