Gabriel Torres Chalk: «’Kate no olvida’: El recuerdo como forma de resistencia»

Presentar una novela ambientada en la guerra de Vietnam exige, antes de hablar de literatura, guardar unos segundos de respeto. Vietnam no fue solo una guerra: fue una herida abierta en la segunda mitad del siglo XX; una jungla, pero también una pantalla de televisión; barro, napalm, helicópteros, canciones, ataúdes, fotografías que modificaron la conciencia de una época. La guerra de Vietnam suele situarse entre 1954 y 1975, aunque la implicación directa de Estados Unidos alcanzó su punto decisivo durante los años sesenta y comienzos de los setenta. El coste humano fue inmenso: millones de civiles vietnamitas muertos, más de un millón de combatientes norvietnamitas y del Viet Cong, cientos de miles de soldados survietnamitas y unos 58.000 estadounidenses. Dichas así, las cifras parecen mármol estadístico. Pero detrás de cada número hubo una madre, una novia, un hijo, una habitación vacía. La historia habla en millones; la literatura devuelve el rostro.

Y ese es precisamente uno de los grandes territorios de Kate no olvida, de Nicolás Estévez Fuertes: la memoria como resistencia. Porque olvidar es cómodo. Olvidar permite colocar una bandera sobre el ataúd y no mirar qué hay debajo. Kate se niega a aceptar la versión limpia de la guerra. Se niega a aceptar que la muerte sea resumida en informes, que los jóvenes sean devorados por la maquinaria bélica y después transformados en retórica patriótica.

La novela nos sitúa en los años sesenta, una década icónica y contradictoria. Por un lado, el sueño de modernidad: la música, la liberación sexual, los derechos civiles, la expansión universitaria, el pop, la televisión, la cultura juvenil. Por otro, su reverso oscuro: Vietnam, la Guerra Fría, los asesinatos políticos, la segregación racial, la violencia policial, la sospecha de que el futuro prometido estaba manchado de sangre desde el nacimiento.

Los años sesenta fueron una fiesta con sirenas de ambulancia al fondo. Mientras sonaban Bob Dylan, Joan Baez, Creedence Clearwater Revival o Jimi Hendrix, miles de jóvenes eran enviados a una guerra que muchos no entendían y de la que algunos no regresarían jamás. El antibelicismo de aquellos años no fue solo una posición política: fue una rebelión espiritual contra el lenguaje falso del poder.

La novela no se sitúa solo ante una guerra exterior. Se sitúa ante una fractura de época. Vietnam fue una guerra militar, pero también fue una guerra contra el lenguaje, contra la inocencia, contra la imagen heroica que una nación tenía de sí misma. La televisión llevó la muerte al salón de casa. Las fotografías hicieron visible lo que los comunicados intentaban suavizar. La juventud descubrió que la historia oficial podía mentir con traje oscuro y buenos modales.

En ese contexto aparecen Bill, Paul y Arthur, tres jóvenes estudiantes de la Universidad de Boston que, empujados por el espíritu belicista y triunfalista de la época, deciden alistarse. La elección de que sean estudiantes no es menor. La universidad, en los sesenta, era uno de los grandes escenarios de la conciencia crítica, pero también podía ser un lugar donde los discursos dominantes todavía seducían a los jóvenes con promesas de heroicidad. 1 Aquí entra uno de los grandes temas de la novela: la deserción. Desde los códigos militares, desertar suele entenderse como una falta, una traición, una cobardía. Pero la literatura tiene la capacidad de complicar las palabras. ¿Qué ocurre cuando desertar no significa huir del deber, sino escapar de una maquinaria criminal? ¿Qué ocurre cuando el verdadero valor no consiste en obedecer, sino en decir “no”?

Ese dilema vincula Kate no olvida con una tradición antibelicista muy fértil: Johnny cogió su fusil, de Dalton Trumbo; Matadero cinco, de Kurt Vonnegut; Trampa 22, de Joseph Heller; o, ya en el territorio específico de Vietnam, Las cosas que llevaban los hombres que lucharon, de Tim O’Brien. En todas ellas, la guerra no aparece como una aventura heroica, sino como una máquina de triturar cuerpos, lenguaje e inocencia.

Desde esa perspectiva, Kate no olvida entra en una tradición muy concreta: la de las obras que se niegan a aceptar la versión administrada de la guerra. La novela no mira Vietnam como una postal histórica, sino como una fractura moral. Kate no olvida porque sabe, o intuye, que el poder necesita espectáculo, pero también necesita amnesia. Primero convierte la guerra en relato; después espera que el tiempo borre las manchas.

También el cine encontró en Vietnam una especie de infierno moderno. Apocalypse Now llevó la guerra al territorio de la pesadilla; Platoon la mostró desde dentro de la fractura moral del soldado; Nacido el cuatro de julio convirtió el regreso del veterano en una segunda guerra, más silenciosa, más íntima, quizá más cruel, porque se libra contra el propio cuerpo y contra el relato oficial de la patria.

Todas esas obras coinciden en algo esencial: la guerra no termina cuando cesan los disparos. Continúa en la memoria, en los sueños, en el modo en que alguien se sienta de espaldas a una puerta, en una carta doblada, en un olor, en una palabra que no se puede pronunciar. Continúa también en el amor, cuando el amor intenta crecer en un terreno lleno de minas.

Por eso Kate no olvida no es solo una novela sobre Vietnam, sino una novela sobre lo que Vietnam deja detrás. Y toda buena novela sobre la guerra necesita una mirada que no se deje domesticar. Porque la guerra, antes de matar cuerpos, mata el lenguaje. Llama “daños colaterales” a los muertos civiles; “operación” a la destrucción; “intervención” a la invasión; “pacificación” al fuego. Kate, en ese sentido, no solo investiga una guerra. Investiga una mentira. Y al hacerlo se convierte en heredera de una tradición de personajes que comprenden que recordar es una forma de justicia.

Su memoria no es nostalgia. No es un álbum. Es una trinchera moral. Otro elemento interesante es que la novela trabaja con flashbacks. Y el flashback no es solo una técnica narrativa: en una historia marcada por el trauma, es casi una ley interior. La memoria traumática no avanza en línea recta. Regresa, irrumpe, asalta. La persona herida no recuerda cuando quiere, sino cuando puede. O cuando el pasado decide volver a llamar a la puerta. El título vuelve entonces con más fuerza: Kate no olvida. No olvida porque alguien tiene que recordar. No olvida porque los muertos no pueden declarar. No olvida porque la guerra siempre confía en el cansancio de los vivos. Confía en que, con el tiempo, dejemos de preguntar.

Y ahí la novela adquiere una actualidad evidente. Vivimos de nuevo en una época donde la guerra vuelve a ocupar titulares, pantallas, presupuestos y discursos. Se habla de enemigos, bloques, amenazas, armamento, fronteras, estrategias. Pero la literatura viene a recordarnos que detrás de toda geopolítica hay cuerpos. Detrás de todo mapa hay alguien que tiembla. Detrás de toda bandera hay una sombra humana proyectada sobre la pared.

El autor parece abordar este material desde una conciencia clara del lenguaje, y eso importa mucho. Una novela antibelicista no necesita gritar todo el tiempo. A veces basta con colocar bien una imagen, sostener un silencio, dejar que una escena respire. El horror, cuando está bien narrado, no necesita trompetas. Le basta una silla vacía.

La pregunta que deja Kate no olvida es más amplia que Vietnam. Es una pregunta sobre nosotros. Sobre la enfermedad humana del poder. ¿Qué impulso lleva una y otra vez a los hombres a convertir el mundo en botín? ¿Qué fiebre empuja a un gobierno, a un imperio, a una facción o a un caudillo a creer que puede salvar algo destruyéndolo primero? Después de Auschwitz, después de Hiroshima, después de Vietnam, después de tantos nombres que no caben en una sola frase, la humanidad pareció acordar que no volvería a suceder. Pero esa promesa, repetida como un juramento solemne, ha sido violada demasiadas veces.

“No volverá a suceder” debería ser una frontera moral. Sin embargo, a menudo se convierte en una frase ceremonial, pronunciada en aniversarios, grabada en monumentos, depositada como una corona de flores, mientras en otro lugar ya se prepara la próxima devastación. La barbarie moderna no siempre llega con rostro bárbaro. A veces llega con lenguaje técnico, con mapas, con informes, con ruedas de prensa, con palabras higiénicas. No dice “vamos a matar”; dice “vamos a intervenir”. No dice “vamos a destruir una ciudad”; dice “vamos a neutralizar objetivos”. No dice “vamos a borrar una vida”; dice “daños colaterales”; No dice “masacre”; dice “operación especial”; No dice “tierra quemada”; sigue diciendo “operación especial.”

Ahí el arte y la literatura cumplen una función irrenunciable. Devuelven cuerpo a las cifras, rostro a los muertos, culpa a las decisiones. Nos obligan a mirar allí donde la comodidad preferiría cerrar los ojos. Porque olvidar sería dejar que la maquinaria gane dos veces: primero destruyendo los cuerpos; después borrando su memoria.

Quizá esa sea la gran lección antibelicista de la novela: frente a la enfermedad del poder —esa fiebre antigua de poseer, invadir, dominar, añadir un metro más de tierra al mapa mientras se pierde un kilómetro de alma— solo queda una resistencia primera, humilde y enorme: recordar. Kate no olvida porque la paz no empieza solo cuando callan las armas, sino cuando una conciencia se niega a llamar necesario a lo intolerable.

GABRIEL TORRES CHALK

Poeta, pintor

y doctor en Filología

Redacción

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