FOTO: Bettina Villavicencio

Educar para mirar, cuidar para transformar: una reflexión sobre los cuidados, la humanidad y la pedagogía social: ‘Aprendizaje-Servicio’

«La educación no cambia el mundo: cambia a las personas
que van a cambiar el mundo
Paulo Freire

Hay preguntas que aparecen en determinados momentos de la vida profesional y se quedan para siempre. No buscan respuestas rápidas ni soluciones inmediatas. Son preguntas que nos acompañan, nos desafían y nos obligan a revisar nuestra manera de entender el mundo, como formadora, hay interrogantes que vuelven una y otra vez: ¿Qué puedo aportar realmente desde mi lugar desde “La educación formal”?… Durante años pensé que mi tarea consistía en enseñar contenidos, desarrollar competencias y acompañar procesos de aprendizaje. Hoy sigo creyendo en la importancia de todo ello, pero también he comprendido que la educación va mucho más allá, “Educar” es enseñar a mirar, mirar donde otros no miran, mirar aquello que la sociedad vuelve invisible, mirar a las personas que sostienen silenciosamente la vida cotidiana mientras el resto sigue su marcha.

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Por eso, cada vez que pienso en la educación, pienso también en quienes trabajan en la ayuda a domicilio y en el cuidado de personas dependientes. Pienso en ese colectivo imprescindible que pocas veces ocupa titulares, que rara vez protagoniza debates políticos y que, sin embargo, constituye uno de los pilares más importantes de nuestra convivencia. Son aquellas personas que ingresan diariamente en hogares donde habitan la enfermedad, la discapacidad, la fragilidad, la soledad, el deterioro físico, la tristeza o el abandono, personas que acompañan a quienes han perdido autonomía, a quienes necesitan apoyo para realizar actividades básicas o simplemente a quienes necesitan ser escuchados, no importa la edad. La dependencia puede llegar en la infancia, en la juventud, en la adultez o en la vejez, puede aparecer por una enfermedad, un accidente, una discapacidad o por el simple paso del tiempo, la vulnerabilidad no distingue edades y, esa es quizás una de las grandes verdades que nuestra sociedad intenta olvidar.

Vivimos en una cultura que exalta la independencia, la autosuficiencia y la productividad. Nos enseñan a admirar al que puede solo, al que no necesita ayuda, al que siempre puede más, pero la realidad humana es otra, todos necesitamos de otros, todos hemos sido cuidados, todos cuidaremos alguna vez y todos, tarde o temprano, necesitaremos ser cuidados, sin embargo, seguimos actuando como si la dependencia fuera una excepción y no una condición inherente a la existencia humana.

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Quizás por eso el trabajo de quienes cuidan continúa siendo tan poco reconocido. Porque nos recuerda aquello que preferimos no mirar: nuestra propia fragilidad, los profesionales de la ayuda a domicilio conocen una realidad que muchos ignoran, son testigos cotidianos de la condición humana en su estado más auténtico, ven el miedo, el dolor, la enfermedad, la pérdida de memoria, la angustia, la soledad y la incertidumbre…Pero también ven la ternura, la gratitud, la capacidad de resistencia, la esperanza, la dignidad que permanece incluso cuando todo parece derrumbarse…y… allí están ellos, siempre, sosteniendo, escuchando, acompañando, conteniendo, muchas veces en silencio. muchas veces sin reconocimiento alguno, muchas veces cargando sobre sus hombros responsabilidades emocionales enormes. Para cuidar se necesitan conocimientos técnicos, sin duda alguna, pero también se necesitan capacidades humanas extraordinarias, paciencia para comprender procesos lentos, empatía para escuchar sin juzgar, respeto para reconocer la singularidad de cada persona, honestidad para actuar con ética incluso cuando nadie observa, resiliencia para continuar frente al desgaste cotidiano y fortaleza para enfrentarse diariamente a las miserias humanas sin perder la sensibilidad, porque cuidar no consiste solamente en ayudar a alguien a vestirse, alimentarse o movilizarse, cuidar es acompañar una biografía, es entrar en la intimidad de una vida, es sostener la dignidad de una persona cuando siente que la está perdiendo, es recordar que detrás de cada diagnóstico sigue existiendo un “ser humano” y eso tiene un enorme impacto emocional, por eso existe una pregunta que como sociedad deberíamos formularnos con más frecuencia:

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¿Quién cuida a quienes cuidan?

En los tiempos que corren, donde la salud mental ocupa un lugar central en las preocupaciones sociales, esta pregunta ya no puede seguir siendo ignorada, los trabajadores de los cuidados de personas dependientes, conviven diariamente con situaciones de sufrimiento, deterioro, dependencia, conflictos familiares, pérdidas y despedidas, acompañan dolores ajenos mientras muchas veces silencian los propios. Se habla mucho de la salud mental de las personas dependientes, y con razón. Pero pocas veces hablamos de la salud mental de quienes las acompañan, del agotamiento emocional, del estrés acumulado, de la fatiga por compasión, del impacto psicológico que implica convivir con el sufrimiento humano de manera permanente, necesitamos dejar de romantizar el cuidado, el amor es fundamental, la vocación también…pero no alcanzan, también hacen falta recursos, formación continua, supervisión profesional, acompañamiento emocional, espacios de escucha, condiciones laborales dignas y políticas públicas comprometidas con la realidad de este sector, porque los cuidados no son un gasto, son una inversión social, son una inversión en dignidad, son una inversión en humanidad…y aquí es donde la educación adquiere una importancia extraordinaria, porque la educación no solo transmite conocimientos, la educación modela miradas, la educación construye sensibilidad social, la educación define qué merece nuestra atención y qué queda fuera de ella, cuando enseñamos empatía, estamos enseñando ciudadanía, cuando hablamos de respeto, estamos fortaleciendo la convivencia y cuando trabajamos sobre la dignidad humana, estamos construyendo comunidad.

Por eso, como formadora, me pregunto constantemente si cuando hablo de valores no estaré haciendo algo mucho más importante de lo que imaginaba, quizás no solo estoy formando profesionales, quizás estoy contribuyendo a formar personas capaces de reconocer el valor de quienes cuidan, capaces de comprender que nadie se construye solo, capaces de entender que la fortaleza no consiste en no necesitar a nadie, sino en reconocer nuestra interdependencia, porque el gran desafío de nuestro tiempo no parece ser tecnológico, ni económico, ni siquiera político, el verdadero desafío es “humano”.

Estamos atravesando una época marcada por el individualismo, la fragmentación de los vínculos, la aceleración constante y una creciente dificultad para conectar con el sufrimiento ajeno y frente a ello, los cuidados aparecen como una forma de resistencia, una resistencia profundamente humana, una resistencia basada en la presencia, en la escucha, en el compromiso, en la solidaridad, en la capacidad de acompañar a otro ser humano cuando más lo necesita.

Quizás por eso quienes trabajan en ayuda a domicilio representan mucho más que un colectivo profesional, representan un valor social, un principio ético, una manera de entender la convivencia, son el puente entre la asistencia y la dignidad, entre la técnica y la ternura, entre la intervención social y la humanidad, y ha llegado el momento de dejar de considerarlos “invisibles”.

Reflexión final desde la Pedagogía Social

La Pedagogía Social nos recuerda que educar no ocurre únicamente dentro de las aulas. Se educa en los barrios, en las familias, en las instituciones, en las calles y también en cada acto de cuidado, desde esta perspectiva, cuidar es un acto profundamente educativo porque transmite valores, construye vínculos, fortalece la autonomía y sostiene la dignidad humana. Quizás la gran tarea pedagógica de nuestro tiempo sea despertar una conciencia colectiva que parece haberse adormecido frente al sufrimiento de los otros, necesitamos una educación que enseñe a mirar, que enseñe a reconocer, que enseñe a implicarse, que forme ciudadanos capaces de comprender que la vulnerabilidad no es una debilidad individual, sino una condición compartida que nos une como seres humanos.

Sin embargo, existe una realidad que también merece ser visibilizada, con demasiada frecuencia, estos profesionales son percibidos y utilizados como si su función principal fuera la limpieza del hogar, otorgando más importancia al aseo de la vivienda que a la labor para la que han estudiado, se han formado y se especializan diariamente. El profesional de ayuda a domicilio no es un simple servicio de limpieza; su verdadera misión es ayudar, acompañar, promover la autonomía y velar por el bienestar integral de la persona atendida, su prioridad debe centrarse en el cuidado de la persona, en su aseo e higiene personal, en su acompañamiento emocional y social, en la prevención de situaciones de aislamiento y en el mantenimiento de su dignidad y calidad de vida. Reducir su labor a las tareas domésticas supone invisibilizar el valor humano, social y profesional de una ocupación que, tal y como indica su propia denominación, está orientada fundamentalmente al cuidado y apoyo de las personas. Reconocer esta diferencia, resulta imprescindible para dignificar la profesión y comprender la verdadera dimensión de su aportación a la sociedad.

Porque una sociedad que aprende a cuidar es una sociedad que aprende a convivir y una sociedad que aprende a convivir es, en definitiva, una sociedad que se educa para ser más justa, más solidaria y “más humana”. Tal vez allí resida la verdadera esencia de la educación, no solo en enseñar a saber “ser”, sino también en enseñar a cuidar y saber “hacer”.

«Educar para cuidar es enseñar a vivir con otros; cuidar para educar es recordar que nadie crece, nadie sana y nadie se salva en soledad»

María Verónica Martínez Reynoso

Miembro de INOEDUCA.

Universidad de Málaga, ante todo, siempre, “MAESTRA”

Redacción

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