Pedagogía Andariega: A D. Vicente Espinel, en su IV Centenario (1624-2024), 14

El presente capítulo es uno de esos en que la autobiografía de Espinel se percibe más nítidamente en su novela “Marcos de Obregón”. Así y de una forma determinante, don Vicente nos confirma que:

Al fin, y para abreviar el cuento, habiendo peregrinado por España y fuera de ella durante más de veinte años, cambió de estado, se recogió en su tierra que era Ronda donde se hizo sacerdote, viniendo a servir en una capellanía de la que le hizo merced Felipe Segundo, el sapientísimo Rey de España.”

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14. Los bandidos

¡Qué buena cosa es hacer el bien! ¡Qué buen fruto cosecha quien siembra buenas obras!

Pues sepa que esto le sucedió al autor de este libro, y fue viniendo de Salamanca, a propósito de una huelga que hubo de estudiantes, motivo por la que el Corregidor la clausuró (con lo que se quedó la ciudad casi sin ellos). El autor, visto aquello, tuvo también que volverse a su tierra como los demás, ya que las vacaciones estaban muy próximas. Y la necesidad de llegar a su tierra era para él era tanta, que recorrió todo el camino a pie y de prisa por llegar antes. Sucedió un día al anochecer que, viniendo a parar a las ventas de Murga, y no queriéndole los dueños darle posada, por el poco beneficio que había de dejar en ellas, siguió adelante solo y cantando, por hacerse a sí mismo compañía, (que la voz humana tiene esa maravillosa propiedad ).

Así, a las voces que daba con su canto, salieron cuatro bandidos, armados con sus ballestas, los cuales le preguntaron que de dónde venía. Él respondió que de Salamanca.

-¿Alguien viaja detrás de usted? –preguntaron ellos.

-Yo debo de ser el último –respondió él irónicamente- pues ando tan despacio que todos me adelantan.

-¿Y cómo es que no se quedó a dormir en ninguna venta del camino?

-Porque, como no llevo dineros ni cabalgadura que les pudiera dejar provecho, me echaron de allí. Juzgue usted mismo la crueldad de estos venteros.

A lo cual el más pequeño de los ballesteros, intentando justificarse dijo:

-Preguntamos esto, señor estudiante, por ver si queda atrás quien nos pueda comprar la abundante caza de la que disponemos.

Y volviéndose a sus compañeros, les dijo:

-Tengo lástima de este muchacho, y de todos los como él van caminando a pie, por el mal trato y crueldad que usan con ellos los venteros. Vamos a llevarle a nuestra guarida, que llegará el día en que Dios nos agradezca esta caridad.

-Mejor será matarlo–dijo uno-, para que no diga a nadie que nos ha encontrado y ahuyente a nuestras posibles víctimas.

Al final, el bandido pequeño porfió con sus compañeros hasta conseguir que lo dejaran vivo. Y así se fue con ellos, o mejor dicho, se lo llevaron, por unas espesuras, oscuridades y escondrijos llenos de revueltas y dificultades. Y como era de noche y se escuchara por allí cerca una cascada despeñándose cauce abajo, cuyo ruido se aumentaba con la fuerza del viento que sacudía los árboles con gran furia, al estudiante le entró miedo de que le despeñaran también a él de un momento a otro. Sin embargo, sacando fuerzas de dentro, se sobrepuso e intentó charlar con los bandidos sin aparentar miedo ninguno.

Llegaron por fin a su refugio, que más parecía cueva de zorros que de hombres, y, removiendo las abundantes brasas que había en la candela, encendieron unas ramas de tea, para alumbrarse. La cena fue muy buena a base de buenos trozos de carne de venado, si es que no eran, quizás, de algún pobre caminante al que hubiera matado…

El estudiante no sabía qué fiestas hacerles, contándoles muchos cuentos y entreteniéndolos con historias diversas, alabándoles el gusto por vivir en aquella soledad, apartados del bullicio de la gente. Les decía que el ejercicio de la caza era de caballeros y grandes señores y que, sin duda, descendían ellos de alguna buena sangre pues eran aficionados a aquel ejercicio. Y si algún disparate se les escapaba a aquellos por la boca, él se lo alababa y aplaudía. Al uno decía que tenía buen rostro; al otro, que asentaba bien los pies; al otro, que tenía buen ingenio; al otro, que hablaba con mucha discreción; que, en semejantes situaciones, la humildad, ligada con la apacibilidad y la discreción, a los pechos fieros, y más aún a las fieras, los vuelve mansos y amigables. La necesidad en los peligros hace sacar fuerzas de flaqueza y, con gente de aquella traza, el temor engendra sospecha mientras que la valentía denota sinceridad.

Y se las compuso tan bien con los “cazadores” que, además de cena, le dieron dos pieles de cordero sobre las que acostarse. Antes que amaneciese le dieron de almorzar y, en sacándolo al camino, el menor de los cuatro le fue comentando el peligro en que, si no llega a ser por él, se había puesto, estando como había estado en manos de sus compañeros. Como favor le pidió que no contase a nadie lo sucedido, y con aquello despidió de él y prosiguió su marcha, volviendo atrás la cabeza por parecerle que podrían estar siguiéndole. Él, sin embargo, para advertir a los caminantes con quienes se encontraba del posible peligro que podían correr si seguían por allí, les atemorizaba diciéndoles que había sido atacado por una gran serpiente.

Al fin, y para abreviar el cuento, habiendo peregrinado por España, y fuera de ella, durante más de veinte años, cambió de estado, se recogió en su tierra que era Ronda donde se hizo sacerdote, viniendo a servir en una capellanía de la que le hizo merced Felipe Segundo, el sapientísimo Rey de España.

Sin embargo, pasados veintidós o veintitrés años más adelante, volvió a tener noticia de aquellos salteadores; y fue cuando la autoridad, que andaba tras la huella de tres ladrones famosos, tuvo la sospecha de que estaban actuando en Ronda. Para robar, los dichos delincuentes empleaban una argucia muy inteligente: sus mujeres, que se dedicaban a vender por las casas productos de buhonería (hilos, agujas, baratijas y demás), se colaban dentro y, mientras enseñaban sus muestras, escudriñaban su interior; dando cuenta a continuación de todo a sus maridos y amaneciendo a la mañana siguiente robadas y saqueadas.

Grabado de Vicente Espinel

Llegó el soplo a las autoridades, con lo que pudieron dar con todos ellos en la cárcel. Sucedió esto por orden del licenciado Morquecho de Miranda, que a la presente ejercía el oficio de Corregidor y Alcalde Mayor de la villa. Y por abreviar el cuento diré que, dándoles tormento, lo cantaron todo.

Con intención de confesarles, esta autoridad pidió al autor de este libro que se llegara a la cárcel. Y resultó que, en entrando en ella, reconoció al ladrón de corta estatura que había tenido piedad con él, allí en los montes de Sierra Morena. Y buscando la manera de cómo devolverle el bien que en aquella ocasión le había hecho, salvándole la vida, fue al juez y le dijo: “Excelencia, este hombre me libró en una ocasión de la muerte y, así, en lo que esté en mi mano, querría pagarle el bien que me hizo. Sabiendo de la misericordia y justicia de que están dotados los jueces, le suplico a vuesa merced, por las entrañas de Dios, que se compadezca de un hombre tan bondadoso como éste”.

El juez, entonces, en virtud de los poderes de que le confería la ley, le conmutó la pena de muerte por la de ir a remar a galeras, que siempre las buenas obras bien merecen un premio tanto en éste, como en el otro mundo.

-¡Extraño suceso y digno de mantenerse en la memoria –dijeron los mercaderes-. ¡Qué buena cosa es hacer el bien! ¡Qué buen fruto cosecha quien siembra buenas obras!

Y así, y justo cuando finalizaba esta conversación, nos hallamos muy próximos al lugar de Adamuz.

 

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