Gabriel y Juan esperaban al padre todos los sábados por la tarde; desde la sala de estudios, donde los dos por lo común se hallaban, se oía el silbo del tren en el que viajaba desde la capital; cada vez que se escuchaba, intercambiaban con disimulo una mirada de complicidad, a la que acompañaba en ocasiones un gesto de la mano, con el cual se comunicaban la alegría que les producía su llegada. Era el único padre que visitaba a sus hijos los sábados, ya que era costumbre en el colegio que las familias se presentasen los domingos. Su visita, como no podía ser menos, les reportaba unos momentos de alivio, ya que se liberaban de las estrictas normas por las que se regía la vida de internos. Juan ya llevaba un año allí, en tanto que para Gabriel era su primer curso; el hecho de que estuvieran los dos en el colegio les servía de gran consuelo, pues habría sido muy dura la reclusión sin la compañía del otro, como lo era para muchos compañeros que estaban solos.
El padre era un hombre serio que velaba por la educación de los hijos; estaba seguro de que los padres jesuitas los habrían de formar como él deseaba, con hábitos y prácticas saludables; tenían fama, desde antiguo, de ser eficaces en la instrucción y en los valores que inculcaban a los alumnos, aun cuando se valiesen de métodos severos, como ya Juan y Gabriel habían comprobado.
Era un edificio antiguo, con tres claustros, salas sombrías, una biblioteca bien nutrida de fondos, crujías, celdas austera, una huerta y un monte plantado de vides. En lo hondo, tras la huerta, se hallaba la tahona, envuelta en dulces olores de leña y de pan recién horneado. Era este un rincón que reunía un indecible encanto, impregnado de una paz antigua, de un silencio que parecía proceder de otro mundo, de un mundo clausurado. Un domingo, aprovechando la relajación de las normas que se producían con las visitas de las familias, Gabriel y otros amigos llegaron hasta allí, movidos por su afán de aventura, por su deseo de conocer nuevos territorios. Se les apareció un hombre vestido de luto, como si fuera un fantasma. El sobresalto que les provocó la súbita aparición los llevó a huir de modo alocado, a volver sobre sus pasos por la huerta y por los claustros del colegio, hasta que por fin se encontraron en la sala donde se encontraban los demás colegiales, reunidos con los familiares que habían ido a visitarlos aquel día. La sensación de alivio al verse allí libres de la presencia de aquel hombre misterioso fue muy grande, como si hubieran conjurado un enorme peligro. La experiencia, a pesar de ser desagradable, no les impidió regresar el domingo siguiente al lugar donde se les había aparecido, quizá porque les atraía el misterio, y como la vez anterior huyeron despavoridos cuando volvió a presentarse de modo inesperado ante ellos. Uno de los familiares comentó después en la sala de visitas que conocía a aquel hombre vestido de negro, ya que era de su tierra; dijo que guardaba luto por un hijo que se le había muerto y que proveía de harina a la tahona del colegio.
Gabriel poco a poco se hubo de acostumbrar al ambiente frío y a los rigores de los métodos de enseñanza empleados allí. Había desarrollado desde llegó un instinto de adaptación al medio, aunque este fuera demasiado duro para un niño de su edad, venido de un mundo en el que había sido inmensamente feliz, como él después evocaría más de una vez. No solo la presencia del hermano lo reconfortaba y animaba, sino también la de sus compañeros más cercanos, con los que pasaba momentos muy gratos que compensaban los que estaban dedicados al aprendizaje en las aulas y al estudio. Comprendió desde muy pronto, antes quizá de lo previsto, que no le quedaba más remedio que cumplir con lo que se le exigía, ya que si se oponía no habría de ser conveniente para él. Comenzó a ver a los padres jesuitas de manera muy distinta a como los había visto al principio: ellos, con sus métodos severos y su estrecha vigilancia, velaban por su bien, procurándole una formación académica y personal en la cual habrían de cimentarse su estudios futuros. Los había de diferentes condiciones: unos más rectos que causaban un enorme respeto y otros de un talante algo más condescendiente, a los que se les temía menos.
Al poco tiempo de estar allí, Gabriel enfermó de reuma, por lo que tuvo que pasar largas temporadas en la enfermería del colegio, donde era atendido por el hermano encargado de aquella sección. La estancia en aquel lugar sombrío y triste habría de ser determinante para él, no por verse apartado de la mayoría de sus compañeros, sino por lo que en él experimentaría, por los sentimientos y las impresiones que habría de tener.
Aunque al comienzo supuso para él un gran contratiempo estar recluido allí, no tardó en sentirse con las atenciones que le dispensaba el hermano enfermero, un hombre bueno donde los haya, de una nobleza muy parecida a la de Nuño el Viejo, a quien muchas veces añoraba. Llevado acaso por la responsabilidad que tenía, siempre se mostraba con él y con los otros colegiales enfermos amable y solícito, con ánimo de dispensarles los cuidados que precisaban, con la misma diligencia que hubiera empleado un padre que deseaba ver sanos muy pronto a sus hijos. Era de tez clara, con la cara ancha y los ojos pequeños, de una expresión siempre risueña; aunque no hablaba mucho, poseía la facultad de saber escoger para cada cual las palabras que necesitaba, como así ocurría con Gabriel cuando se hallaba más abatido a causa de la enfermedad, a causa de las molestias que le ocasionaba. «Todo se pasa», solía decir, dando a veces una palmada en el hombro del destinatario. Tenía la voz ronca, aunque como era pronunciada por él no resultaba desagradable. Era un gran devoto de la Virgen, a quien encomendaba con frecuencia la recuperación de los pacientes. Aducía que puesto que ella había sufrido tanto al pie de la cruz era quien mejor podía interceder por los hijos que se veían más atribulados, por aquellos que padecían los mayores tormentos. «Confiad en la Virgen, porque ella como madre siempre escucha», añadía cuando a uno lo advertía más vacilante.
Gabriel tuvo oportunidad, durante los periodos en que permanecía en la enfermería, de trabar amistad con algunos de los compañeros con los que allí con él se encontraban, como fue el caso de Hernández Aparicio, con quien llegó a intimar bastante, quizá debido a que eran de caracteres parecidos. Era un chico algo más alto que él, desgarbado, cenceño, de aspecto siempre enfermizo. Se mostraba algo tímido, poco proclive a manifestar lo que pensaba o lo que sentía, tal vez por falta de seguridad. Con el único con el que tomó confianza fue precisamente con Gabriel, a quien revelaría sentimientos y temores que no se hubiera atrevido a revelar a nadie más. Eran propensos los dos a asustarse, a sobresaltarse en ocasiones por cualquier motivo; tal propensión los había unido más, como si el hecho de ser de igual condición los hubiera hermanado con el fin de darse mutua protección.
Desde una de las ventanas de la sala donde los enfermos estaban recluidos se observaba un amplio panorama del exterior, de los campos y las montañas que rodeaban la ciudad en la que se hallaba enclavado el colegio. Gabriel, que era muy observador, se quedaba muchos ratos contemplando el paisaje que frente a él se tendía, cuya imagen iban cambiando según la estación del año y el momento del día en los que se asomase a alguna de las ventanas. Le gustaba el paisaje, sea cual fuese la estampa que presentase; atraído por la belleza que en él apreciaba, sin conocer bien la razón, lo contemplaba con íntima y gozosa delectación, tratando de reparar en cada detalle, en cada matiz diferente que a la sazón mostrara. Miraba, desde su puesto de observación, los labrantíos morenos, las hazas rubias, los alcaceres, los bancales escalonados, los caminos diminutos que se serpeaban entre albarradas de huertas, los herbazales viciosos, los terrenos llecos, las lomas punteadas de olivos, los cerros y montañas de faz cenicienta. Por las tardes, el paisaje tenía un mayor encanto, pues aparecía rociada de la luz última del sol, de una luz áurea que se iba volviendo de un tono naranja, hasta que era de un rosa pálido después del ocaso. Por los campo se extendía una penumbra gris, dotándolos de cierto misterio, en tanto que en las cumbres de los cerros y de las montañas quedaban todavía restos del sol ya ido. Gabriel encontraba en aquel cuadro una belleza que irresistiblemente lo atraía y que le hacía sentir un vago temblor de emoción, cuyo origen él no sabía entonces discernir. Durante unos instantes seguía mirando lo que a través de la vidriera de la ventana de una manera difusa ya se divisaba, una visión que se tornaba imprecisa y que se llenaba de sombras en un anochecer que semejaba ocurrir en otro tiempo, en un pasado oscuro.
Con nueve años, Gabriel, a decir de sus maestros, era un niño introvertido, dado quizá a un excesivo ensimismamiento. Daba muestras también de ser muy sensible, no solo por sus dotes manifiestas de observador, sino por su afición a determinados asuntos, como era todo lo relacionado con el arte o con la historia sagrada. En más de una ocasión, de hecho, había declarado su deseo de dedicarse en el futuro a la pintura, quizá porque soñaba con recrear en lienzos lo que con tanta atención ya observaba. Era una especie de temprana vocación, nacida del gozo que comenzaba a experimentar cuando se daba a contemplar la belleza de su entorno, las gracias innumerables con que se le ofrecía la naturaleza.
Tenía los ojos claros, iluminados a veces por una fugaz sonrisa. Por los gestos de su cara se infería que debía de ser de corazón muy noble, de una bondad exquisita. No se le tenía, a pesar de su apartamiento, por raro o huidizo, sin duda porque formaba parte de su carácter, una cualidad acaso que habría de ir cambiando con el tiempo.
Los años que pasó Gabriel en el colegio de Santo Domingo habrían de ser decisivos en su formación. En sus salidas, se encontraba con una ciudad vieja, de ambiente campesino, con sus calles sombrías y sus tapiales de huerto tranquilo, con las torres de sus templos y sus conventos prorrumpiendo de un avispero de tejados parduscos. Era una ciudad episcopal que más bien semejaba un pueblo, un pueblo que estuviera varado en la historia, imbuido del espíritu de otra época. Estaba impregnada de una mentalidad religiosa, conformada por creencias y costumbres antiguas, con cierta dosis de heroico idealismo. La vida allí era un remanso, solo alterado por la llegada de una diligencia o por el paso tardo de un carro o de una yunta de mulas. Era frecuente también ver en las calles y en las plazoletas a presbíteros revestidos de manteo. Se les veía detenidos en un cantón, departiendo apaciblemente con un grupo de feligreses, o pasando ligeros camino de la catedral o de cualquier otro sitio al que hubiesen de prestar sus servicios. Albergaba la ciudad una población variopinta, con un número considerable de pobres que vivían en unas condiciones miserables en un arrabal, situado en un cerro de las afueras. En los días primaverales cobraba más animación: parecía como si saliese del tiempo brumoso en el que había estado encallada y que mostrase un aspecto remozado; el sol de la primavera dejaba en ella una luz nueva, una luz paradisiaca que se tendía también por los campos, por los cerros y las montañas que en torno de ellos se alzaban. Aunque era todavía de corta edad, tenía ya Gabriel suficiente conciencia del mundo para apercibirse de tales detalles. En junio, al comienzo del verano, se diría que alcanzaba aquella estampa su momento de máximo esplendor. Coincidía algunos años con la celebración del Corpus Christi, cuya procesión por las calles principales de la ciudad era toda una fiesta de la fe y de los sentidos. Eran escenas que para siempre Gabriel habría de guardar en su memoria, enaltecidas por el revestimiento de brillantez con que las envolvía el recuerdo, en las cuales él se veía dichoso, gozando de las venturosas promesas que suscitaba el comienzo del verano después de las largas jornadas de estudio y disciplina vividas durante el curso.





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