¡Ya está bien! –lo mantengo y lo mantendré en todos los ámbitos–. Nunca fue tan fácil parecer “comprometido” sin decir absolutamente nada. Vivimos rodeados de frases que suenan profundas, pero que en realidad no pasan de ser obviedades revestidas de solemnidad. “Hay que cuidar el planeta”, “la educación es fundamental”, “todos merecemos respeto”. ¿De verdad hacía falta decirlo? ¿O más bien necesitamos repetirlo porque hemos dejado de tomárnoslo en serio?
El problema no es que estas afirmaciones sean falsas; todo lo contrario, son verdades elementales a las que su repetición constante las vacía de contenido –como si descargásemos de líquido nuestra imprescindible brújula de navegar–. Decir que “la salud es lo primero”, mientras se ignoran las desigualdades en el acceso a la sanidad, no es compromiso, es maquillaje. Proclamar que “la educación es clave”, sin cuestionar sus carencias estructurales, es poco más que ruido bienintencionado.
Lo más inquietante es que estas obviedades actúan como cortina de humo. Simplifican debates complejos hasta volverlos irreconocibles… Convertimos problemas llenos de matices en eslóganes cómodos, y así evitamos el conflicto, la incomodidad y la responsabilidad. Porque pensar –de verdad– implica elegir, y elegir implica asumir costes. Repetir lo evidente, en cambio, sale gratis.
Y, sin embargo, seguimos bailando el trompo. Tal vez porque, en una sociedad saturada de información, la claridad se confunde con la superficialidad. O porque necesitamos reafirmar constantemente valores que, en la práctica, incumplimos a diario. Las perogrulladas no son sólo una forma de hablar: son un síntoma. Revelan una cultura que prefiere parecer consciente antes que serlo.
Quizá el verdadero acto “agitador” hoy no sea repetir lo obvio, sino dejar de hacerlo. O mejor aún: empezar a preguntarnos qué significa realmente cada una de esas frases que tanto nos gusta compartir. Porque mientras sigamos refugiándonos en lo evidente, seguiremos evitando lo importante.





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