El relato del domingo, por Pedro Ruiz-Cabello (97): La herencia

Su madre y su tía siempre le habían hablado del padre con veneración: lo presentaban como un hombre trabajador y honesto, por lo que en su imaginación Daniel se lo figuraba cumpliendo con su trabajo de albañil de forma rigurosa, con un sentido de la responsabilidad innato. Había muerto cuando él tenía solo dos años de edad, así que era imposible que lo recordara; aunque le hubiera gustado, tenía que conformarse con lo que le contaban su madre y su tía, muchas veces agrandado por la idealización con que se evoca a un ser ausente. En las fotografías que de él se habían conservado, aparecía con un semblante serio, quizá con un rictus de preocupación en sus labios contraídos. Daniel las había observado en muchas ocasiones, tratando de inferir qué pensaría o qué sentiría a partir de los rasgos que veía en ellas; examinándolas, llegaba por momentos a la conclusión de que su padre sabía que la vida era dura y que encerraba muchos peligros; quizá intuía que tenía un fondo trágico, ante el que había de estar prevenido. Debía de ser prudente, un hombre cabal donde los hubiera, servicial y amable con sus compañeros; hubiera querido, ciertamente, parecerse a él, tener sus mismas condiciones; desde pequeño, desde que tuvo uso de razón, le había atraído su figura, había deseado con todo su corazón contar con su presencia para sentirse seguro, para seguir sus consejos. Era una falta que lo había marcado notablemente, hasta un extremo que casi creía insoportable.

Su madre trabajaba en un supermercado. Con su sueldo y con el de la tía, que estaba soltera y que ejercía de cocinera en un restaurante, tenían en la casa más que suficiente para vivir. Daniel, en realidad, nunca había echado nada de menos, sobre todo desde que su tía comenzó a trabajar. Tal desahogo económico era muy valorado por él, pues corrían entonces malos tiempos y había familias que estaban pasando muchos apuros.

Aquella vida fácil no le impedía, sin embargo, añorar a su padre. El sentimiento de soledad o tal vez de abandono parecía estar grabado muy hondo en su conciencia: con frecuencia resurgía, con una fuerza que resultaba muy difícil de sobrellevar. Él siempre se acordaba del periodo, ya muy lejano, en el que su madre tuvo novio: comenzó a salir con un hombre que había conocido en el trabajo y con el cual parecía tener intenciones de volver a casarse. Daniel lo pasó muy mal: se volvió más inseguro y vulnerable, tuvo miedo de que lo abandonaran todos y de que se quedara solo en el mundo; la tristeza, como una lacra, anuló todas sus ganas de vivir. Fue, verdaderamente, un tiempo amargo, que duró hasta que su madre, por motivos que él nunca supo, decidió cortar con el novio.

Cuando más se acordaba del padre era cuando tenía problemas. En los estudios no le iba demasiado bien: pasaba por etapas de crisis, en las que no le encontraba sentido a lo que hacía. Se sentía desmoralizado, sin ánimo para estudiar. No disponía del amor propio o de la fuerza de voluntad que impulsaban a otros. Había instantes en que no le importaba que sus notas bajasen o que incluso suspendiese algunas asignaturas. Si no tenía al padre, todo carecía de valor: el esfuerzo que hacía por superarse o por recuperar lo que hubiese suspendido no había de tener recompensa si él no estaba. Era una ausencia que le resultaba muy dolorosa. La presencia de la madre le servía solo de consuelo, de un consuelo momentáneo.

Aquellas crisis habían ocasionado que no fuera un alumno brillante; era, por el contrario, de los más rezagados, de los que siempre tenían dificultades para aprobar. Su madre se reunía a menudo con los profesores, con quienes se entrevistaba con el fin de que mejorara su rendimiento. Daniel estaba convencido de que se preocupaba por él y de que hacía todo lo posible para que progresase. Era, sin duda, un deber que tenía como madre y que él agradecía profundamente. Le prometía, después de cada una de aquellas entrevistas, que se esforzaría por estudiar más y por obtener mejores resultados.

Había llegado, no obstante, a una edad en la que no debía descuidarse, pues cualquier relajación podía ser decisiva. Consciente de ello, Daniel sufría en ciertas ocasiones bastante. Necesitaba un incentivo, algún tipo de acicate para no caer en el desánimo. Lo peor que le podía ocurrir era que perdiese el rumbo, que tomase una dirección equivocada, quizá la que le llevase a un callejón sin salida o a una vía por la que no había de ir. Siempre había deseado ser como su padre: si su padre había sido un hombre trabajador y honesto, como le habían dicho su madre y su tía, él también había de serlo, para lo cual era imprescindible que estudiase y que tratase de salir adelante. El camino era estrecho y tortuoso, con tramos muy complicados. Estaba seguro de que su padre, si estuviera con él, no dudaría en acompañarlo, iría a su lado para que no se desanimase.

De pronto, un día tuvo la certeza de que lo continuaba queriendo, por muy alejado que de él en aquellos momentos estuviese. No, no podía dudar de su amor: el amor de un padre siempre está presente, es algo que permanece, algo que resiste al tiempo y que se hace eterno. Su espíritu no lo abandonaría, por lo que ya no habría de sentirse solo, lacerado por una ausencia que se había convertido en un dolor perenne. Estudiar, para él, no sería a partir de entonces enojoso, como lo había sido antes. Aunque la vida estaba llena de obstáculos, él ya tenía fuerzas suficientes para salvarlos, pues sabía que el padre al final estaría aguardándolo. Como premio a su esfuerzo, le daría un fuerte abrazo, compensando así los abrazos que le habían faltado cuando era pequeño.

Pedro Ruiz-Cabello Fernández

Ver todos los artículos de


Comentarios

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *


El periodo de verificación de reCAPTCHA ha caducado. Por favor, recarga la página.

IDEAL En Clase

© CMA Comunicación. Responsable Legal: Corporación de Medios de Andalucía S.A.. C.I.F.: A78865458. Dirección: C/ Huelva 2, Polígono de ASEGRA 18210 Peligros (Granada). Contacto: idealdigital@ideal.es . Tlf: +34 958 809 809. Datos Registrales: Registro Mercantil de Granada, folio 117, tomo 304 general, libro 204, sección 3ª sociedades, inscripción 4