Se lo peguntaba («En defensa de un régimen disciplinario “por puntos”», el catedrático Severiano Fernández Ramos: “¿Basta un simple «resbalón» para descargar sobre el empleado (funcionario público) todo el aparato disciplinario?”.
Interrogante que hoy, más que nunca, puedo –podemos– ampliar a la política contemporánea –y sus “satélites”– en tanto parece deslizarse, cada vez con mayor frecuencia, sobre una superficie propensa al patinazo… ¡No!, no es sólo una metáfora: los llamados “traspiés” –declaraciones imprudentes, gestos torpes o decisiones mal calibradas– se han convertido en episodios habituales del debate público.
La llamada “ley de polarización” sugiere que, cuando personas con opiniones similares deliberan entre sí, tienden a adoptar posturas más extremas. En gobernanza, esto se traduce en partidos, equipos de comunicación y comunidades de seguidores que refuerzan mutuamente sus convicciones hasta llevarlas a un punto de rigidez.
El dirigente que se mueve en un entorno homogéneo recibe aplausos donde debería haber matices. Se premia la contundencia sobre la prudencia, la consigna sobre la reflexión. Así, el discurso se afila, pero también se estrecha. Y cuando esa arenga sale del círculo de afines y se expone al conjunto de la ciudadanía, aparece la metedura de pata: lo que dentro era ovación, fuera suena a exceso, simplificación o incluso desprecio.
Sin embargo, sería ingenuo atribuir toda la responsabilidad a la dinámica de grupo. También hay una renuncia individual a la duda y a la complejidad. Gobernar exige resistirse a la comodidad del aplauso fácil. Implica introducir disonancia en el propio entorno, escuchar voces críticas y asumir que la moderación no es debilidad, sino inteligencia estratégica.
Quizá la lección sea incómoda: en una gestión pública dominada por el empecinamiento el verdadero riesgo no es equivocarse, sino dejar de cuestionarse. Porque, al final, los patinazos no son accidentes fortuitos; son síntomas de un bioma que premia el exceso y castiga el matiz. Y mientras esto no cambie, seguiremos viendo a nuestros representantes caminar –una y otra vez– al borde del trompicón.





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