José A. Delgado: «Ridículum Vitae»

He esperado hasta el verano, estación en la que todo se relaja un poco y los días pasan desinhibidos entre chapuzón y chapuzón, para publicar este artículo. Bajo una apariencia burlesca, tiene mucho de real, mucho de verdad…, o al menos así lo creo yo.

Todos sabemos de lo que hablamos cuando nos referimos al Currículum Vitae, ese documento que redactamos para reflejar los datos más relevantes de nuestra vida académica y profesional cuando buscamos un empleo. Pero como estoy convencido de que estamos perdiendo el sentido común, la cordura y la sensatez, considero urgente que adoptemos el Ridículum Vitae como un documento personal e imprescindible en nuestras vidas. Estaría conformado por las situaciones que acontecen en nuestro devenir y ciertos comportamientos que adoptamos en disonancia con la razón y alineados con la imbecilidad. Para Aristóteles, el filósofo de Estagira, la razón es la característica distintiva del ser humano, y Albert Einstein afirmaba: “Dos cosas son infinitas, el universo y la estupidez humana; y no estoy seguro sobre la primera”. Veamos.

Cuando nos “okupan” nuestra vivienda comprobamos que el problema es nuestro y no de los “okupantes”; visitamos al tutor de nuestro hijo y le sugerimos que cambie el libro de texto de su asignatura, que establezca otro tipo actividades extraescolares, que debería iniciarlo ya en el proceso lector o, lo que es peor, le atribuimos la responsabilidad de sus suspensos: “¡No sé cómo mi hijo no aprueba su asignatura, si además de que es muy listo, estudia mucho!” Y es que claro, somos expertos pedagógicos. Tendríamos que añadir que entre cumpleaños, onomásticas y Reyes Magos hacemos una cantidad ingente de regalos a nuestros hijos sin saber que existe una relación inversa entre el número de juguetes y la ilusión por ellos; o sea, a más juguetes, menos interés. He comprobado con mi nieto que después de desembalar las seis cajas de cartón donde venían guardados los regalos de su cumpleaños, los desechó y se puso a jugar con ellas.

No podía faltar en el Ridículum Vitae el hecho de que cuando en una trifulca entre dos alumnos se encuentra al culpable, al que cambian de centro es al agredido. La impuntualidad ocuparía también un lugar destacado. Y es que no nos citamos a las nueve sino sobre las nueve, o cuántas veces al asistir a una conferencia hemos oído decir al ponente: “Bueno, vamos a dar cinco minutos de cortesía a la gente que aún no ha llegado”; es decir, premiamos a los impuntuales; u otras como que cuando la película ya ha comenzado, viene el acomodador alumbrando con su linterna la butaca donde se va a sentar el tardón molestando a los que han llegado a su hora.

Tampoco dejaríamos de consignar que no somos racistas pero con algunos matices: cuando nuestra hija se pone (¡qué buen verbo!) novia con un negro pobre (rico es otra cosa); o tenemos en nuestro bloque a unos vecinos extranjeros que no pagan las cuotas de la comunidad, tienen la música alta o hablan a voces hasta la madrugada. ¿Entonces cómo nos mostramos? Y deberíamos especificar la razón por la que nos ponemos nuestro mejor atuendo para ir al notario pero vamos con ropa de calle al médico o a hablar con la tutora de nuestra hija.

Asimismo, en el apartado “Académico” del Ridículum Vitae reflejaríamos los artículos que redactamos como relevantes y que no aceptarían ni para la hoja parroquial de la iglesia del pueblo; los escritos de corta y pega de Wikipedia como fuente de autoridad científica; y los libros autopublicados que no pasan por el juicio de expertos para evitar que sean calificados de infumables. No nos olvidaríamos tampoco de consignar en dicho documento las asignaturas que hemos aprobado después de agotar las seis convocatorias preceptivas demostrando así nuestra incompetencia; las veces que asistimos a una exposición de pintura y soltamos la frase “¡Pero qué vergüenza, si esto lo haría hasta un niño!”; las sesudas opiniones que emitimos sobre asuntos que desconocemos; las veces que pedimos un plato en el restaurante minimalista de moda por las muchas consonantes interpuestas de su nombre; o la postura esnobista que mostramos oliendo el vino meneando la copa con estudiados movimientos cual experto sumiller y le soltamos al camarero: “Este vino está pasado, probaré otro”.

Cómo no cuantificar las veces que no dejamos la acera a las personas mayores o al padre que va con el carrito de su bebé; no sujetamos la puerta de un establecimiento para evitar que quien viene detrás se estampe las narices; o no utilizamos las papeleras por creer que son un componente decorativo del mobiliario urbano. En este necesario documento consignaríamos que conducimos nuestras bicis y patinetes por la acera o por la calzada pero en dirección contraria; cruzamos el semáforo en rojo como viandantes y, lo que es peor, a veces lo hacemos con nuestro peque de la mano diciéndole “Corre, corre, que viene un coche”. Igualmente, cuando siendo conductores comprobamos que se va a cambiar a amarillo y en vez de frenar, aceleramos para que no nos coja el rojo. Especificaríamos que dejamos a nuestros hijos pequeños campar a su aire en el restaurante mientras almorzamos sin percatarnos que están molestando a los comensales de al lado; hablamos con voz en grito por el Mefistófeles o compramos a nuestro nieto de ocho años un móvil de alta gama.

El último apartado del Ridículum lo dejaríamos para reflejar cómo aporreamos nuestra lengua utilizada sólo por ¡seiscientos millones de hablantes! Así: abreviamos las palabras a nuestro capricho; cometemos faltas de ortografía; colocamos mal las tildes o no acentuamos las mayúsculas. Se ha puesto de moda apocopar palabras como peli, porfa, insti, chuche, cole, bici, profe, repre o promo. Otras veces, con la idea de potenciar nuestros argumentos, decimos “muy carísimo” o “muy buenísimo”. Y todo esto sin olvidar la proliferación excesiva del término “tema” durante una conversación sin venir a cuento. A todo este sinsentido se unen las frases sin concordar sujeto-verbo-complemento creyendo que estos elementos están divorciados. Como pueden ver, mucha contenido con el que rellenar el Ridículum Vitae.

José A. Delgado

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