Con las entradas agotadas, el pasado día 2 se estrenó, en el prestigioso espacio granadino del “Corral del Carbón”, Historias bajo la arena, certero y brillante espectáculo del dramaturgo José Moreno Arenas. Programada en “Teatro en el Corpus”, la puesta en escena, bajo la dirección de Rafael Ruiz Álvarez, estuvo a cargo de la Compañía Toucher, en coproducción con Karma Teatro).
Antes de iniciarse la representación, el propio autor subió al escenario para proporcionar una serie de pinceladas y aclaraciones sobre las acciones escénicas que vendrían a continuación. Tal apunte resulta menos innecesario de lo que pudiera parecer, pues parte del público, con seguridad, no (re)conocería a todos los protagonistas o estaría menos avisado sobre ellos, lo cual dificultaría la intelección de la propuesta.
Historias bajo la arena (clara alusión lorquiana, vinculada a sus comedias imposibles, esencial en el imaginario creativo de Moreno Arenas, como queda explicitado en El inframundo y, sobre todo, en Federico, en carne viva) se compone por dos piezas breves, con temáticas, personajes, épocas y circunstancias diferentes entre sí, unidas por el compartido sentido y contenido metateatrales.

El espectáculo se inicia con El monigote, pieza breve que ya desde el título apunta al propio Lorca. En la acción se produce un enfrentamiento entre dos personajes de muy distinta índole, ambos integrados en el universo lorquiano: uno histórico real, Agustina González López, mujer muy culta y vital, a la que tildaron de loca. Esta mujer y su obra, a la que hoy definiríamos como multidisciplinar, fue eliminada de todo lugar en que se pudo, tras ser represaliada por el franquismo. Agustina, próxima a García Lorca, fue, además, la fuente de inspiración que el poeta utilizó para su personaje principal en La zapatera prodigiosa y para Amelia, la amable tercera hija de la protagonista de La casa de Bernarda Alba… Y esta Amelia resulta ser el personaje que, en su oposición, y en desdoblamiento ficcional, completa la propuesta. La confrontación (tras una intensa evolución desde “La zapatera” hasta llegar a ser Agustina) entre ambas plantea la dualidad dicotómica de ópticas, respecto a sus posicionamientos existenciales y estéticos, en una ágil trasposición de las concepciones dramatúrgicas de Lorca —cuya sombra pulula por escena—, que coinciden con las del propio Moreno Arenas. La conciliación entre ambas no podrá evitar el desolador desenlace.

Le sigue El purgatorio, segunda y última pieza que conforma la función, ámbito —el del título— atemporal en el cual William Shakespeare y Christopher Marlowe conversan sobre la autenticidad de sus respectivas identidades y autoría de sus obras, junto a otras cuestiones relacionadas con el teatro o la existencia. Las argumentaciones que esgrimen no ocultan un fondo, una vez más de reflexión metateatral que se extiende hasta nuestro presente. La disputa dialéctica entre los mayores dramaturgos isabelinos, simultánea a un combate ajedrecístico en el que rivalizan, se solventa mediante la intervención de Pedro Calderón de la Barca.
La dirección escénica —así como la iluminación— recae en Rafael Ruiz Álvarez, brillante, eficaz y más que notable. La exuberancia emocional se enfrenta a la austeridad y la sobriedad en las dos protagonistas de El monigote, tanto en expresividad y comportamientos como en indumentarias y movimiento sobre tablas, en perfecto maridaje, en cada caso, con la realidad del personaje. Y de ahí pasa, de forma natural y fluida, a la concisión y cierto estatismo (obligado por la actividad ajedrecística) que ofrecen los dos genios británicos en ese limbo en que transcurre El purgatorio. El sentimiento llevado a extremos se combina con discurso intelectual puro, casi desprovisto de oropeles, en este ejercicio complejo, resuelto, en mi opinión, de forma ejemplar.
Los distintos actores y actrices que dotan de cuerpo, voz y alma a los diferentes personajes cumplen con creces, y más, su cometido. Irene Aguilera interpreta con un derroche emocional y de energía inusuales a Agustina (“La zapatera” en el texto), desde el soliloquio del principio hasta el terrible final, que se verifican como la evolución de la protagonista. Y, en medio, su careo con su, en cierto modo, alter ego, Amelia, encarnada por Beatriz Morales en un esfuerzo magnífico de contención. Ambas muy acertadas con sendas magníficas resoluciones a sus roles y circunstancias ficcionales. Y lo propio podría aducirse a propósito de Ilde Gutiérrez (un William muy fresco, resuelto, divertido y con un donaire que se gana al público desde el momento de su aparición) y Segundo Garrido —oponente, a la par que amigo del anterior, en un equilibrado lance actoral, en que defiende con habilidad y destreza al Christopher que personifica—. Aún hay un actor más, Francisco de Paula Muñoz (don Pedro Calderón), pero una indisposición le impidió estar en el escenario. Sus intervenciones, grabadas, se proyectan en pantalla en foro, con majestuosas y muy correctas voz y dicción.
A lo largo del montaje se suceden algunos momentos en que se incluyen fragmentos de vídeo con elementos audiovisuales (imágenes, evocaciones, sonidos, músicas…), realizados y editados por Juan Molina, que funcionan bien, acompañan y enriquecen el conjunto, como la música de Mariano Lozano-P y las certeras aportaciones en vestuario de Marina Álvarez, para completar, en colmo sentido, la propuesta escénica total que es Historias bajo la arena, un espectáculo muy recomendable y digno de atención.
Espectáculo: Historias bajo la arena
Autor: José Moreno Arenas
Compañía: Toucher
Dirección, iluminación y dramaturgia: Rafael Ruiz Álvarez
Interpretación El monigote: Irene Aguilera y Beatriz Morales
Interpretación El purgatorio: Segundo Garrido e Ilde Gutiérrez
Realización y producción de imágenes: Juan Molina
Música original: Mariano Lozano-P
Escenografía y vestuario: Marina Álvarez
Producción: Karma Teatro y Cía. Toucher
Lugar: Corral del Carbón (Granada)
Fecha: 2 de junio de 2026
Adelardo Méndez Moya
Escritor y Dramaturgo





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