Ramón Burgos: «Arrepentidos»

El “y tú” está dejando paso al “ahora me arrepiento”. Y es que –no lo dudéis– decidimos demasiado rápido, reaccionamos más rápido aún y, muchas veces, pensamos demasiado tarde. El llamado “síndrome de la equivocación” no es una enfermedad reconocida, pero describe con bastante precisión una conducta cada vez más común: tomar elecciones impulsivas sin la pausa necesaria para reflexionar sobre sus consecuencias.

El problema no radica en equivocarse. Errar es parte natural del aprendizaje humano. Lo verdaderamente preocupante es la frecuencia con la que repetimos ese patrón, como si el arrepentimiento fuese un peaje inevitable que estamos dispuestos a pagar. Resolvemos por impulso, por presión social o por miedo a perder oportunidades, y después llega la incomodidad, la duda y, finalmente, el agobio.

Las redes sociales, las compras en un clic o las respuestas instantáneas crean una ilusión de urgencia constante. Parece que detenerse a pensar es sinónimo de debilidad o indecisión, cuando en realidad es un acto de inteligencia emocional. Razonar no nos hace más lentos, nos hace más conscientes.

El síndrome de la equivocación suele tener raíces profundas. A veces nace de la inseguridad, otras del deseo de aprobación o del temor a quedarse atrás. En muchos casos, responde a una falta de hábito: no hemos aprendido a detenernos, a evaluar opciones, a tolerar la incertidumbre. Preferimos equivocarnos rápido que enfrentarnos a la incomodidad de la duda.

Sin embargo, el arrepentimiento reiterado pasa factura. Erosiona la confianza en uno mismo y genera una sensación persistente de frustración. Con el tiempo, puede incluso llevar a la parálisis mental.

La solución no pasa por eliminar el error, sino por cambiar nuestra relación con las decisiones. Introducir pequeñas pausas, hacernos preguntas simples –¿por qué hago esto?, ¿qué consecuencias puede tener?– o darnos tiempo antes de lanzarnos a la piscina sin saber nadar –o sin tener todos los recursos para afrontar las consecuencias–, porque entre el impulso y la acción existe un espacio, y en esa holgura reside nuestra libertad para elegir mejor.

Ramón Burgos Ledesma

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