Victoria E. Muñoz Jiménez: «Yo leo, ¿tú lees?»

A punto de estrenar septiembre y llegamos, como ocurre en enero, con nuevos propósitos. Después de la desconexión del verano, solemos regresar con dolor de conciencia por los excesos, y la intención de volver al gimnasio y tomarnos en serio la dieta después del festival de cervezas, tapas, salmorejos y helados de los meses estivales, con el deseo acuciante de encajar en esos vaqueros y otras prendas menos vaporosas que nos pondremos en el curso que ahora iniciamos sin que el espejo nos devuelva esos pliegues de la cintura que hemos fabricado con mucho esfuerzo cucharada a cucharada de cosas ricas. Y es que, si no nos damos algún capricho en las vacaciones, para qué las queremos. Que de todo tiene que haber, incluso cosas ricas. Y si algo suele haber en las vacaciones también, es un hueco para algún libro, gordo a ser posible, en nuestra maleta. ¡Con algo hay que rellenar el tiempo en la tumbona bajo la sombrilla entre baño y baño! Lástima que para muchos la lectura va irreparablemente unida al verano y se evapora en cuanto los afanes diarios toman las riendas. Pero ¡es tanto lo que la lectura aporta a nuestras vidas! Una sociedad que lee es una sociedad que piensa, reflexiona y decide con criterio, y los adultos de hoy tenemos la responsabilidad de crear lectores para la sociedad de mañana en esa cantera integrada por niños y jóvenes.

La respuesta a esa pregunta que lanzaba en el título tiene una probabilidad muy alta de responderse afirmativamente si atiendo a mi experiencia personal y profesional.

Cuando yo era pequeña me producía curiosidad ver cada tarde a mi padre “esconderse” detrás del periódico al regresar del trabajo. El atardecer me devolvía a un padre completo, pero ese enorme —visto desde mi estatura— montón de papeles plegados engullía a su mitad superior y me dejaba solo sus piernas. Entonces yo me colaba entre ellas y escalaba hasta alcanzar el brazo del sillón donde me acomodaba, rodeada por el brazo izquierdo de mi padre que daba cabida a mi cuerpecito sin que sus dedos soltaran el papel, y mis ojos de niña observaban con fascinación ese objeto lleno de bichitos negros, unos más grandes y otros pequeñitos como las hormigas de mi balcón a las que daba de merendar —pero esa es otra historia— que, junto a algunas fotografías, acaparaban su atención cada día. En mi rostro asomaba una sonrisa cuando en algún titular yo descubría la letra “a” o la “m” o la “p” —en mi escuela estaba aprendiendo a descubrir el sonido de esos bichitos—, la señalaba con mi índice y preguntaba: “¿Esta es la a ?”. Mi padre abandonaba un momento su lectura para confirmarme que así era y rápidamente se sumergía de nuevo en el océano de bichitos. Y como los niños suelen remedar lo que ven en casa, yo abandonaba entonces mi atalaya frente al periódico y en el otro sillón de orejas de nuestra pequeña salita me sentaba intentando imitar la postura de mi padre —pero mis piernas no llegaban al suelo— y abría mi cuento favorito, La ratita presumida, esa que cada noche mi madre me leía antes de dormir y cuya voz adquiría diferentes timbres según el personaje que hablaba en cada momento. Entonces, era mi hermana pequeña la que, con su muñeca en la mano, se sentaba a mi lado y me decía: “¿Me lo lees?”. Y yo, que aún no sabía leer —solo conocía algunas letras—, pero me sabía de memoria el texto que acompañaba a cada preciosa ilustración, empezaba a “leer” para ella, imbuida del espíritu del adulto que todo lo sabe ya —eso creen los niños— y mi voz, más seria, comenzaba a convertirse en la del narrador para irse después a los agudos cuando era la ratita la que hablaba o cantaba. Mi hermana me miraba, observaba el cuento que sujetaban mis manos y me miraba de nuevo con arrobo y una gran sonrisa. ¡Estábamos jugando a leer!

Muy pocos años después recibí uno de los regalos que recuerdo con más cariño y que aún conservo: un ejemplar de Los viajes de Gulliver editado por Bruguera en formato pequeño y con pastas duras de color amarillo recubiertas con una camisa a todo color donde figuraban el título y el protagonista que habitaba esas páginas. Cuando yo entraba en ese libro, yo también viajaba a Liliput y me sorprendía y emocionaba como lo hacía Lemuel Gulliver. Y es que, como decía Marcel Proust: “Uno lee para salirse de sí mismo, para viajar”, pero con la ventaja de que pagas el billete una sola vez y viajas tantas veces como quieras. El barco de la lectura siempre estará ahí listo para zarpar en el mismo momento en que posemos nuestra mano sobre él; da igual la hora, da igual el lugar, siempre será buen momento para dejarse conducir a otros mundos, a otras épocas y convertirse en un personaje más en busca de aventuras. Mi “ratita presumida” siempre estaba al alcance de mi mano y era uno de nuestros juguetes favoritos, de mi hermana y mío.

Los padres de hoy tenemos dos alternativas: dejar en manos de nuestros hijos dispositivos luminosos, con imágenes en movimiento y con sonido que rápidamente acaparan su atención —y nos dejan tranquilos— para distraerlos de tantas cosas interesantes que pasan a su alrededor; o sentarnos con ellos a descubrir el mundo a través de las diversas texturas de unas páginas, los números de los que se alimenta un dinosaurio azul o las ventanitas que esconden maravillosos secretos mientras, sentados a su lado, les susurramos la historia que algún escritor ha dejado atrapada para ellos entre esas páginas.

Aparte del absoluto placer que supone disfrutar, padres e hijos, de una lectura compartida, puedo asegurar por mi experiencia docente que la “calidad” del niño que llega a la escuela años después es muy diferente si desde pequeño ha sido expuesto al hechizo de la lectura o, por el contrario, ha sido seducido por los cantos de sirena de esos dispositivos de cristal que mientras están funcionando logran que el niño desaparezca. Lástima, porque también desaparecen —o no llegan a aparecer— la memoria, la imaginación, la riqueza de vocabulario, la precisión ortográfica, la habilidad para expresar ideas oralmente o por escrito y, desde luego no menos importante, la posibilidad de crear vínculos afectivos con las personas de nuestro entorno.

No me resisto a dejar que sea José Antonio Cordón, catedrático de la Universidad de Salamanca y miembro de la Academia de Buenas Letras de Granada, quien concluya este artículo con esas acertadas palabras que he rescatado de su hermosísimo librito La belleza de la lectura (Eolas Ediciones): “La lectura es pura alegría, un estado de gracia que se refleja en la serenidad de quien ha encontrado, entre líneas, un refugio. […] Cada vez que abrimos un libro, […] nos inclinamos, no ante el objeto, sino ante la promesa de que algo dentro de nosotros cambiará”. Solo me queda añadir a las palabras de este sabio: “Amén”.

Victoria Eugenia Muñoz Jiménez

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