Rosario Ruiz subida a una Vespa

Rosario de relatos y poemas (5): Entre guateques, canciones y serenatas

Los jóvenes de mi época, desde muy temprana edad, teníamos un gran sentido de la responsabilidad. Desde niños aprendíamos a trabajar, unos ayudando en el campo y otros colaborando en las labores de la casa. La vida nos enseñaba pronto que había que arrimar el hombro y cumplir con nuestras obligaciones. Pero eso no quiere decir que no tuviéramos también nuestros momentos de diversión, de ilusión y de alegría.

Recuerdo especialmente aquellos guateques que se organizaban algunos domingos en la casa de algún muchacho. En aquella época eran algo especial, porque suponían unos ratos diferentes y divertidos. Nos reuníamos los jóvenes, hablábamos, reíamos y, cuando se podía, bailábamos al son de las canciones que empezaban a llegar a nuestras casas a través de la radio.

Eran los años sesenta y la música que acompañaba a la juventud comenzaba poco a poco a cambiar. Se escuchaban coplas, pasodobles, boleros y música ligera. Recuerdo canciones de Antonio Machín, como Angelitos negros o Dos gardenias; de Joselito, Campanera o El pequeño ruiseñor; de Juanito Valderrama, El emigrante; de Concha Piquer, Ojos verdes o Tatuaje; de Lola Flores, La Zarzamora o A tu vera… y muchas más que forman parte de los recuerdos de aquellos años.

Sin embargo, mis padres eran muy reticentes a que yo acudiera a aquellos lugares. Como era su única hija, me tenían muy protegida y no me dejaban ir prácticamente a ningún sitio. Aun así, alguna vez conseguí que me dieran permiso para salir, y guardo con especial cariño uno de aquellos recuerdos.

Una vez, junto con uno de mis hermanos y unas amigas, me dejaron ir al cine del pueblo de al lado, Ugíjar, para ver una película de Joselito, El pequeño ruiseñor. Recuerdo que nos encantó ver aquella película y, sobre todo, escuchar las canciones tan bonitas que cantaba Joselito, siendo todavía un niño.

Mozuelas de Jorairátar en un día de fiesta

Para llegar hasta el cine tuvimos que ir andando. Caminamos durante más de una hora por aquellos caminos, llenas de ilusión y con unas ganas enormes de llegar. Para hacer el camino llevábamos unas zapatillas y cuando llegamos al cine nos cambiábamos de calzado para no romper los zapatos nuevos.

Llegamos cansadísimas, pero muy felices. Habíamos hecho un largo camino para disfrutar de algo que hoy puede parecer muy sencillo, pero que entonces era todo un acontecimiento: ir al cine, sentarnos en aquellas butacas y dejarnos llevar durante un rato por las historias que aparecían en la pantalla. Aquella tarde, el cansancio del camino quedó olvidado cuando se apagaron las luces y comenzó la película.

También había otro acontecimiento que esperábamos con mucha ilusión: la celebración de la Virgen del Martirio de Ugíjar. Siempre que podíamos, íbamos a pasar allí el día de fiesta montándonos en algún columpio, comiendo en una plaza y viendo a la Virgen en procesión por las calles. Para nosotros era un día especial, porque además de la celebración religiosa, suponía salir del pueblo, encontrarnos con otras personas y disfrutar de un día diferente.

Pero si había algo que formaba parte de aquellas noches de juventud eran las serenatas.

Cuando la noche avanzaba y el pueblo quedaba en silencio, era muy habitual que los mozos se reunieran para ir a cantar bajo las ventanas o los balcones de las muchachas que pretendían. Se juntaban varios y, acompañados por alguna guitarra, comenzaban a cantar canciones de amor. Era su manera de decirles a aquellas jóvenes que les gustaban y que estaban interesados en ellas.

Mi padre a veces contaba alguna historia de aquellas serenatas. Recuerdo que decía que, en una ocasión, unos mozos cogieron por costumbre ir a cantarle a una muchacha todas las noches. Una noche y otra noche se presentaban allí, hasta que la madre de la joven tuvo que salir y decirles que no podían dormir.

—Una vez a la semana está bien, pero todas las noches no —les dijo.

Una de las canciones que le cantaban era muy popular por entonces, Mi casita de papel, de Jorge Sepúlveda, y decía así:

Encima las montañas tengo un nido,
que nunca ha visto nadie cómo es.
Está tan cerca el cielo que parece
que ha sido construido dentro de él
.

Y después llegaba el estribillo, que seguramente era el que más ilusión les hacía cantar:

¡Qué felices seremos los dos
y qué dulces los besos serán!
Pasaremos la noche en la luna,
viviendo en mi casita de papel
.

Así transcurrían aquellos años: entre el trabajo y las obligaciones, pero también entre canciones, películas, bailes, guateques y serenatas. Así éramos felices, haciendo cosas sencillas que para nosotros eran entonces especiales y que llenaban de ilusión nuestros días.

Mozuelos de Jorairátar

Quizá por eso aquellos recuerdos permanecen tan vivos. Porque eran momentos sencillos, pero estaban llenos de emoción, de amistad y de esa ilusión propia de la juventud que, con el paso de los años, se convierte en uno de los tesoros más bonitos de nuestra memoria.

Joven, observa con atención el amor
y mira con responsabilidad
los caminos de tu vida.

Usa la joya de la ciencia
para crecer en sabiduría,
para convertirte en una persona culta,
con progreso y capacidad,
y construir un buen futuro,
uno del que nunca te arrepientas.

Los buenos sentimientos
llevan al crecimiento
y nos enseñan, poco a poco,
a diferenciar el bien del mal.

No te apresures en el amor,
porque el amor es responsabilidad
y debe analizarse con calma,
con prudencia y sabiduría,
comprendiendo las condiciones
y también las imperfecciones
que todos llevamos dentro.

Porque aquello que se ignora
puede causar mucho dolor
cuando llega la convivencia
y aparecen las dificultades.

El amor verdadero
requiere armonía y confianza.
No permitas que las manías,
las rarezas o los pequeños defectos
destruyan aquello que es valioso.

No hagamos familias
llenas de amargura y tristeza;
fomentemos el respeto,
la educación y el buen ejemplo.

Porque una convivencia
basada en el amor y el cuidado
puede abrirnos el camino
hacia la verdadera felicidad.

Una felicidad que dé tranquilidad,
que sepa guiar,
que enseñe con el ejemplo
y que ayude a quienes nos rodean.

Joven, mira con atención tu camino,
camina con responsabilidad
y no olvides que la ciencia,
los buenos sentimientos,
el respeto y el amor
son las mejores formas
para construir una vida
de la que puedas sentirte orgulloso.

Rosario Ruiz Martín,

abuela y madre de familia,

apasionada de la cultura y del saber

Redacción

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