Cada cinco de junio se conmemora el Día Mundial del Medio Ambiente. En la Cumbre de la Tierra de 1992, celebrada en Río de Janeiro, un dirigente lanzaba entonces esta seria advertencia: El tiempo se acaba… Y los más pesimistas advierten que esa irreversibilidad está ahí.
A veces, uno llega a la conclusión de que todo el progreso conseguido hasta ahora ha sido proporcional a la destrucción de la naturaleza, aunque, mejor sería decir, ¡a costa de la naturaleza! Y lo que el progreso nos da con una mano, nos lo quita con la otra. En 1854, Franklin Pierce, presidente de los Estados Unidos, el Gran Jefe de Washington, hizo una última oferta por una gran extensión de tierras indias antes de lanzar el exterminio, prometiendo crear una reserva para el pueblo indígena. Esta es la respuesta del Jefe Indio Seattle.
Con su oferta de querer comprar nuestras tierras, nos está pidiendo demasiado. Si no somos dueños de la frescura del aire ni del fulgor de las aguas, ¿cómo podrán ustedes comprarlos? Y a continuación reivindica la tierra heredada de sus padres y todo aquello que forma parte del patrimonio de los pieles rojas: Cada parcela de esta tierra es sagrada para mi pueblo; cada grano de arena, cada gota de rocío, cada altozano y hasta el sonido de cada insecto es sagrado a la memoria y al pasado de mi pueblo (…). Nuestros muertos nunca pueden olvidar esta bondadosa tierra, puesto que es la madre de los pieles rojas. Somos parte de la tierra y asimismo ella es parte de nosotros.
En un lenguaje poético, cargado de ternura y de recuerdos, continúa diciendo: El agua cristalina que corre por ríos y arroyuelos no es solamente agua, sino que también representa la sangre de nuestros antepasados. El murmullo del agua es la voz del padre de mi padre. Aunque, si bien, el indio es consciente de su inferioridad y de que su tribu vive todavía en la Edad de Piedra, de sobras conoce a aquellos rudos y despiadados colonos y a los rampantes empresarios que los acompañan. Por eso, no duda en tacharlos de simples mercaderes: El hombre blanco trata a su madre, la Tierra, y a su hermano, el firmamento, como objetos que se compran, se explotan y se venden como ovejas o cuentas de colores. También vaticina las consecuencias de la colonización: Su apetito devorará la tierra dejando atrás sólo un desierto. A renglón seguido, arremete contra la civilización del hombre blanco porque supone una renuncia de sus raíces y porque ya nadie escucha el silencio del bosque: La sola vista de sus ciudades apena los ojos del piel roja, pero quizá sea porque el piel roja es un salvaje y no comprende nada. No existe un lugar tranquilo en las ciudades del hombre blanco, ni hay sitio donde escuchar cómo se abren las hojas de los árboles en primavera... Como su pueblo vive en equilibrio con la naturaleza y se complace con las cosas sencillas, se pregunta con el escepticismo de un filósofo: ¿Para qué sirve la vida si el hombre no puede escuchar el grito solitario del chotacabras ni las discusiones nocturnas de las ranas al borde de un estanque? Sin embargo, asegura que todos los seres comparten un mismo aliento –la bestia, el árbol, el hombre, todos respiramos el mismo aire–. Y el viento que dio a nuestros abuelos el primer soplo de vida, también recibe sus últimos suspiros. Pero sabe que esta guerra la tienen perdida de antemano, pues el caballo salvaje de la pradera se enfrenta al humeante caballo de hierro: Si decidimos aceptar su oferta de comprar nuestras tierras –le escribe, resignado, al presidente–, yo pondré una condición: el hombre blanco debe tratar a los animales de esta tierra como a sus hermanos. Porque el jefe indio ha sido testigo privilegiado de una crueldad sin sentido que rozaba el exterminio: He visto a miles de búfalos pudriéndose en las praderas, muertos a tiros por el hombre blanco desde un tren en marcha.
Y, en este sentido, prosigue diciendo: Si todos los animales fueran exterminados, el hombre también moriría de una gran soledad espiritual. Todo va enlazado… Todo lo que le ocurra a la tierra, le ocurrirá a los hijos de la tierra. El hombre no tejió la trama de la vida; él es sólo un hilo. Lo que hace con la trama se lo hace a sí mismo. También pronostica que los blancos se extinguirán, quizá antes que las demás tribus. El motivo que alega es porque contaminan sus lechos y una noche perecerán ahogados en sus propios residuos. Seattle se lamenta de la catástrofe que ha supuesto para su pueblo la llegada del hombre blanco: …pues no entendemos por qué se exterminan los búfalos y se atiborra el paisaje de las exuberantes colinas con cables parlantes. El final de la carta no puede ser más desolador: ¿Dónde está el matorral? Destruido. ¿Dónde está el águila? Desapareció. Termina la vida y empieza la supervivencia. Hoy, en cambio, el tiempo se está acabando y puede que ya sea demasiado tarde. Cuentan que la Madre Tierra, cansada ya de tanta destrucción y desidia, se rebeló contra los hombres y les hizo esta seria advertencia: Habéis contaminado la naturaleza y el aire, también habéis hipotecado el futuro de vuestros hijos; por tanto, debéis de pagar por ello. ¿De qué os sirvió ganar más dinero y poseer más bienes si no podéis beber el agua del río que nace entre las nieves de la Gran Montaña, y a la Vega del Genil, que par no tenía, ya no le queda ni el nombre.
Granada ya no aparece envuelta en un manto de neblina, como ocurría a comienzos de este siglo, porque se ha restringido la circulación de vehículos en la ciudad, pero se ha convertido en una isla de calor por la falta de espacios verdes, porque todo se ha dedicado a la construcción de edificios. De ser una de las ciudades más frescas de España, durante el verano, se ha convertido en casi un horno, mientras que en París hay parques por todos lados. Las Gabias tampoco tiene las chimeneas echando humo negro, porque hace años que cerraron la última fábrica de ladrillos.
Pero la Tierra está cada día más contaminada por la sobreexplotación, cada año las temperaturas baten records por el sobrecalentamiento y, como llueve menos, los ríos llevan menos caudal mientras que las danas y las lluvias torrenciales hacen estragos en el mundo. El Mar Mediterráneo tenía el verano de 2024 una temperatura de 30 grados y esta fue la causa de la dana en la provincia de Valencia, que ha sido considerada como una de las mayores catástrofes en el mundo durante ese año. Ante tanto desastre medioambiental, habrá que pensar: en pocos años tendremos cincuenta grados de temperatura y, lo que es peor, ¿qué mundo le vamos a dejar a nuestros hijos y nietos?





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