¿Es bueno rememorar, inventariar lo vivido? La pregunta –así lo entiendo–, lejos de ser retórica, encierra una de las inquietudes más profundas del ser humano: la necesidad de comprender su propia trayectoria. Con el paso del tiempo, la edad –y la experiencia que la acompaña– nos empuja casi inevitablemente a esa tentación de recapitular, de abrir las “cajas de recuerdos” que cada uno guarda con mayor o menor celo.
No se trata únicamente de un ejercicio de nostalgia. Revisar el pasado implica también exponerlo, sacarlo a la “luz de los hombres”, para que las acciones desplegadas a lo largo de los años puedan ser juzgadas con cierta equidad. En este sentido, la memoria adquiere un carácter casi moral: no solo recuerda, sino que también interpela. Nos sitúa frente a nosotros mismos cuando aún tenemos la oportunidad de ser, al menos, nuestros propios defensores.
Sin embargo, este proceso no está exento de riesgos. Sobre todo para los verdaderos expertos en la materia del autoengaño: para ellos, recordar no es reproducir fielmente lo ocurrido, sino reconstruirlo. Su memoria selecciona, matiza e incluso transforma la realidad de lo acontecido. Así, lo que presentan como verdad puede no ser más que una versión moldeada por el tiempo y las emociones.
Pero, en todos los casos –¡recordadlo!–, siempre hay un momento inevitable: aquel en que cada individuo debe exponerse sin “fachada alguna” ante los implacables taquígrafos de la existencia –la imagen que sugiere una rendición de cuentas que trasciende lo externo–.
Estoy seguro que asumir lo vivido –con sus luces y sombras– permite dotar de sentido a la experiencia y, quizás, reconciliarse con ella. Recapitular no es quedarse anclado en el pasado, sino integrarlo en la construcción de la identidad, lo que lejos de ser un acto de debilidad, puede entenderse como un gesto de valentía.






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