Conocí a Bonifacio Sola García junto al Puente de Hierro de Galera, donde estuvimos hablando sobre su relato El Portacho. Memorias de un barrio, que publicó en el verano de 2004.
Este puente, me confesó, es como un símbolo para los galerotes: aquí venimos a pasear los domingos igual que hacían nuestros abuelos, y aquí, junto al río, la mayoría de nosotros nos pusimos novios. En el garaje de su casa, Boni me enseñó toda clase de utensilios y cachivaches, colocados pulcramente en la pared –desde un trillo a una romana o una alcuza-, con los que quiere montar un museo. Estas herramientas, con las que nuestros padres y abuelos se ganaban la vida, hoy ya no sirven para nada y han pasado a formar parte de la Prehistoria, me dice un tanto apesadumbrado.
También me explica que El Portacho es un barrio que se encuentra en la parte alta del pueblo, donde había una puerta o portacho, que dividía el sector cristiano de los moriscos, antes de su expulsión de España en el siglo XVII. La novela refleja la vida del pueblo en los años cincuenta y sesenta, donde Boni va narrando su infancia mientras se recrea en las anécdotas de algunos vecinos. Es la crónica fiel de la España oscura donde la miseria, el estraperlo y las cartillas de racionamiento parecían hijos de la misma madre.

Mientras leía la novela, tuve la impresión de que estaba reviviendo mi infancia. La historia arranca en 1952: Los braceros tenían la costumbre de bajar a la puerta de Marcelo y, con un poco de suerte (el mayoral los iba señalando con el dedo), podían echar un jornal. De lo contrario, tenían que tirarse al monte a coger esparto. También escribe sus primeros recuerdos, cuando todavía andaba a gatas: Manolo siempre estaba cosiendo suelas de alpargatas y yo empezaba a enredarle el manojo de cordeles, hasta que acababa volcándole las suelas. Ahí sí que ya no toleraba… y, además, decía que le estaba haciendo ‘sombraluces’. A continuación cuenta que, cuando estaba arrimado a la lumbre en la cueva de mi abuela, ésta me preguntaba: ‘¿Quieres tomate y pan?’ Y luego era pan y magra.
Como vivían en el barrio alto de Galera, para cualquier cosa tenían que asomarse al puntal. Antes, para saber la hora, teníamos que bajar a la puerta del ‘tío Pío’, pues desde allí se veía el reloj de la torre de la Iglesia. A los seis años fue a la escuela y recuerda que por las mañanas el maestro repartía un vaso de leche en polvo, americana y de sabor dulzón, y un poco de queso. La primera cartilla que me compraron se llamaba ‘Manín’, así como una pizarra pequeña. Y cada mes nos ponían una película de ‘El gordo y el flaco’ o de ‘Fray Escoba’. Más tarde, para calentarnos, sacamos la técnica de bajarnos una lata de sardinas redonda con unas ascuas, que llevaba un alambre para cogerla y no quemarte. En cuanto a los juegos, dice que había infinidad de ellos: las perinolas, las bolas, salva la cadena, la dopi, el caliche y un montón más.
Sin embargo, señala que en aquella época la gente iba vestida con colores oscuros y los hombres llevaban aquellos pantalones de pana que zurrían al andar…, todos iban con su gorra o una boina. Las mujeres, en cambio, iban con muchos refajos y, casi todas ellas, llevaban un pañuelo en la cabeza. En otro párrafo cuenta las bromas que algunos mayores gastaban a los zagales: Te cogían la cabeza con las dos manos, a la altura de las orejas, y te decían: ‘Oye, chaval, ¿tú quieres ver a Dios comiendo gachas? Entonces te empezaban a restregar las manos, que las tenían encallecidas, y cuando te soltaban no sólo veías a Dios sino también al Espíritu Santo. Las gachas y el cuzcuz son platos típicos de la comarca, que se hacen básicamente con harina, y datan del tiempo de los moros.
Más adelante, Boni refiere la anécdota de cuando pusieron una emisora de radio en Huéscar. El ‘tío Pelele’, que era el encargado de hacer los ‘mandaos’, iba y venía en su bicicleta que tenía dos portaequipajes. También se encargaba de llevar los discos que la gente solicitaba y, todos los días, a las tres y media de la tarde, estábamos pendientes para oir a quienes se los dedicaban. La locutora, con esa voz melosa, decía: ‘Para la chica más simpática, le dedicamos esta canción que lleva por título… Esperando que sea muy feliz en su cumpleaños, se lo desea con el cariño de quien ella sabe’.

De su padre dice que, cuando vino de trabajar de Asturias, compró una fanega de tierra que tenía once paratos, en los que consiguió sembrar unos arroyos de ‘papas’, en algo que era de su propiedad. De su abuela ha dejado escrito que, cuando murió, nos tocó de herencia una parte de la cueva, tres sillas grandes, dos sillas chicas, una mecedora y un baúl. Siempre me quedó un buen recuerdo de ella. Luego relata las fatigas que pasaban los segadores. En el verano se marchaban andando por la parte de Lorca y del campo de Cartagena.
Era costumbre que uno de la cuadrilla tenía una caracola y, soplándola, emitía un sonido fuerte, encargándose de llamar y despertar a los demás. Cuenta, con cierta nostalgia, que antes todo el pueblo te invitaba a lo poco que tenía. Llegando diciembre, todos hacían ‘mistela’ y luego venían los rosquillos para la Pascua, pues eran tiempos que se vivían con mucha ilusión.
Finalmente, recuerda el caso de aquel singular vecino que, cuando se achispaba, le daba por sacar el burro de la cuadra diciendo que tenía que entrarlo de culo. La mujer le seguía la corriente e incluso le ayudaba, pues de lo contrario se ponía hecho una fiera. Al otro día el labriego ya no se acordaba de nada.
La vida entonces, en Galera, discurría apaciblemente, junto al noble río Castilléjar que pasa lamiendo sus campos y bajo la estirada sombra del Cerro de Los Capones.






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