El relato del domingo, por Pedro Ruiz-Cabello (83): Tarde de enero

Un sábado por la tarde, como era costumbre, Mateo, Antonio y yo subimos a las eras para jugar un partido de fútbol. Hacía mucho frío; corría un viento del norte que dejaba súbitos zarpazos en la cara y en las manos. En contra de las recomendaciones de los padres, nos empeñamos en subir, pues estábamos convencidos de que, como todos los sábados, jugaríamos en las eras un partido de fútbol con otros niños, a quienes tampoco les habría amedrentado el frío.

Mateo, con tal fin, se llevó su balón, un balón de cuero que le había regalado un tío suyo que había sido futbolista de un equipo importante de la provincia en su juventud. Los tres, con nueve años, soñábamos con militar algún día en un club de primera división; nuestros ídolos de entonces no eran otros que los futbolistas a los que veíamos jugar por la televisión, por lo que en los partidos que ardorosamente disputábamos los sábados tratábamos de imitar las jugadas que ellos hubieran hecho.

Las eras se hallaban en las afueras del pueblo, en una zona alta que se extendía a espaldas de las últimas tapias. En aquel tiempo ya no se trillaba en ellas, como se había hecho hacía pocos años, según tenía yo difusa memoria. Eran parcelas empedradas de diversas proporciones, entre las que se hallaba un terrizo que reunía mejores condiciones para la práctica del fútbol. Cuando el terrizo estaba ocupado por otros equipos, se elegía alguna de las eras cercanas para disputar el partido. Lo normal era que un sábado por la tarde tuvieran lugar a la vez varios encuentros, por lo que era aquel un espacio muy animado.

Se trataba de un sitio elevado, ubicado casi al pie del cerro que se elevaba a escasa distancia del pueblo. Desde allí, por su especial situación, se divisaba un espléndido panorama de la vega y de la sierra. La vega aparecía como un mosaico en el que se combinaban teselas de varios colores, delimitado por festones de choperas que se arracimaban en la distancia. Tal cuadro estaba presidido por la mole ingente de la sierra, que en el invierno aparecía cubierta en su parte más alta por el blanco mantel de las nieves.

Cuando llegamos, en las eras no había nadie. Encontramos un paisaje desolado, un paisaje gris, propio de un invierno muy crudo. Frente a nosotros se erguía el cerro de un color ceniciento, recortado sobre un cielo de un azul intenso. El viento del norte, que por momentos soplaba muy recio, levantaba repentinas polvaredas en el terrizo. Pensamos, no obstante, que aún era muy temprano para que subieran los otros niños y decidimos esperarlos, jugando entre nosotros con el balón de Mateo para combatir de esa manera el frío, ya que si nos quedábamos parados sentíamos sus dolorosas tarascadas.

Estuvimos más de una hora combinándonos el balón sin que apareciera ninguno de los amigos. Era difícil que ya subieran, por lo que desistimos de esperarlos y nos quedamos sentados en un balate, a espaldas de un pequeño cobertizo, donde nos hallábamos resguardados del viento.. Antonio, por ser más prudente, se mostraba partidario de volver al pueblo, mientras que Mateo y yo opinábamos que ya que estábamos allí podíamos aguardar un rato más. Era un día desapacible y extraño, en el que resultaba raro ver aquel lugar desierto, bajo el dominio del frío. A lo lejos se dibujaban los montes del poniente, de un color plomizo; el sol, a punto de ocultarse tras ellos, esparcía una luz lánguida que semejaba proceder de otro mundo, del mundo que se evocaba en las consejas antiguas. Desde donde nos encontrábamos, apenas alcanzábamos a ver un pedazo de vega, difuminado por el cendal de la neblina. Las choperas eran un trazo oscuro que se vislumbraba en la lejanía. La sierra se elevaba colosal con su inmenso mantel de nieves sobre aquel triste panorama de invierno. Del pueblo llegaban trémulas voces, ladridos hondos de perros. La torre de la iglesia descollaba sobre una nube parda de tejados. Recordamos entonces entre los tres, para no aburrirnos, historias viejas que nos habían contado cuando éramos pequeños, historias de bandoleros y de extraños personajes que moraban entre los riscos de la sierra.

Bajamos de las eras cuando ya caía la noche, con el pueblo envuelto en una penumbra de cobre. El viento del norte semejaba que hubiera cobrado a aquella hora aún más fuerza. Con las manos y las caras amoratadas por los efectos del frío, por un lado estábamos defraudados por no haber podido disputar el partido de fútbol, pero por otro nos sentíamos orgullosos de haber sido más valientes que los demás niños, de haber arrostrado las duras inclemencias de aquella tarde de enero.

Pedro Ruiz-Cabello Fernández

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