2.4. Filosofía de la técnica
Para acabar este repaso al contenido reflexivo de esta magistral serie televisiva de ciencia ficción, no podíamos dejar de hacer alusión a los elementos que, dentro de aquel, se relacionan con la filosofía de la técnica (la cual es la parte, en el seno de dicha disciplina especulativa, que medita sobre las implicaciones de todo tipo que se derivan de nuestra actividad productiva en el terreno instrumental). A fin de cuentas, la gran paradoja de la humanidad superviviente, que es el gran “protagonista colectivo” de la serie en cuestión, consiste en que su “holocausto” viene provocado por engendros cibernéticos creados por ella que la han superado, a la postre, en conocimiento y perfidia.
De todo lo que se podría comentar al respecto, nosotros únicamente nos ceñiremos a tratar de discernir el significado de la radical decisión que adoptan los dirigentes de la flota estelar cuando aquella arriba, inopinadamente, a su destino final, que no es otro sino nuestro planeta Tierra. En efecto, una vez allí, al percatarse de que tienen ante sí un mundo ubérrimo completamente virgen donde pululan grupos humanos nativos en un estado ínfimo de desarrollo (ya que estábamos en los albores de nuestra prehistoria), optan, no por buscar asentamientos ideales para levantar nuevas ciudades y proseguir en ellas su sofisticada civilización (como propone el ya mencionado Romo Lampkin), sino por renunciar a la misma para llevar una vida primitiva y así unirse, progresivamente, a la población autóctona enriqueciéndola: en ese sentido, la orden de que toda la flota estelar, con la Battlestar Galactica en vanguardia, totalmente evacuada y con el “piloto automático” puesto, por así decirlo, se encamine hacia el Sol con objeto de que se desintegre en las cercanías de nuestro astro rey, resulta altamente simbólica.

El promotor de esa audaz iniciativa, el capitán “Apollo”, convence de ello a su padre, el almirante Adama —sin cuyo respaldo adicional aquella difícilmente hubiera salido adelante—, en los siguientes términos: “Podemos darles1 lo mejor de nosotros mismos. No el bagaje ni las naves ni el equipo ni la tecnología. Si algo deberíamos haber aprendido es que, ya sabes, nuestro cerebro, nuestra ciencia va por delante y nuestras almas se quedan atrás. Volvamos a empezar”. La verdad es que las últimas líneas de esta exposición de motivos entroncan, de nuevo, directamente con el pensamiento del ya citado (1954), afirma: “La técnica sin cordura es la causa de nuestros problemas; si queremos que estos se resuelvan, no se logrará por un mero aumento de la técnica, sino por el incremento de cordura que los tiempos exigen”i. Es decir, los dos coinciden en que el “quid de la cuestión” radica en que se da un retraso del desarrollo moral respecto del desarrollo científico y tecnológico, el cual provoca la disfunción de que los avances propios del último se utilicen, a menudo, para fines indeseables que no están a la altura de la grandeza de lo que se pone en liza de cara a lograrlos. Sin embargo, la diferencia entre uno y otro, en mi opinión, estriba en que, mientras para el venerable filósofo británico hay que luchar para equiparar ambos desarrollos, para el héroe de esta saga televisiva ese desfase resulta insalvable, por lo que la “cordura” consiste en prescindir de ese progreso científico y tecnológico o, como mínimo, en retrotraernos a estadios muy anteriores de aquel, de modo que entonces, al menos, ante una naturaleza humana que permanece esencialmente inalterada, la precariedad técnica reduzca las consecuencias perniciosas de un mal uso de los instrumentos existentesii. Por eso, hay que “volver a empezar”, para romper, definitivamente, con el “fatalismo histórico” al que ya hicimos referencia en su momento.

En realidad, la tajante resolución adoptada por los líderes de la flota estelar se incardina, de cierta manera, en los planteamientos, obviando el componente terrorista de los mismos, de Ted Kaczynski, más conocido por “Unabomber”. En efecto, el célebre autor del manifiesto La sociedad industrial y su futuro (1995) defendía que la Revolución Industrial y el extraordinario desarrollo científico-tecnológico derivado de aquella habían terminado por generar una civilización profundamente deshumanizada, en la que los individuos se hallan crecientemente sometidos a estructuras técnicas cada vez más complejas, impersonales e incontrolables. A su juicio, dicho proceso no solo había traído consigo nuevas formas de alienación y dependencia, sino también la posibilidad de catástrofes de dimensiones inéditas, así como una progresiva desvinculación del ser humano respecto de la naturaleza y de formas de vida más sencillas y autónomas. Por ello, propugnaba una auténtica “vuelta atrás” histórica que implicaba abandonar la sociedad industrial y regresar a comunidades pequeñas y autosuficientes, mucho más cercanas al mundo naturaliii.
Pues bien, aunque los dirigentes de la flota estelar no comparten ni los métodos criminales ni el radicalismo ideológico de Kaczynski, la decisión final que adoptan parece inspirarse, al menos parcialmente, en un diagnóstico semejante del problema civilizatorio contemporáneo. En efecto, después de haber contemplado cómo una humanidad técnicamente deslumbrante terminaba siendo prácticamente exterminada por sus propias creaciones artificiales, concluyen implícitamente que el progreso científico y tecnológico no garantiza, por sí mismo, ni la mejora moral de nuestra especie ni su supervivencia histórica. Antes al contrario, cuanto mayor es el poder instrumental acumulado por una civilización, mayores pueden llegar a ser también las consecuencias destructivas derivadas de los defectos permanentes de la naturaleza humana. De ahí que opten por no reconstruir el sofisticado mundo que han dejado atrás y decidan comenzar de nuevo en condiciones materiales mucho más precarias, persuadidos de que una humanidad técnicamente menos poderosa puede resultar también, precisamente por ello, menos peligrosa para sí misma.

Para finiquitar este punto, conviene reseñar que la trascendental decisióniv que venimos glosando ha resultado la más controvertida entre la numerosa comunidad de seguidores de esta prestigiosa serie televisiva de ciencia ficción. Ciertamente, suele ser tachada de poco “realista” porque las treinta y ocho mil personas, de las cincuenta mil iniciales, que desembarcan, tras una larga y arriesgada odisea espacial, desde la flota estelar al planeta Tierra, sin los medios y beneficios que les proporcionaba su refinada civilización, no hubieran podido sobrevivir en ese nuevo mundo ignoto lleno de peligros por doquier; además, se la califica de “incongruente” dado que tiene un carácter “naif” que contrasta acusadamente con el talante enormemente pragmático que habían demostrado hasta entonces los dirigentes de dicha expedición. Según mi parecer, estas críticas obedecen a una mala inteligencia de las intenciones de los guionistas de aquella que, al incluir esa decisión en el episodio final, pretendieron, simultáneamente, ofrecernos una recomendación y una advertencia: la vuelta hacia formas de vida más sencillas que nos reconcilien más con el entorno tanto natural como social así como con nuestra propia individualidad y la precaución frente a una hipertrofia tecnológica cuyas mayores víctimas podemos ser nosotros mismos, respectivamente. Este sorprendente “giro de guión”, junto a la “esencia” nunca desvelada de Kara Thrace y el clima melancólico que lo impregnav, convierten este capítulo conclusivo en un auténtico “broche de oro” para cerrar una serie, en verdad, memorable.
Más allá de sus planteamientos filosóficos explícitos, la serie incorpora además un amplio entramado de referencias históricas y culturales que contribuyen a aumentar considerablemente su profundidad y riqueza simbólica. Es lo que haremos en adelante: analizar dichas influencias culminando, además, este estudio con una valoración global de la serie y de los principales factores que explican su singular relevancia.
NOTAS FINALES
1 Se está refiriendo a los seres humanos autóctonos del planeta Tierra.
i RUSSELL, Bertrand: Sociedad humana: ética y política, Ediciones Cátedra, Madrid, 1984, p. 221.
ii La diferencia entre la posición de Bertrand Russell y la que parece encarnar aquí Lee Adama (“Apollo”) radica, en el fondo, en el distinto grado de confianza antropológica que ambos depositan en el ser humano. En efecto, Russell todavía participa —aunque críticamente— del optimismo característico de la tradición ilustrada, pues considera posible armonizar el progreso científico-técnico con un paralelo perfeccionamiento moral y político de la humanidad; de ahí que, para él, el problema fundamental no sea la técnica en sí misma, sino el desfase temporal existente entre el inmenso poder instrumental adquirido por nuestra especie y la insuficiente “cordura” con la que esta lo administra. Apollo, por el contrario, parece partir de una visión bastante más pesimista de la condición humana: el desfase entre desarrollo técnico y madurez moral no sería circunstancial ni corregible, sino estructural y prácticamente irresoluble. Por ello, la solución no consistiría tanto en elevar moralmente al hombre, sino en reducir su capacidad de autodestrucción, es decir, en procurar que, ya que no somos “santos”, seamos, al menos, lo más inofensivos posible.
En este punto, los planteamientos implícitos en el personaje de Apollo guardan cierta semejanza con los del filósofo germano-polaco Günther Anders, uno de los más lúcidos pensadores de la técnica durante el siglo XX. Anders —discípulo de Husserl, primer marido de Hannah Arendt y autor de la influyente obra La obsolescencia del hombre (1956)— sostuvo que el desarrollo tecnológico moderno había alcanzado un poder tan desmesurado que la capacidad humana para prever moral e imaginativamente las consecuencias de sus propios actos había quedado dramáticamente rezagada respecto de aquel. Especialmente impresionado por la irrupción de la bomba atómica, Anders consideraba que el hombre contemporáneo padecía una suerte de “desnivel prometeico”, consistente en la incapacidad psicológica y ética para asumir plenamente la magnitud destructiva de los instrumentos que él mismo ha creado. Desde esta perspectiva, el problema central de la civilización tecnológica radicaría en que el ser humano puede producir mucho más de lo que es capaz de controlar responsablemente. Salvando, naturalmente, las enormes distancias entre un ensayo filosófico y una ficción televisiva, la decisión final adoptada por los dirigentes de la flota estelar parece inspirarse, al menos parcialmente, en una intuición semejante.
iii Este fragmento del parágrafo 184 del célebre opúsculo de Kaczynski deja muy claro este posicionamiento: “Para aliviar la presión sobre la Naturaleza no es preciso crear ningún tipo especial de sistema social, solamente es necesario librarse de la sociedad industrial. Es cierto, esto no resolverá todos los problemas. La sociedad industrial ha provocado ya un daño enorme a la Naturaleza y tendrá que pasar por un larguísimo período de tiempo hasta que sus heridas cicatricen (…) Sin embargo, librarse de la sociedad industrial sería ya un gran logro. Aliviaría las peores presiones que sufre la Naturaleza de modo que sus heridas podrían comenzar a sanar. Anularía la capacidad de extender el control sobre las sociedades organizadas en la actualidad. Sea cual sea el tipo de sociedad que exista después de la desaparición del sistema industrial, lo cierto es que la mayoría de la gente vivirá en contacto con la Naturaleza porque, en ausencia de tecnología avanzada, la gente NO PODRÁ vivir de otro modo. Para poder alimentarse deberán ser campesinos, pastores, pescadores, cazadores, etc. Y, por lo general, la autonomía local tenderá a aumentar, ya que la falta de tecnología avanzada y de comunicaciones rápidas limitará la capacidad de los gobiernos o de otras grandes organizaciones para controlar las comunidades locales” (KACZYNSKI, Theodore, La sociedad industrial y su futuro, Freedom Club, Valladolid, 2013, pp. 128-129).

iv Resulta significativo que la propia “Battlestar Galactica”, la nave capitaneada por William Adama y principal escenario de la serie, constituya ya, desde el comienzo de esta, una suerte de anticipación simbólica de la resolución final que terminarán adoptando los supervivientes de la humanidad. En efecto, la “Galactica” era una nave militar tecnológicamente vetusta, próxima incluso a ser convertida en museo, cuya relativa obsolescencia —especialmente el hecho de no hallarse completamente automatizada ni interconectada digitalmente como las naves más modernas— fue precisamente lo que la preservó del devastador ciberataque cylon que aniquiló a la práctica totalidad de la civilización colonial. De algún modo, pues, la serie parece sugerir ya desde sus primeros compases una reflexión enormemente sugestiva: que lo más innovador y sofisticado no siempre resulta lo más seguro ni lo más conveniente para la supervivencia humana y que, paradójicamente, ciertos elementos “arcaicos” o tecnológicamente limitados pueden proporcionar mayores garantías frente a amenazas derivadas precisamente del exceso de complejidad técnica. En este sentido, la “Galactica” funciona casi como una metáfora anticipatoria del desenlace final de la serie: la salvación de la humanidad no provendría del incremento ilimitado de su poder tecnológico, sino, justamente, de la aceptación consciente de determinados límites respecto del mismo.
v El profundo clima melancólico que impregna el episodio final de Battlestar Galactica obedece, en buena medida, a la conciencia de hallarnos ante el final irreversible de toda una civilización y también de las propias vidas tal y como las habían conocido sus protagonistas. Particularmente conmovedora resulta la escena en la que William Adama acompaña por última vez a Laura Roslin en un vuelo sobre la Tierra recién descubierta, poco antes de la muerte de esta última, en una secuencia cargada de serenidad crepuscular y resignación afectiva. A ello se añade posteriormente el aislamiento voluntario del propio Adama, retirado en soledad a una remota región montañosa del planeta, como si ya nada relevante le quedara en el mundo tras la desaparición de Roslin y el final de la larga misión que había dado sentido a su existencia. Tal desenlace recuerda, en cierto modo, al “gran paseo” con el que concluye la vida del jefe de los jueces en la película Juez Dredd (1995), protagonizada por Sylvester Stallone: en ambos casos, el veterano dirigente, una vez culminada su última gran responsabilidad histórica, parece deslizarse hacia una forma de retiro terminal que posee algo de despedida definitiva del mundo y casi de aceptación anticipada de la propia muerte.





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