3. REFERENCIAS HISTÓRICAS Y CULTURALES
Aparte de por su poso filosófico, otro de los factores que confiere su especial riqueza interna a la serie televisiva de ciencia ficción Battlestar Galactica consiste en las numerosísimas referencias históricas, culturales, religiosas y literarias insertas en su trama. En realidad, buena parte de la profundidad de esta producción audiovisual deriva precisamente de su capacidad para reinterpretar, bajo apariencia futurista, conflictos, símbolos y arquetipos profundamente arraigados en la tradición occidental. Tratemos, a continuación, de desgranarlos sin pretensión, desde luego, de agotarlos.
Por lo que hace a las referencias históricas, resulta difícil no advertir, en primer lugar, el evidente paralelismo existente entre las Doce Colonias —junto a la mítica decimotercera colonia perdida— y las trece colonias originarias que terminaron dando lugar a los Estados Unidos de América. En ambos casos nos hallamos ante comunidades inicialmente separadas, dotadas de identidades diferenciadas, que, pese a todo, comparten una matriz histórica y cultural común. Tal semejanza difícilmente puede considerarse casual si se tiene en cuenta que la serie fue concebida y emitida en una Norteamérica profundamente marcada por el trauma del ataque del 11 de septiembre de 2001, el debate sobre la seguridad nacional y las consecuencias políticas y militares derivadas de la denominada “guerra contra el terrorismo”. De hecho, la devastadora ofensiva cylon con el que se inicia la serie parece contener también claras resonancias de aquellos atentados: una agresión súbita e inesperada que destruye en cuestión de horas la sensación de seguridad e invulnerabilidad de toda una civilización y sume a los supervivientes en un clima permanente de miedo, excepcionalidad y paranoia. La presencia, además, de cylons humanoides infiltrados entre la población contribuye igualmente a reforzar dicha analogía con el temor contemporáneo al “enemigo invisible”, capaz de confundirse con la propia sociedad a la que pretende destruir desde dentro.

Todavía más evidentes resultan las resonancias vinculadas a la Segunda Guerra Mundial durante todo el arco argumental desarrollado en Nueva Caprica. La ocupación cylon del planeta recuerda poderosamente a la ocupación alemana de Francia, mientras que el gobierno encabezado por Gaius Baltar presenta claras analogías con el régimen de Vichy presidido por Philippe Pétain. Como este último, Baltar encarna la figura del dirigente que, bajo la pretensión de evitar males mayores y preservar cierto grado de estabilidad para la población sometida, termina colaborando con el invasor, quedando así atrapado en una ambigua y turbia zona moral situada entre el pragmatismo político, la cobardía personal y la traición. La propia atmósfera de Nueva Caprica —con registros de población, detenciones arbitrarias, atentados, colaboracionistas y células clandestinas de resistencia— reproduce muchos de los elementos característicos de los territorios ocupados por las potencias totalitarias durante el conflicto mundial.
En ese contexto, la resistencia organizada por los supervivientes humanos recuerda claramente a la Resistencia francesa, tanto por sus métodos de sabotaje y guerrilla urbana como por los profundos dilemas morales derivados de la lucha contra el ocupante. La serie introduce aquí cuestiones enormemente delicadas relacionadas con el terrorismo, la tortura, las ejecuciones sumarias o la legitimidad moral de ciertos medios empleados en situaciones extremas, cuestiones todas ellas que remiten tanto a los movimientos de resistencia europeos durante la Segunda Guerra Mundial como a conflictos contemporáneos mucho más recientes.
Asimismo, la complejísima operación militar diseñada por William Adama para rescatar a la población atrapada en Nueva Caprica presenta evidentes reminiscencias del Desembarco de Normandía. Como Dwight D. Eisenhower, Adama aparece como el veterano comandante que asume la responsabilidad de una maniobra extremadamente arriesgada de cuya ejecución depende el destino de miles de personas. El descenso suicida de la Battlestar Galactica sobre la atmósfera del planeta constituye, de hecho, una de las secuencias más espectaculares y simbólicamente poderosas de toda la serie, condensando visualmente la idea de sacrificio heroico en favor de la supervivencia colectiva.

Igualmente significativa resulta la analogía entre el procesamiento de Baltar y los Juicios de Núremberg. En ambos casos se intenta depurar responsabilidades políticas y morales derivadas de la colaboración con un poder criminal y genocida. Sin embargo, la serie introduce aquí una importante complejidad ética, pues Baltar termina apareciendo, al menos parcialmente, como un “chivo expiatorio” sobre el que se proyectan culpas colectivas mucho más amplias. De este modo, el juicio deja de ser únicamente un procedimiento penal para convertirse también en una reflexión sobre la responsabilidad política, la fragilidad moral del ser humano y la tendencia de las sociedades traumatizadas a personalizar en determinados individuos las culpas de tragedias históricas mucho más complejas.
Por otra parte, el viaje emprendido por la nave Demetrius bajo el mando de Kara Thrace (“Starbuck”) guarda ciertos paralelismos con el primer viaje transatlántico de Cristóbal Colón. Al igual que el célebre navegante genovés, Starbuck conduce una expedición incierta hacia lo desconocido, afrontando momentos de desmoralización, insubordinación y creciente desconfianza entre sus subordinados conforme el viaje se prolonga sin resultados visibles. En ambos casos, además, la obstinación casi visionaria del líder termina revelándose decisiva para culminar la travesía.
En lo concerniente a las referencias culturales y religiosas, la serie tampoco resulta menos fértil. La religión politeísta practicada por las Doce Colonias reproduce de manera muy evidente numerosos elementos de la religión olímpica griega, hasta el punto de que la figura de la Pitia está directamente tomada del célebre Oráculo de Delfos. Del mismo modo, muchos nombres propios, símbolos y concepciones religiosas remiten continuamente al universo clásico grecolatino.

Sin embargo, el gran armazón simbólico de la serie parece inspirarse, sobre todo, en la tradición bíblica. El viaje de la flota estelar constituye, en efecto, una poderosa reelaboración del Éxodo veterotestamentario: un pueblo perseguido y errante busca desesperadamente una tierra prometida bajo la guía de una figura de resonancias proféticas como Laura Roslin, cuya trayectoria recuerda inevitablemente a Moisés. Como este último, Roslin conducirá finalmente a su pueblo hasta la tierra anhelada, aunque ella misma no llegará realmente a habitarla.
Junto al Éxodo aparece también, claramente, la huella de la Odisea. El larguísimo y accidentado viaje de la flota estelar, lleno de peligros, pérdidas, desvíos y pruebas constantes, recuerda continuamente la peripecia de Odiseo tratando de regresar a Ítaca. En este sentido, Adama posee también rasgos inequívocamente odiseicos: es un héroe veterano, curtido por el sufrimiento, la experiencia y la guerra, cuya perseverancia resulta decisiva para mantener con vida a su comunidad en medio de circunstancias extremas.
Finalmente, las propias Doce Colonias evocan claramente a las Doce tribus de Israel, reforzando así el profundo sustrato mítico y religioso sobre el que se construye toda la serie. En realidad, la grandeza cultural de Battlestar Galactica reside, en buena medida, en esta extraordinaria capacidad para amalgamar referencias históricas, bíblicas, clásicas y contemporáneas dentro de un único universo narrativo coherente.

Todo cuanto llevamos dicho corrobora, en definitiva, lo afirmado al comienzo de este apartado: que la extraordinaria riqueza interna de Battlestar Galactica no descansa únicamente en su dimensión filosófica, sino también en su notable capacidad para integrar, reinterpretar y actualizar múltiples referencias históricas, culturales, religiosas y literarias procedentes de la tradición occidental.
4. CONCLUSIÓN
Tras el amplio recorrido anterior donde hemos tenido la oportunidad de analizar, no solo el argumento, los personajes y las cuestiones filosóficas de índole metafísica, antropológica, ética, política y tecnológica, sino también las referencias históricas y culturales que estructuran la serie televisiva de ciencia ficción Battlestar Galactica, toca ahora, en este postrero apartado, hacer una ponderada valoración de la misma.
En realidad, Battlestar Galactica constituye un “remake”, por utilizar un término propio del argot del ámbito audiovisual, de otra serie de igual nombre emitida, al calor del inmenso impacto de alcance mundial que causó el estreno en 1977 de la primera entrega de la saga cinematográfica de “La guerra de las galaxias” e intentando aprovecharse de ello, entre los años 1978 y 1979. Esa serie original, a pesar de su interesante planteamiento a nivel de trama y su cuidado diseño de producción (fruto de la ingente cantidad de dinero que se invirtió en ella) así como brillante reparto actoral, ni fue un completo éxito ni un rotundo fracaso y, en consecuencia, lo más acertado que cabe decir respecto de ella es que, simplemente, “no cuajó”: por tanto, el proyecto de realizar una nueva versión de aquella, dado el antecedente previo, no parecía muy prometedor.

Y, sin embargo, la nueva versión superó, con creces, todas las expectativas al respecto —que, a decir verdad, no eran demasiadas— hasta el punto de que suscribo plenamente el siguiente juicio expresado por el prestigioso crítico cultural español Emilio de Gorgot: «Por mi parte, siempre he tenido Battlestar Galactica en muy alta estima. No diré que es una serie perfecta; posiblemente no exista tal cosa como “la serie perfecta” y desde luego Battlestar Galactica no sería una candidata (…) Y aun así, Battlestar Galactica suele estar, y merece estar, entre los primeros puestos de las listas de mejores series de ciencia ficción de la historia de la televisióni».
Esta justa apreciación se basa, en mi opinión, en tres motivos fundamentales: sus destacados efectos especiales y lograda ambientación, la calidad de las interpretaciones del elenco de actores y actrices que participaron en ella (que parecían encontrarse “en estado de gracia”, en particular, Edward James Olmos, Mary McDonnell y Katee Sackhoff encarnando, respectivamente, los roles del Almirante William Adama, la presidenta Laura Roslin y la impulsiva piloto Kara Thrace) y, sobre todo, la profundidad del fondo de aquella. En este último sentido habría que añadir que la grandeza de la serie radica, ante todo, en que presentaba un “drama humano”, un drama que se desarrollaba en el interior de las naves espaciales que escapaban en masa y que tan bien ha verbalizado, de este modo, el crítico cultural citado: “Otro concepto que la serie original no había terminado de explotar y que aquí sí era tratado con más peso era el de que los humanos supervivientes no solo se enfrentaban al enemigo exterior, sino a sus propias miserias. Los cincuenta mil humanos supervivientes repartidos en la flota que huye de los cylones conforman una representación en miniatura de nuestra propia sociedad, con todo lo bueno y, sobre todo, lo malo”ii. Fue este sustancial componente dramático, dicho sea a título de curiosidad, el que terminó de convencer a quien debía ejercer el papel del almirante William Adama para que se incorporara, finalmente, a esa iniciativa televisiva venciendo sus fuertes reticencias iniciales.

Como epílogo, señalaremos que Emilio de Gorgot, en su artículo “Siempre nos quedará Battlestar Galactica” —del que proceden las citas anteriores—, se plantea la paradójica cuestión de por qué series de ciencia ficción con valores intrínsecos tan sólidos como la analizada en este trabajo, o como la más reciente The Expanse, no logran obtener un reconocimiento general acorde con sus merecimientos, a lo cual responde lo siguiente: porque, por una parte, resultan demasiado complejas y reflexivas para el público que solo busca espectáculo espacial y, por otra, suponen demasiada “ciencia ficción” para sectores que podrían sentirse atraídos por sus temas políticos, filosóficos y humanos. Pues bien, aunque lo primero cuenta con escaso remedio, lo segundo sí lo tiene y consiste precisamente en ir dejando atrás el inveterado prejuicio, como reseñábamos al principio, de buscar la filosofía únicamente en los tratados, ensayos y manuales al efecto, de suerte que se la persiga, además, en otras manifestaciones creativas (verbigracia, las series televisivas) donde aquella, en nuestra época, también habita, acaso con más fuerza todavía. Confiemos en que este estudio constituya un modesto paso en esa buena dirección.
NOTAS FINALES
i DE GORGOT, Emilio: “Siempre nos quedará Battlestar Galactica”, Jot Down Cultural Magazine, 31-III-2021. Disponible en: Jot Down Cultural Magazine
ii DE GORGOT, Emilio, art. cit.
INDICE
Battlestar Galactica: en busca de una humanidad perdida. Un estudio filosófico (1/7): Introducción
Battlestar Galactica: en busca de una humanidad perdida. Un estudio filosófico (2/7): Temas





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