Estamos de nuevo en los días y ferias que en la primavera dedicamos a los libros. Me gusta mucho leer, pero no soy un fanático ni de la lectura ni de los libros. Incluso veo, como he explicado en algunas ocasiones anteriores, un peligro en ellos, en la medida en la que el lector tiende a dejarse absorber por la vida de las letras y a eludir los pedregales de la suya. Primero vivir, después leer.
Es verdad que la lectura constituye una forma de la vida, del mismo modo que nuestra vida onírica es también vida nuestra e, incluso, algunos de nuestros sueños repetidos indican que, casi o sin casi, mientras dormimos hemos ido construyéndonos una segunda biografía. Pero idealizar las letras, creer que ellas van a vivir por nosotros y que los grandes autores, con sus propuestas, interpretaciones y entretenimientos, van a sustituir nuestra identidad es una forma más de la alienación, de la pérdida de nosotros mismos en los territorios de una más de las variantes del cielo. El cielo tampoco está en los libros y buscarlo en la literatura es soñar con que uno vuela por encima de las posibilidades de los hombres.

Me gustan las reflexiones de dos escritores que, siéndolo y muy buenos, no por ello idealizaron o mistificaron la literatura o el mundo de los lectores y de los libros. No se querían engañar, aunque la penetración en la verdad de las cosas socavase el fundamento de su propia manera de existir. Me refiero a Jorge Luis Borges y a Mario Vargas Llosa. Cuando ellos, literatos de primer orden, hablan de la literatura lo hacen de una manera que nada tiene que ver ni con los papanatas de la lectura, ni con los idólatras del libro.

Tomemos, por ejemplo, la colección de pequeños ensayos o artículos de Borges que se publicó en 1932 con el título de Discusión. Uno de ellos nos anuncia ya desde el título, La supersticiosa ética del lector, su intención de enfrentarse a los tópicos que colonizan la cabeza de los amantes de los libros. Y, en efecto, arremete contra lo que a muchos parece lo más sagrado de la escritura: el estilo. ¿Y por qué? Pues porque Borges no se refiere a la manera peculiar de usar la pluma de cada autor, sino a la esclerotizada forma de apreciar el valor literario de una obra ateniéndose a clichés establecidos de antemano y asimilados acríticamente por el gran público lector. Los lectores supersticiosos anulan su propia y espontánea apreciación de las obras literarias y se dejan llevar, tomando una palabra de Unamuno, por las tecniquerías: que si los adjetivos deben sorprender, que si la concisión o frase breve es una virtud, que si la cacofonía… Hay, pues una ética del lector que condena a quienes no se atienen en su escritura a las etiquetas convencionalmente dominantes.
En sentido inverso, el lector supersticioso, sostiene Borges, atribuye estilo a las obras que le gustan, especialmente si son clásicas, aunque realmente no lo tengan. Si tradicionalmente un libro ha tenido buena reputación, se infiere que ha sido por su buen estilo por el que la ha logrado. Y en este punto llega Borges, seducido por su propia audacia, a poner en tela de juicio al mismísimo Quijote, la joya preferida de la corona de nuestras letras. Con solo revisar unos párrafos de su gran novela se ve, dice Borges, que Cervantes no era estilista. Busca apoyos para su juicio en autores que no le tuvieron en cuenta y en algún crítico que también lo había visto así. La prosa de Cervantes, concluye Borges, es “prosa de sobremesa, prosa conversada y no declamada”. Lo que, sin embargo, no debe inducirnos a quitar valor al Quijote, sino a buscarlo en los aspectos que verdaderamente hacen que funcione como una obra magistral, en la que Cervantes se halla tan entregado a desentrañar los “destinos” de su Quijote que no se deja distraer “por su propia voz”. Es decir, la historia del caballero manchego no necesita de florituras o adornos estilísticos porque su profundidad psicológica nos cautiva de por sí.

En cuanto a Vargas Llosa, sorprende el desparpajo con el que analiza la función de la novela en La verdad de las mentiras (Seix Barral, 1990). Se trata de una colección de 25 pequeños ensayos dedicados cada uno a comentar una novela diferente y precedidos de un prólogo generalista. Tanto éste como los comentarios particulares son atrevidos en sus interpretaciones y, a la vez, distendidos en la manera de ser presentados, es decir, en la forma clara de escribir y en que el punto de referencia no es tanto el lector sofisticado o erudito como el lector popular. No se entiende la verdad o utilidad de las novelas si no se va a lo que requiere de ellas el que las lee y que no es otra cosa que usarlas como bálsamo para las heridas producidas por la frustración y las limitaciones inherentes al desenvolvimiento del hombre en la vida real. La novela es, en cierto sentido, una gran mentira: sus mundos y sus personajes no existen. Pero, desde otro punto de vista, son tremendamente verdaderas porque sus escenarios de ficción, recortados y ensamblados por el designio creador del autor, recogen los anhelos ocultos de los seres humanos, las vidas que nuestra vida real no nos deja vivir. “En el embrión de toda novela”, escribe Vargas, “bulle una inconformidad, late un deseo.” También, por eso, son cargas de profundidad contra todos los poderes establecidos, empeñados siempre en hacernos creer que con ellos ha llegado definitivamente la felicidad al mundo.

La iconoclastia del peruano llega a lo alto en el artículo que dedica a analizar Al este del Edén, la popular novela de Steinbeck, publicada en 1952 y llevada al cine por Elia Kazan en 1955, con James Dean como protagonista. Para Vargas Llosa, se trata de una mala novela, pero, simultáneamente, digna de elogio. Mala porque está mal construida (falla su estilo, se trazan mal los caracteres, hay superficialidad y maniqueísmo social), tanto que ni siquiera está al nivel de otras novelas del propio Steinbeck, como La perla.

Y, sin embargo, buena porque está dotada del alma de las novelas primigenias, de las que con sencillez reflejaban lo que en lo hondo de las vidas corrientes se mantenía frustrado. En los narradores modernos distinguimos a aquellos que, conscientes de que el narrar es solo forma, se han cerrado en su castillo estilístico de aquellos otros que han preferido construir argumentos pasionales y sumergirse en los vericuetos del corazón humano. Sólo unos pocos, como García Márquez, habrían conjugado la joya literaria con el relato de interés para todos. Al este del Edén, desde ese punto de vista, formaría parte de las novelas estilísticamente malas, pero humanamente conmovedoras.

Borges y Vargas convergen, pues, en su acercamiento desenfadado a la literatura, en un cierto aire retador que pretende desafiar a quienes idolatran la lectura. Y coinciden en apuntar hacia una misma diana: el estilo, aunque siempre viene bien, no es lo que determina la calidad de una novela, sino, más bien, un continente o recipiente que lo mejor que puede hacer es no impedir el acceso al contenido pasional, anímico, de lo narrado.





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