Cada verano nos prometemos lo mismo: “Este año voy a desconectar por completo.”
Y entonces llegamos a la playa…
Cinco minutos después ya estamos demostrando que un docente nunca deja de ser docente.
No hace falta llevar la acreditación colgada del cuello. Hay pequeñas pistas que nos delatan. Y quien sea maestro o profesor seguro que se reconoce en más de una.
La primera aparece incluso antes de extender la toalla. Mientras el resto de la familia la deja caer donde puede, nosotros analizamos el terreno como si estuviéramos organizando el aula el primer día de septiembre.
—“Aquí no, que el viento viene de allí.”
—“Mejor un poco más separados.”
—“Si ponemos la sombrilla aquí tendremos sombra hasta las cinco.”
En menos de tres minutos hemos diseñado un plano de evacuación digno de Protección Civil.

Después llega la organización.
Las chanclas perfectamente alineadas.
La nevera en un lado.
Las mochilas en otro.
La bolsa de la basura localizada.
Las cremas solares ordenadas por factor de protección.
Y las toallas… perfectamente colocadas para optimizar el espacio.
Porque sí, también hacemos agrupamientos cooperativos en la arena.
Cuando aparecen los niños, el cerebro docente se activa automáticamente.
Sin darnos cuenta empezamos a contar.
Uno…
Dos…
Tres…
“¿Dónde está el pequeño?”
Ah, ahí está.
Respiramos.
Cinco minutos después volvemos a contar.
No podemos evitarlo.
Es deformación profesional.
También somos capaces de detectar, a más de cincuenta metros, qué niño está a punto de acabar llorando porque otro le ha quitado el cubo.
Y antes de que los padres reaccionen ya estamos pensando:
“Esto se resuelve compartiendo materiales y estableciendo turnos.”
En la piscina ocurre algo parecido.
Mientras otros disfrutan del baño, nosotros llevamos un control mental de quién ha entrado, quién ha salido, quién lleva manguitos, quién ha bebido agua y quién lleva demasiado rato al sol.
Y cuando alguien pregunta:
—”¿Quién quiere un helado?”
Nos sorprende respondiendo:
—“Levantad la mano.”
Ni siquiera nos damos cuenta.
Sale solo.
También tenemos esa extraña habilidad para reconocer familias que funcionan como auténticos equipos cooperativos… y otras que parecen necesitar urgentemente una tutoría.
Porque sí.
Los docentes observamos mucho.
Es inevitable.
Y luego llega el momento estrella.
Hay que recoger.

Mientras unos tardan veinte minutos buscando las gafas de sol, nosotros conseguimos que todo vuelva a la bolsa siguiendo un orden casi matemático.
Arena fuera.
Toallas dobladas.
Nevera cerrada.
Juguetes contados.
Basura recogida.
Misión cumplida.
Dicen que en verano desconectamos.
Y es verdad.
Dormimos más.
Nos reímos más.
Disfrutamos de la familia.
Pero hay pequeñas cosas que nunca desaparecen.
Seguimos organizando espacios, anticipando problemas, contando niños sin querer, repartiendo turnos y buscando siempre la mejor forma de que todo funcione.
Supongo que eso también forma parte de nuestra vocación.
¿Y tú? Confiesa… ¿cuántas de estas situaciones has vivido ya este verano? Porque estoy convencida de que, aunque intentemos pasar desapercibidos, a los docentes se nos reconoce… incluso desde la otra punta de la playa.






Deja una respuesta