Juan Francisco Casas Muñoz: «El amor se hace grande en los pequeños detalles. Reflexión sobre el amor»

Para Sara, compañera de vida, y para Marta, que nos recuerda cada día que el amor siempre encuentra nuevas formas de crecer.

Vivimos en una época extraña. Nunca habíamos estado tan conectados y, sin embargo, pocas veces nos detenemos realmente a mirar lo importante. Todo ocurre rápido. Demasiado rápido. Las agendas mandan, las prisas nos empujan y las redes sociales parecen habernos convencido de que la felicidad tiene que mostrarse constantemente hacia fuera para tener valor.

Casi sin darnos cuenta, hemos terminado confundiendo muchas cosas. Confundimos presencia con apariencia, compañía con costumbre y cariño con grandes demostraciones. Parece que todo necesita hacerse visible, fotografiarse o celebrarse a lo grande para existir realmente.

Y quizá por eso cada vez cuesta más reconocer “las formas silenciosas del amor”.

Porque el amor de verdad rara vez hace ruido.

No suele aparecer en grandes escenarios ni en momentos perfectos. Vive, casi siempre, en lo cotidiano. En un café compartido sin mirar el reloj. En un abrazo inesperado. En un “¿cómo te ha ido el día?”. En una madre que insiste cuando uno quiere rendirse. En un padre que se deja la espalda trabajando sin pedir reconocimiento. En alguien que te espera despierto para preguntarte cómo estás. En una caricia…

Vivimos rodeados de estímulos, pero cada vez más necesitados de presencia.

Y quizá uno de los grandes problemas de nuestro tiempo sea precisamente ese: estamos enseñando a correr antes que a detenernos a sentir. A consumir momentos antes que a habitarlos. A mostrar la vida antes que a vivirla de verdad.

Como docente, muchas veces veo también cómo las emociones empiezan a vivirse demasiado deprisa. Los niños crecen rodeados de pantallas, ruido y prisas, pero no siempre encuentran tiempo para aprender algo tan importante como cuidar vínculos, permanecer junto a quien quieren o comprender que el afecto no siempre se demuestra con grandes gestos, sino con presencia, paciencia y entrega.

Porque quizá amar sea precisamente eso: salir un poco de uno mismo para cuidar la vida de otro.

Con los años también aprendes a distinguir a las personas. Están los conocidos, con los que compartes un saludo o una conversación agradable de vez en cuando. Están los compañeros, esos que forman parte de etapas concretas de tu vida y con los que existe un vínculo mientras el camino coincide. Y luego están los amigos. Los de verdad. Los que se cuentan con los dedos de una mano.

Porque un amigo termina siendo una familia elegida.

Una de esas personas con las que el tiempo no pesa, aunque pasen semanas sin verse. Y quizá uno de los mayores errores que cometemos cuando somos jóvenes es pensar que siempre tendremos tiempo para todo.

Antes sobraba el tiempo y faltaba el dinero. Ahora, muchas veces, ocurre justo al contrario.

Y es entonces cuando entiendes que aquellas tardes eternas, aquellas conversaciones sin reloj y aquellos momentos sencillos tenían muchísimo más valor del que imaginábamos.

Con el paso de los años he descubierto que algunos de los recuerdos más felices de mi vida no tienen nada de extraordinario. Un café, hablando tranquilos, una cerveza un viernes por la noche, una partida de “mus”, de “pocha”, unas risas alrededor de unos juegos de mesa… cosas pequeñas que, vistas desde fuera, parecen insignificantes, pero que terminan sosteniendo mucho más de lo que creemos.

Incluso lugares que empezaron siendo simplemente un punto de encuentro terminan convirtiéndose en sentimientos. Por ejemplo, “El Padul”, para mis amigos y para mí, ya no es solo un lugar. Es una forma de entender la amistad, el tiempo compartido y esa tranquilidad que solo aparece cuando uno está rodeado de los suyos.

Quizá por eso historias aparentemente tan distintas terminan hablando siempre de lo mismo. En One Piece llevan años buscando un gran tesoro llamado igual que la propia serie, aunque muchas veces pienso (y esta es solo mi forma de entenderlo) que el verdadero tesoro nunca será únicamente algo material, sino el camino recorrido, las personas que comparten la aventura contigo y el cariño que unos dejan en la vida de los otros.

Y quizá ahí también viva una de las formas más bonitas del amor: en dedicar tiempo. Porque cuando uno crece descubre que el tiempo es, probablemente, el regalo más valioso que podemos ofrecer a otra persona.

Pero si hay un lugar donde uno aprende realmente lo que significa querer, es en “LA FAMILIA”. Ahí empieza todo. Ahí nacen muchas de las cosas que después terminan definiéndonos como personas.

Personalmente, con los años entendí que mis padres amaban de formas distintas, pero igual de profundas. Mi padre, Juanjo, sostuvo nuestra vida muchas veces desde el sacrificio silencioso del trabajo. Se iba antes de que saliera el sol y volvía cuando el día ya había terminado. De pequeño muchas veces sentía su ausencia; de mayor entendí que precisamente estaba sosteniéndonos.

Trabajaba para que a mi hermana y a mí no nos faltara nada. Para que hubiera tranquilidad en casa, unos estudios, una oportunidad o simplemente un futuro mejor. Y ahí entendí también el verdadero valor de las cosas. Porque detrás de muchos pequeños detalles había años enteros de esfuerzo silencioso.

Mi madre, Carmen Mari, sostuvo nuestra vida de otra manera. Desde la presencia constante, la insistencia y esa capacidad infinita de seguir creyendo en nosotros incluso cuando nosotros mismos dudábamos.

Todavía escucho muchas veces sus frases de siempre: “Quien la sigue la consigue” o “mira a la abuela Carmela”. Y ahora, con los años, entiendo que detrás de aquellas palabras había mucho más que simples consejos. Y aunque han pasado los años y nosotros ya somos mayores, nunca ha dejado de velar por nosotros. Porque el trabajo de una madre, muchas veces, no termina nunca. Era, es y será una forma de enseñarnos a vivir.

Muchas veces creemos que educar consiste solo en enseñar normas o palabras. Pero las emociones también se enseñan. Los hijos aprenden a querer viendo cómo los quieren. Aprenden a cuidar sintiéndose cuidados. Aprenden a hablar, pero también aprenden silencios, abrazos, maneras de mirar y formas de sostener a los demás.

Con los años uno también comprende que los padres pasan la vida sembrando en sus hijos. A veces lo hacen con palabras. Otras con ejemplos, sacrificios o pequeños gestos cotidianos. Van dejando semillas constantemente, regándolas con paciencia, con cariño y con amor, esperando que algún día den fruto.

Porque las cosas verdaderamente importantes casi nunca crecen de golpe. Necesitan tiempo, cuidado, paciencia y alguien que crea en ellas incluso antes de ver sus frutos.

Quizá por eso, cuando uno crece, descubre que muchas de las cosas que lleva dentro no nacieron de la nada. Son frases heredadas, maneras de mirar la vida, formas de querer, costumbres y afectos que alguien sembró mucho antes en nuestro corazón.

Ahora que mis padres han vivido, probablemente, una de las misiones más importantes de la vida (criar y educar a sus hijos) descubro una nueva faceta de ellos que me enternece profundamente: la de abuelos.

Se les cae la baba con sus nietas. Quieren verlas cada día, aunque sea a través de una videollamada. Aprovechan cualquier momento para compartir una sonrisa, una ocurrencia o simplemente contemplar cómo crecen.

Y quizá una de las frases que más me ha emocionado en los últimos tiempos fue escuchar a mi padre reconocer, con cierta tristeza y mucha ternura, que ahora está pasando más tiempo con sus nietas del que pudo pasar con nosotros cuando éramos pequeños. No porque quisiera menos, sino porque la vida, el trabajo y las responsabilidades de entonces le exigían estar en otro lugar.

Hoy, desde mi propia experiencia como padre, lo entiendo mejor que nunca. Y lejos de reproches, solo siento gratitud. Porque el amor verdadero también sabe reinventarse con el paso del tiempo. Y porque hay abrazos, cuentos, paseos y miradas que, aunque lleguen años después, siguen siendo otra hermosa manera de decir: «siempre he estado aquí».

Ahora que me está tocando a mí ocupar el lugar de padre, me descubro muchas veces recordando las palabras y enseñanzas de mi madre. Deseo ser para Marta aquello que mis padres fueron para mí: apoyo cuando lo necesite, guía cuando se sienta perdida y refugio cuando el mundo pese demasiado.

Quiero darle la libertad necesaria para que encuentre su propio camino, tome sus propias decisiones y construya su propia vida. Pero también deseo estar ahí cada vez que tropiece, para ayudarla a levantarse, limpiarle las heridas y recordarle que caer nunca es el final del camino. Al fin y al cabo, eso mismo hizo mi madre conmigo: enseñarme a caminar sabiendo que, si alguna vez perdía el equilibrio, siempre habría una mano esperándome para volver a empezar.

Y tal vez la vida también consista en eso: en recibir amor, hacerlo crecer y entregarlo después a quienes vienen detrás de nosotros.

Y luego está el amor entre hermanos. Ese vínculo extraño y maravilloso que mezcla apoyo, discusiones, recuerdos, confianza y compañía. Yo he tenido la suerte de crecer junto a mi hermana Carmen Mari (la Tata, como yo la sigo llamando), que muchas veces fue casi una segunda madre para mí. La que me limpiaba las rodillas antes de llegar a casa, la que me ayudaba en todo, la que estaba pendiente de mí incluso en los detalles más pequeños.

Ahora verla también a ella siendo madre de mi sobrina Carmen Mari (ya van varias generaciones del nombre), con apenas tres años, me hace comprender todavía más todo aquello que recibimos de pequeños y que después, casi sin darnos cuenta, terminamos transmitiendo a quienes vienen detrás.

Porque muchas veces heredamos el amor igual que heredamos frases, gestos o maneras de mirar la vida.

Y después aparece otro tipo de amor. El amor de pareja. Ese que comienza muchas veces de forma sencilla, casi sin darse uno cuenta, y que termina convirtiéndose en el lugar donde uno descansa la vida.

Nos hemos acostumbrado demasiado a las historias perfectas de películas y redes sociales, como si amar fuese vivir constantemente en un momento extraordinario. Pero la realidad es otra. Amar también es cansarse, discutir, pedir perdón, aprender a escuchar y seguir construyendo incluso en los días normales.

Porque el amor verdadero no suele sostenerse en grandes discursos, sino en pequeños gestos repetidos cada día.

A veces amar consiste simplemente en quedarse.

Yo tengo la enorme suerte de compartir mi vida con Sara, mi mujer. Hace ya más de dos años y medio que nos casamos y, con el tiempo, he comprendido algo muy sencillo: la felicidad muchas veces no hace ruido. Vive en lo cotidiano.

Vive en nuestros bailes lentos por la noche antes de acostarnos. En nuestras bromas. En ese “que la fuerza te acompañe” que repetimos tantas veces casi sin pensar y que, con el tiempo, he acabado entendiendo de otra manera. Porque quizá la verdadera fuerza sea precisamente eso: el amor de las personas que nos sostienen incluso en los días oscuros.

Quizá por eso en Star Wars siempre aparecía la lucha entre la luz y la oscuridad. Y quizá en la vida real esa luz también tenga mucho que ver con las personas que nos ayudan a seguir adelante cuando el cansancio, el miedo o la tristeza intentan apagarlo todo.

La felicidad, muchas veces, vive en cosas tan pequeñas como preguntarle al otro cómo ha dormido. O levantarte, cuando no te apetece, a calentarle el plato de comida, que se ha enfriado, porque sabes que está cansada. Y descubrir que ella haría exactamente lo mismo por ti.

Hay personas que llegan a tu vida y terminan convirtiéndose en hogar.

Mi madre me preguntó una vez, después de casarme, si era feliz. Y recuerdo que le respondí medio en broma: “Pregúntamelo dentro de un año”. Hoy podría responderle sin ninguna duda que sí. Que soy feliz. Y que muchas veces no entendemos hasta qué punto una persona puede ayudarnos a ser mejores hasta que aparece alguien que nos acompaña de verdad.

Si antes decía que mucho de lo que soy se lo debo a mis padres, también sé que la persona en la que me estoy convirtiendo tiene muchísimo que ver con Sara. Con su forma de cuidarme, de escucharme, de sostenerme y de caminar a mi lado incluso en los días difíciles.

Creía conocer muchas formas del amor hasta que vi a Sara convertirse en madre. Hay algo profundamente hermoso en observar cómo la persona que amas se convierte en madre y entrega parte de sí misma para cuidar una vida nueva.

Y entonces, cuando uno cree haber entendido lo que significa amar, llega un hijo y lo cambia absolutamente todo.

Hace apenas tres meses nació Marta, mi hija. Y desde entonces hay emociones que todavía ni siquiera sé explicar con palabras. Porque uno piensa que sabe lo que es querer hasta que sostiene a su hija entre los brazos y entiende que, desde ese momento, su corazón ya caminará siempre fuera de él.

Marta es pequeña, indefensa, tranquila unas veces y revoltosa otras. Llora cuando tiene hambre, protesta cuando tiene gases y abre los ojos mirando el mundo como si todo fuese nuevo. Y quizá lo más increíble es descubrir que, sin darte cuenta, ella también ha hecho nuevo tu mundo.

Ahora entiendo muchas cosas que antes solo creía comprender de mis padres. El miedo. La preocupación. El cansancio feliz. La necesidad de proteger. Ese amor silencioso que nunca descansa.

Quizá por eso una de las frases más conocidas de Spider-Man termina siendo también una de las más humanas: “Un gran poder conlleva una gran responsabilidad”. Y pocas responsabilidades existen más grandes que querer de verdad a otra persona. Porque amar también significa cuidar, permanecer y sostener incluso cuando llegan el cansancio o el miedo.

No es casualidad que en el Evangelio de San Juan, se diga que no hay amor más grande que dar la vida por los demás. Con los años uno descubre que hay personas que lo hacen cada día sin darse importancia.

Muchas mañanas, antes de irme a trabajar, veo a mi mujer Sara y a mi hija Marta dormidas juntas, tapadas hasta el cuello y completamente ajenas al ruido del mundo. Y durante unos segundos todo parece estar exactamente donde debe.

Y quizá ahí esté el verdadero sentido de todo.

En un mundo que corre demasiado deprisa, donde cada vez cuesta más permanecer, cuidar o detenerse a sentir, tal vez todavía estamos a tiempo de recordar algo importante: que el amor no consiste en grandes gestos de vez en cuando, sino en cuidar cada día aquello que realmente sostiene nuestra vida.

Porque con los años uno descubre que el verdadero hogar no es un lugar, sino las personas con las que puede descansar el alma.

Gracias”, a quienes me enseñaron a amar, a quienes siguen caminando a mi lado y a quienes empiezan ahora a descubrir el mundo.

Juan Francisco Casas Muñoz
Maestro de Religión en centros públicos de Granada
Diplomado en Magisterio y Licenciado en Ciencias Religiosas

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