Hay una teoría que todavía no ha sido demostrada científicamente, pero cualquier docente sabe que es cierta.
Un profesor nunca está completamente de vacaciones.
Sí, descansamos.
Dormimos más.
Vamos a la playa.
Viajamos.
Pero basta con abrir Instagram, entrar en una librería o visitar un museo para que aparezca esa voz interior…
“Esto me lo guardo para septiembre.”
Y, de repente, ya estamos trabajando… sin querer.
Porque existen frases que solo entiende alguien que se dedica a enseñar.
“Esta actividad me la guardo.”
Da igual dónde estés.
En un camping.
En un hotel.
En TikTok.
En una feria medieval.
Siempre aparece algo que termina en la carpeta de “Ideas para el cole”.
Y esa carpeta ya tiene más de 3.000 capturas de pantalla.
Que probablemente nunca volveremos a abrir.
Pero ahí están.
Por si acaso.
“¡Qué buena situación de aprendizaje!”
Una familia normal visita un acuario y piensa:
—Qué peces más bonitos.
Un docente piensa:
—Aquí hay una situación de aprendizaje interdisciplinar con Ciencias, Matemáticas, Lengua, Educación Artística… y hasta una evaluación competencial.
No elegimos pensar así.
Simplemente… ocurre.
“Esto quedaría genial para tutoría.”
Una película.
Un anuncio.
Una conversación escuchada en una terraza.
Un cartel en el metro.
Una noticia.
Todo puede convertirse en un recurso educativo.
Nuestro cerebro hace conexiones pedagógicas a una velocidad que ni la inteligencia artificial.
“Espera, que le hago una foto.”
Y no.
No es al paisaje.
Es al cartel perfectamente organizado de un museo.
Al rincón de lectura de una cafetería.
A cómo han decorado una tienda.
A un mural.
A una idea que quizá podamos adaptar algún día.
Nuestro carrete del móvil parece una mezcla entre vacaciones… y formación permanente.
“Voy a comprar solo un cuaderno.”
La mentira del verano.
Entras en una papelería buscando un bolígrafo.
Sales con una agenda nueva, rotuladores pastel, post-it, pegatinas, una libreta de puntos, otra de cuadros… y un calendario que, curiosamente, empieza en septiembre.
Porque claramente lo necesitabas.
O eso te dices.

“Este año voy a ser más organizado.”
La promesa oficial de todos los agostos.
Este curso sí.
No dejaré nada para última hora.
Corregiré al día.
Tendré todas las sesiones preparadas.
No acumularé papeles.
Y en ese momento septiembre sonríe desde la distancia.
Porque sabe perfectamente cómo termina esta historia.
“No voy a pensar en el colegio.”
Duración estimada de esa promesa:
Veinte minutos.
Hasta que alguien diga:
—¿A qué te dedicas?
Y acabes hablando de tu clase, de tus alumnos, de ese proyecto tan bonito que hiciste el año pasado o de la ilusión con la que esperas empezar el siguiente curso.
Porque ser docente no es algo que se queda colgado en la percha cuando empiezan las vacaciones.
Forma parte de nuestra manera de mirar el mundo.
Y quizá esa sea la explicación de todas esas frases que solo nosotros entendemos.
Las vacaciones sirven para descansar.
Pero también para volver a ilusionarnos.
Y si entre un chapuzón, un helado y un paseo aparece una idea brillante para septiembre… tampoco pasa nada.
Al fin y al cabo, hay profesiones que se ejercen con la cabeza… y otras que, además, se llevan siempre un poquito en el corazón.
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