El sol dibujaba ya arabescos de luz sobre los tejados y las bardas de los corrales. El patio de la casa permanecía aún en sombra, en una sombra tibia que era un resto de la noche pasada. Piaban los pájaros: era una melodía que se componía de notas desiguales. El patio era de reducidas dimensiones; estaba delimitado, por un lado, por las paredes de las cámaras con sus ventanas de rejas oxidadas y, por otro, por una tapia alta; comunicaba con el corral a través de un pasillo empedrado que dividía el jardín en dos mitades, en dos espacios pequeños en los que crecían rosales y matas de albahaca y de hierbabuena; a lo largo de la tapia había un arriate sembrado de geranios. Se aspiraban en el patio en gran parte del año embriagadores aromas que serenaban el ánimo.
En las mañanas del verano, antes de que el sol lo inundara todo con su luz insomne, era cautivador el encanto que se sentía allí, en un rincón que parecía aislado del mundo, en el que la vida discurría plácidamente, sin los accidentes a los que normalmente está expuesta. El piso era de losetas de barro, muy gastadas ya por el roce de las pisadas y por el transcurso del tiempo. De niño, pasaba un buen rato tirado en el suelo enlosado, jugando con pequeñas figuras de plástico, con las cuales inventaba trepidantes historias de aventuras por territorios fabulosos. El juego provocaba en mí una aguda emoción: con gran ardor vivía las peripecias de los héroes de aquellas historias, representados por las figuras de plástico que desplazaba con manos temblorosas por el piso del patio. Las aventuras a veces se desarrollaban también por los dos espacios de jardín, donde los héroes se internaban en los bosques que eran para mí las matas de albahaca y de hierbabuena. Era un tiempo anterior al miedo, a los sobresaltos que depara la estancia en el mundo.
En aquel reino secreto no había lugar para el desasosiego; el alma no se sentía invadida por sentimientos impuros, por deseos deshonestos. Triunfaba un ansia insaciable por solazarse, por seguir los caminos que abría la fantasía. El azul de cielo, en lo alto, era un lienzo inmaculado, sin ningún garabato de nube. Al patio llegaban vagos rumores del interior de la casa, del corral en el que faenaban los hombres. De vez en cuando sonaba el ladrido de algún perro o el maullido inquieto de algún gato. Con las rodillas sucias de polvo y de tierra, continuaba inmerso en aquellas aventuras. La vida se me ofrecía como un sueño plácido. La luz del sol se iba extendiendo cada vez por más sitios. El verano de la infancia tenía algo de magia; cuando lo evoco ahora, al cabo de los años, me doy cuenta de ello.
Eran momentos dulces los que vivía en las mañanas de verano en aquel patio estrecho de la casa, por el que se accedía al corral a través de un pasillo de guijos empedrados. De pronto soplaba un airecillo tierno que se quedaba aleteando un instante entre las ramas más altas de los rosales. Era feliz sin saberlo; la felicidad es siempre un estado pasajero que deja en la memoria una estela de amables recuerdos. Quizá la felicidad terrena solo sea un reflejo de la que aguarda en el cielo. El ser humano está destinado a experimentar un deleite que no se agota, porque es Dios quien lo procura y le da plenitud; por eso no deja de buscarlo sobre la tierra y de experimentarlo en instantes que se terminan, sustituidos por otros en los que los afanes mundanos lo asfixian y arruinan. La dicha no es algo que se aprehenda, como un bien material que se posee y que se guarda, aunque después su brillo y su valor también desfallezcan.
En aquel patio de la infancia, cercado de paredes alabeadas y de una alta tapia, yo fui dichoso jugando, dando rienda suelta a una imaginación desbordante. Probablemente no haya sido nunca tan feliz como entonces, en aquellas mañanas de verano en las que el sol a una hora temprana dibujaba gráciles arabescos de luz sobre los tejados y las bardas de los corrales.





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