Gregorio Martín García: «Por cuando se encerraba la paja, 1/3 »

El apacible discurrir de la vida en los pueblos les da un ambiente sosegado que hace de ella ese exquisito momento que todos buscamos y que le llamamos paz. Ese era el ambiente que en la mañana otoñal de aquel día que amanecía, se presentaba en el pueblo.

Aún, poca gente ocupaba sus calles, tan solo el ladrido lejano de un perro callejero alteraba el silencio, rompía aquello de misterio que a esas horas se vive en el pueblo, también el kikiriki de un gallo se dejaba oír. Y algún personaje, de los mismos que todas las mañanas, despertaba al tabernero para beberse la copa que ya le pedía el cuerpo.

Con total impunidad y basado en la amistad pueblerina sin recato alguno y sin pensar lo que pudiera molestar, esos gustadores de la copa de anís mañanera y, si es fuerte más lo desean y piden primero. No se cortaban de aporrear la puerta del bar, cual cornetín de órdenes cuartelero y, levantar sobresaltado al tabernero y a toda su tropa.

El humo del amanecer comenzaba a formar la montera de nuestro pueblo que sin ser torero de ella presumía todas las mañanas.

Con la azada al hombro, paso firme y ligero, marcha aquel otro a hacer cola para el agua de riego, que por estar próxima su tanda va de prisa para evitar perderla. A la altura del bar, da los buenos días a los de la copa y, entre ambos se cruzan ese saludo benaluense y mañanero que se dan los paisanos que madrugan en nuestro pueblo. -!!ieoh!!, dice el uno. -!!ahhy!! le contesta el otro. Y ahí queda todo. Dentro de ese enigma y mohín, de la mañana. De ese galimatías gutural de ruidos, que no voces, que se hacen ambos, va encriptado un completo saludo repleto de preguntas y respuestas que, solo ellos, al percibir el sonido y el estatus anímico del que lo interpreta, ya saben su bienestar y lozanía, qué día hará hoy, cómo está la familia y toda una serie de respuestas y preguntas que en tan extraño y “locuaz” saludo lleva, el gutural sonido emitido, a modo de clave.

Son antiquísimos saludos, gritos propios del grupo al que pertenecen y que les identifica que, ha venido a degenerar en ruidos que se cruzan los vecinos al verse muy de mañana y que aguantando el fuerte frío en invierno y el fresquito del verano, se cruzan entre ellos, manos en bolsillos y hombros levantados, y que entienden e interpretan con fiel conocimiento de lo mucho que se dicen, sin decir nada.

Jean Francois Millet – Plantadores de patatas – (MeisterDrucke-1861)

Puede ser posible, amigo y paisano que Vd. se extrañe de esta mi exposición en que hablo de estos saludos ancestrales que entre nosotros nos damos en el pueblo de esa peculiar manera que os lo narro. Sin saberlo, de tanto oírlos y vivir entre ellos, nunca se percató.

Paisano, tú que tantas dudas de lo por mi narrado, mañana madruga, ¡¡te vas a la taberna a beber una copa fuerte de anís del Mono y en el camino observa y atiende porque más de uno al cruzarse contigo te lanzará aquello de !!ooh!!, acompañado de un incipiente gesto y, ¡responde!, porque es su saludo mañanero.

Por la puerta de la barbería de Emilio Callejas, “Canario”. Liada en su toquilla que agarra con una mano mientras en la otra sujeta una bolsa, con postura encogida que denota que la brisa es más fresca que ella esperaba en día otoñal, su cara enrojecida por el fresco va hacia la tienda, la de María la del Abono, a hacer su primera compra para preparar la merienda que echará a su marido que a ganar el jornal marcha hoy, trillando garbanzos en una de las eras de la Loma los Endrinos.

Todo es quietud en la calle y se respira tal ambiente de paz y confort que gloria de vivirlo con esclarecido amanecer del día que despunta en la villa. Donde ya despiertan sus gentes y dan actividad a sus calles con el lógico trasiego de unas calles de pueblo que transitan animales hacia los tajos de trabajo o alimentarse a los prados herbáceos que crecen en la sierra.

Las majadas ya quedaron vacías, por ello, los pastores a paso muy lento delante de la manada las llevan a los rastrojos que tras la varada veraniega quedaron vacíos de las mieses en ellos criadas. Es tiempo de otoño, como última faena de la recolección veraniega queda encerrar y hacer acopio de pajas.

[Continuará…/…]

 

 

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Gregorio Martín  García

Inspector jubilado de la Policía Local de Granada y

autor del libro ‘El amanecer con humo’

 

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