José Luis Abraham López: «De noche y con buena letra»

Muchas personas duermen con una libreta y un lápiz en la mesilla de noche para anotar ideas que creen brillantes y les asaltan de noche. Algunos escriben a oscuras sin abrir los ojos, confiando en entender su caligrafía al día siguiente, mientras otros siguen un método más ordenado. Pero nada es exactamente como lo imaginamos en la oscuridad.

Habíamos sido convocados en otra maniobra sutil de propaganda laboral pensada para mirarnos nuevamente el ombligo, decirnos qué buenos somos y qué bien lo estamos haciendo. Estamos a vuestra entera disposición, nos gusta que nos escribáis compartiendo vuestras inquietudes; mejor aún: nos gusta que nos llaméis para cualquier duda, problema o sugerencia. (Ya sabemos que siempre hay alguien con funciones de campanero).

Todos advertimos cómo los fotógrafos y cámaras que, con premeditación y alevosía, tomaban instantáneas de los asistentes desde todos los ángulos y posturas quince minutos antes de comenzar el show. Bueno, me hago la foto, digo unas palabritas venerables con buena fe y me marcho, que tengo mucho que hacer. Ellos presumen de calidades y el resto juzgamos sus privilegios.

No tardaron en interrumpir sus discursos políticamente correctos para alentarnos a un descanso de media hora para ser luego estrictamente puntuales en la reanudación. Lo primero es que nos regalaron diez minutos más de alivio y, lo peor de todo, no quedó tiempo suficiente para que los verdaderos protagonistas expusieran con detalle y razón las experiencias que le han valido su merecido reconocimiento; al fin y al cabo, eso era lo que realmente interesaba a la mayoría de los asistentes. De estas reuniones profesionales siempre terminas llevándote algo distinto a lo que esperabas encontrar.

Por lo visto, somos muchos los que dormimos junto a una libreta y un lápiz en la mesilla de noche aunque cada uno con sus particularidades. Yo no enciendo la luz por aquello de no perder el sueño y sin abrir los ojos, al tacto del lápiz y la hoja, escribo confiando en que al día siguiente entenderé mi desorientada caligrafía. Otros prefieren seguir el protocolo del correcto escribidor: enciende la luz, se incorpora en la cama, escribe la idea con un solvente manejo de la pluma, se acurruca de nuevo, apaga la lámpara, cierra los ojos y vuelve al sueño como si no hubiera sucedido nada.

Gracias a que Vladimir Nabokov escribía en fichas y anotaba sueños en una libreta colocada junto a su cama alumbró Ada o el ardor y Lolita. Esta costumbre le permitió a Frank Kafka retener la esencia inicial de sus ideas en La metamorfosis. El poeta británico William Blake reconoció escribir visiones en sueños, anotadas en cuadernos.

Yo me conformo con una libretilla cualquiera, de esas que uno utiliza para terminarla cuanto antes y quitarla de en medio; en cambio, hay quienes prefieren un cuaderno con espirales o cosido con el más pulcro de los cuidados. Luego, ya lo sabemos, nada se parece a lo que quisimos escribir porque todo cambia bajo la luz del sol.

José Luis Abraham López

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