La carrera del Darro y la Gran Vía de Granada durante el confinamiento :: JRS

Todo cambió… y lo olvidamos demasiado pronto

Hubo un tiempo en que el mundo se detuvo.

No fue una metáfora. Las ciudades enmudecieron, los aviones dejaron de cruzar el cielo, las plazas quedaron vacías y las puertas de nuestras casas se convirtieron en la frontera entre el miedo y la esperanza. Bastó un virus invisible para derribar todas las certezas que creíamos inquebrantables.

Recuerdo aquellos primeros días del confinamiento. Yo también hacía planes imposibles. Me preguntaba qué sería de las clases del Aula Permanente, del Concurso de Pintura de ALUMA, del encuentro de sedes del APFA en Ceuta, de las Jornadas Interuniversitarias de Salzburgo, del viaje de fin de curso a Turquía, de la tertulia literaria de los martes, de la comida de fin de curso o del crucero por el Volga. Al poco tiempo comprendí que ninguna de aquellas preguntas tenía importancia. Solo deseaba despertar una mañana y descubrir que todo había sido una pesadilla. Solo quería que dejaran de aumentar los contagios, que no muriera nadie más, que pudiéramos volver a caminar por la calle sin miedo a respirar el mismo aire que otra persona.

Entonces aprendimos, o al menos eso creímos, el verdadero valor de las cosas sencillas.

Añorábamos una conversación frente a un café, una cerveza en la terraza de un bar, las clases en el Espacio V Centenario, los pasillos llenos de voces, el bullicio de Granada, el abrazo de un amigo, la mano de una pareja entrelazada mientras paseaba por la Gran Vía. Hasta el ruido del tráfico nos parecía un signo de vida. Nunca olvidaré el silencio de aquellos días. Salía al balcón y contemplaba una ciudad desierta. Los pájaros cantaban donde antes solo se escuchaban motores. Era un silencio hermoso y aterrador al mismo tiempo, como si el mundo hubiera contenido la respiración.

También hubo espacio para descubrir otras cosas. El confinamiento nos obligó a convivir sin prisas, a mirar de verdad a quienes compartían nuestro hogar. Yo tuve la inmensa fortuna de vivir aquel tiempo junto a la mujer con la que llevaba más de medio siglo caminando por la vida. En medio del miedo encontré un refugio en su compañía.

Aprendimos a comunicarnos de otra manera. Las videollamadas sustituyeron los abrazos. La tecnología, tantas veces ignorada por quienes pertenecemos a generaciones anteriores, nos permitió seguir sintiéndonos cerca de quienes estaban lejos. Nos convencimos de que, cuando todo terminara, seríamos una sociedad distinta. Lo repetíamos constantemente. «Nada volverá a ser igual.» Qué convencidos estábamos.

Pensábamos que saldríamos mejores. Más humildes. Más solidarios. Más conscientes de nuestra fragilidad. Creíamos que valoraríamos para siempre la sanidad pública, a quienes nos cuidaron, a quienes mantuvieron abiertos los supermercados, a los transportistas, a todos los que sostuvieron el país mientras nosotros permanecíamos encerrados. Imaginábamos una humanidad capaz de recordar aquella lección durante generaciones.

La Gran Vía de Granada y la Carrera del Darro durante el confinamiento :: JRS

Nos equivocamos.

La pandemia pasó. Las calles recuperaron su bullicio, las terrazas volvieron a llenarse y los bares rebosaron como si celebrar la vida fuera suficiente para borrar la memoria. Y, poco a poco, el recuerdo del sufrimiento quedó arrinconado en algún lugar de nuestra conciencia.

Y hay algo que siempre me provoca una sonrisa amarga. De la pandemia apenas conservamos las lecciones que prometimos aprender, pero sí hemos heredado algunas de sus costumbres más incómodas. Antes bastaba una llamada o, simplemente, aparecer por un bar para compartir unas cervezas con los amigos. Hoy, en muchos sitios, hay que pedir cita o reservar mesa con días de antelación, como si la espontaneidad también hubiera quedado confinada. Resulta paradójico: olvidamos demasiado pronto el valor de la solidaridad, de la empatía y del respeto por la vida, pero hemos mantenido algunos hábitos nacidos del miedo. La pandemia pasó; las citas previas, en muchos casos, se quedaron.

Y hoy vuelven a sonar las bombas en la tierra. Ucrania sigue desangrándose. Oriente Próximo continúa consumido por la guerra y el horror; Gaza se ha convertido para muchos en el símbolo insoportable del fracaso de la humanidad. Las guerras en África, continúan, Irán vuelve a ocupar titulares por nuevos enfrentamientos y amenazas. Miles de personas siguen huyendo del hambre, de la guerra o de la persecución para encontrarse con fronteras cerradas y discursos de odio. Las mujeres continúan siendo víctimas de una violencia que parece no tener fin.

La pandemia nos enseñó que todos éramos vulnerables, que compartíamos el mismo miedo y el mismo destino. Sin embargo, apenas unos años después hemos vuelto a dividir el mundo entre los nuestros y los otros, entre quienes merecen compasión y quienes parecen condenados al olvido. Quizá la mayor tragedia no fue solo aquella enfermedad. Quizá la verdadera tragedia haya sido nuestra capacidad para olvidar.

Olvidamos demasiado deprisa los hospitales desbordados, los aplausos desde los balcones, las despedidas sin abrazos, las mascarillas, el silencio de las ciudades vacías y la angustia de quienes no sabían si volverían a ver a sus seres queridos. Decíamos que saldríamos mejores. No ha sido así.

Seguimos acumulando guerras, sembrando odio, levantando muros, despreciando al diferente y tolerando la injusticia con una facilidad que asusta. Hemos recuperado la normalidad, sí, pero también muchas de nuestras peores costumbres.

A veces pienso que la humanidad posee una extraordinaria capacidad para sobrevivir y una lamentable facilidad para no aprender.

Y, sin embargo, me resisto a perder la esperanza. Porque recuerdo aquellos días en que millones de personas comprendimos que un gesto tan sencillo como cuidar del vecino podía salvar vidas. Sé que esa humanidad existe, porque la vi.

Ojalá no tengamos que esperar otra tragedia para volver a encontrarla.

Julio 2026

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Pepe R. Sánchez

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Comentarios

4 respuestas a «Todo cambió… y lo olvidamos demasiado pronto»

  1. Rafael Reche

    Magnífico escrito. Una panorámica real de lo que fue la pandemia y de lo fácil que es olvidar. Sin embargo pienso que algo quedó en el subconsciente. la fragilidad del ser humano, la fugacidad de la vida, y de vivir el instante. El mundo se ha vuelto consumista y egoísta.
    Enhorabuena

  2. Carmen Mije Burguillo

    Que buen articulo. Y llevas razón tenemos un memoria muy debil

  3. Melhor é impossível.

  4. Ulises Joyce

    Excelente escritor que sabe contar las verdaderas contraindicaciones, tan trágicas de la inhumanidad que habita en este pobre y desolado Planeta. En aquellos tiempos fue un virus invisible ahora son incendios más feroces que cualquier guerra irracional que tantos maleficios genera.

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