Salvador Fernández-Vivancos Fernández: «La rueda de molino (1/7)»

PRIMERA JORNADA

El hombre aparcó donde siempre y bajó por los escalones esculpidos en la tierra con cuidado de no resbalarse otra vez.

Fue tropezando con tocones pero llegó a las escaleras de cemento.

Y ya frente a la cancela que ponía 1868, abrió el candado, accedió a la terraza y se sentó en la rueda de molino.

Un nuevo sol y el silencio le envolvieron.

Se cambió de ropa tras abrir una ventana y sacó la desbrozadora que el año antes había adquirido. Una eléctrica que estaba de oferta y hacia menos ruidos que las de gasolina.

Venía observando que había muchos menos insectos que él recordaba cuando era niño. Así que una lagartija o un abejorro le llamaban la atención por su ausencia. Y eso que ni él ni su padre jamás usaron químicas para las hierbas.

En 1848, si mal no recordaba Thoreau se fue a los bosques de Concord (Massachusetts), durante dos años, dos meses y dos días porque quería vivir de forma independiente. Saber si era capaz de mantenerse con lo que la naturaleza le ofrecía. Estos pensamientos le venían de vez en cuando al hombre de la desbrozadora.

En la parata tercera, la hierba estaba aplastada en círculo. Parece que un jabalí había estado por allí.¡ Afortunadamente ahora no estaba!

Por esa zona, cerca del laurel grande, vió una culebra que se le quedó mirando. Desde la terraza, como una bruma se ve avanzando la ciudad.

El vecino que está por debajo, usa una azada antigua. Por eso su sonido como el eco de un martillo es cadencioso y tonal. Sin prisa.

El año seiscientos uno, el día primero del mes primero, se secó el agua en la tierra” Génesis 8-6

En octubre del año anterior una tormenta le sorprendió y tuvo que guarecerse en la habitación por la que accedía a la casa. La lluvia limpiaba y traía aromas casi olvidados y decidió que tendría que cubrir con plás-ticos los ventanales por los que se colaba el agua.

Juanito, el vecino que linda con las escalera de cemento hace ya años que plantó olivos en su terreno. Su tierra se besa con una acequia que entubaron hace decenios. Así se ahorraba agua, pensarían. El caso es que ya no hay obligación de limpiar los cauces porque no los hay y así también se pierden los caminos con la broza. Cuando el agua pasaba al descubierto, creaba vida.

INDICE

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Salvador Fernández-Vivancos Fernández

Licenciado en Derecho

exfuncionario de Justicia

y abogado

Redacción

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Comentarios

2 respuestas a «Salvador Fernández-Vivancos Fernández: «La rueda de molino (1/7)»»

  1. Antonio Arenas
    Antonio Arenas

    De parte de Tomás Moreno: «Un escritor muy original e interesante. Escribe con estilo y conocimiento y todo lo que dice refleja sabiduría y larga práctica literaria»

  2. Muchas gracias Tomás. Te leo siempre a ti con interés.

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