Tomás Moreno Fernández: «Elogio de la compasión»

Decía el príncipe Myshkin, el entrañable personaje de la novela “El idiota” (1869) de Fiodor Dostoievski, que “sólo la Belleza salvará el mundo”. En efecto, en este mundo convulso y agónico, consumista y hedonista, que nos ha tocado vivir, ni la inteligencia humana biológica, ni la “idolizada” IA; ni la imaginación creadora, ni el nietzscheano arrojo o valor de un “Úbermensch”; ni la potencia y eficiencia de la ciencia o de la tecnología, ni la “hybris” de un poder político o religioso ensoberbecidos; ni la espera en la llegada de un hipotético dios soteriológico, podrán salvarlo (como pedía el último Heidegger).

Tampoco, en esa belleza, proclamada por el compasivo príncipe ruso, encontraremos nuestra salvación, a pesar de que el poeta romántico inglés John Keats sí creía en ello, cuando identificaba la belleza con la verdad, en el famoso verso final de su “Oda a una urna griega”: “la belleza es la verdad y la verdad, belleza; esto es todo / lo que sabes de la tierra y lo que necesitas saber”.

Únicamente, el amor, la bondad, la compasión, podrán lograr ese sempiterno y anhelado ideal humano de salvación. Y ello, sólo será posible mediante una vida meditativa, reflexiva, atenta, basada en la contemplación, en la renuncia, en el silencio, en el retiro al desierto a la búsqueda de la serenidad mística eckhartiana (“Gelassenheit) y de la contención de nuestros deseos desordenados y egoístas, adentrándonos en el interior del hombre, en el “hombre interior”, pero no para quedarnos en esa subjetividad o mismidad solipsista, sino para trascender desde ella, hacia la vida social y colectiva de los hombres, nuestros semejantes. Esta preocupación —vigilante y solidaria — por lo que nos rodea, por nuestra realidad inmediata, por nuestros conciudadanos, nos impulsa a prestar atención a los demás, a los otros con mirada cuidadosa, instándonos a tener siempre una conducta solícita y bondadosa con el menesteroso, con el que sufre.

Permítasenos ejemplificar esta aspiración, este “desiderátum ético”, con un sencilla pero emocionante historia. No sé si la leí en algún libro, posiblemente me la contaron, o, tal vez, la soñé. Lo que sí sé, es que cada vez que la recuerdo siento, que todavía podemos confiar en el hombre, y en que sólo en la bondad o en la compasión está nuestra esperanza de salvación. Ella, la compasión, es lo que nos dignifica como especie y sólo en ella encontraremos una posible salvación o redención salvífica. Esta historia entrañable cuenta que dos hombres enfermos compartían la misma habitación de un moderno hospital. A uno de ellos, el menos grave, le asignaron la cama situada al lado de la única ventana existente en la ella y le permitieron levantarse y sentarse junto a ella durante unas pocas horas por la tarde. El otro enfermo, más grave, tenía que permanecer todo el día acostado, mirando la pared; su gravedad le impedía levantarse del lecho. Cada tarde, el primero relataba al otro lo que veía tras la ventana: un parque con un lago donde se deslizaban hermosos cisnes, y en el que jugaban y retozaban alegres y cantarines niños… Más allá, al fondo, una hermosa vista de la ciudad y el sol en el ocaso, ocultándose en la noche. Y así un día tras otro.

Una triste mañana, murió el menos grave de los enfermos, siendo el otro trasladado a su cama provisoriamente desocupada. Cuando logró incorporarse, para contemplar por sí mismo los paisajes relatados por su compañero, no vio sino la oscura pared de un patio interior, y sintió tristeza y decepción. Preguntó a la enfermera si le habían cambiado de habitación, pues lo que divisaba por la ventana en nada se parecía a lo que su compañero fallecido le había descrito tantas tardes. La enfermera le respondió, que el señor anterior era ciego, añadiendo en voz baja: “quizá solamente deseaba animarlo a usted un poquito”.

De todo lo expuesto, habría que concluir que ese “cuidado” y “solicitud” en el uso correcto de nuestra mirada y de nuestra atención; que esa compasión por el otro, sufriente, es el único instrumento que nos puede liberar de la barbarie y del sinsentido. Y también, que debemos asumir y promover un compromiso con los demás, con la sociedad. Solo de esta manera, se hará posible una sociedad más humana, más solidaria, más justa, que sea capaz de aplicar una solidaridad compasiva y no solo para el individuo doliente y necesitado, sino, sobre todo, para los pueblos y naciones en situación de dependencia y de vulnerabilidad extremas.

Así, lo demanda y propugna, en un lúcido ensayo titulado “Meditación del confinado”, uno de los filósofos más eminentes del panorama humanista, cultural y universitario español de nuestro tiempo, catedrático de la UGR y académico de número de la RACMYP, Pedro Cerezo Galán, cuya ingente obra filosófica y de incuestionable calidad trasciende merecidamente nuestras fronteras “nacionales”. En dicho ensayo, (escrito en febrero de 2021, durante la pandemia del COVID) se aboga por esa necesidad de establecer una “Justicia Solidaria”, fundamentada en una praxis política colectiva y en la cooperación con los pueblos y sociedades — sometidas a situaciones extremas de necesidad, injusticia y vulnerabilidad inaceptables — con estas palabras: “No basta, pues, con el respeto a la dignidad de la persona, o con el reconocimiento de su valor e identidad propia, si no se trasciende activamente en el comportamiento solidario por su suerte personal, cuando se encuentra en estado de vulnerabilidad”. Y concluye, afirmando que “es necesario, sobre todo, el Amor ‘com-pasivo’ y ‘com-bativo’ por el bien del otro” y de los otros. Tenía razón San Juan de la Cruz, “madrecito”, como lo llamaba con ternura Unamuno: “Al atardecer de nuestra vida nos examinarán en el amor”.

Tomás Moreno Fernández

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Comentarios

Una respuesta a «Tomás Moreno Fernández: «Elogio de la compasión»»

  1. Tomás Moreno Fernández

    Que pena que ni previera la muerte anunciada de Noelia (desconocía la existencia e inminencia de su «perpetración») por unas leyes de un Estado de Derecho en pleno siglo XXI, en un país situado en la avanzada de la civilización occidental, la más «progresista» del mundo. ¿Y la más humana, compasiva, respetuosa con la dignidad del ser humano, cuando, en este caso, sí, podrían haberse ofrecido todos los medios posibles para que esa joven se agarrase a la vida «desesperada» y también «ilusionadamente» a la vida? ¿Qué instituciones han levantado su voz para impedirla? Esa jovencita, linda, de ojos tristes se hubiera merecido de nuestra sociedad (y en ella me incluyo) un comportamiento más compasivo, solidario y humano. ¡Que Dios nos perdone!

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