2.3. Filosofía práctica: ética y política
No cabe duda de que las cuestiones de carácter ético y político constituyen uno de los nervios centrales del entramado argumental de la serie de televisión Battlestar Galactica hasta el punto de que las mismas se erigen en uno de los factores que más contribuyen a la densidad de contenido de aquella. A fin de cuentas, la flota estelar es, en el fondo, una reducida “polis itinerante” compuesta por unas cincuenta mil almas que se reparten entre las diversas naves que la integran, con todos los problemas de convivencia y gobernanza que ello conlleva.
Políticamente, cuenta, siguiendo el modelo heredado de las Doce Colonias, con un sistema democrático representativo (aunque, por el escaso número de miembros de aquella, también podría disponer de un sistema democrático directo como el de la Atenas del siglo V. a. C.), dentro del cual el poder ejecutivo lo ostenta la presidenta Laura Roslin y su gabinete, el poder legislativo lo encarna el Quórum (un organismo compuesto por representantes de la gente que quedaba de los antiguos doce mundos) y, finalmente, el poder judicial lo simbolizan los tribunales formados por “notables” de la comunidad que se crean cuando la ocasión lo requiere. Para terminar esta descripción, habría que añadir que, mientras la presidencia de la flota estelar es elegida de manera impecablemente democrática por sufragio universal de los ciudadanos con derecho a ello, el método de elección de los representantes del Quórum resulta mucho más opaco en la medida en que no se explicita bien cómo se seleccionan; además, el tercer poder en discordia, el judicial, no está plenamente institucionalizado, por las adversas circunstancias sobradamente conocidas, si bien en este peculiar cuerpo social existen juristas de carrera como, por ejemplo, el extravagante y, sin embargo, lúcido abogado Romo Lampkin. Huelga decir, por último, que, en este contexto, las decisiones políticas las toma la presidenta Laura Roslin y que las decisiones militares recaen, en cambio, en el comandante y luego almirante William Adama.

En esa microrrepública en continuo movimiento pueden apreciarse, a lo largo de la serie, distintas miserias que afectan a la vida política: el populismo (el cual da “soluciones fáciles” a los problemas que, raramente, se compadecen con las más efectivas), patente, por ejemplo, en el episodio de Gaius Baltar ganando las elecciones a Laura Roslin con el “reclamo” de que, bajo su presidencia, sin las reticencias al respecto de la segunda, la atribulada población que subsiste en la flota estelar se va a poder instalar, por fin, en un planeta de reciente descubrimiento, Nueva Caprica, aunque no era el más indicado para ello por razones materiales, estratégicas y escatológicas, anteponiendo así la tentación del reposo frente a la exigencia del destino; la tentación, tan recurrente como desastrosa, de los uniformados de dirigir también a toda la sociedad, como cuando el coronel Saul Tigh, el segundo en el orden jerárquico de la Battlestar Galactica —aprovechando que su superior, William Adama, convalece en la enfermería de la nave totalmente inconsciente, debatiéndose entre la vida y la muerte, a causa de un gravísimo atentado del que ha sido objeto— declara la ley marcial en toda la flota con resultados nefastos, de manera que, una vez el almirante se recupera y asume nuevamente el mando, se ve obligado a levantarla ; o, por último, la amenaza latente del golpe de Estado, cuyos “nobles propósitos” suelen ser meros pretextos que enmascaran la voluntad de implantar una autocracia, como es el caso del que trata de dar, fallidamente, en los capítulos finales de aquella, el siniestro representante de Sagittaron en el Quórum de los Doce, Tom Zarek —el dictador en potencia— con la inestimable ayuda del oficial Félix Gaeta, un idealista profundamente desencantado, que ejerce, en realidad, de “tonto útil” de aquel en el fracasado “putsch”.

En términos morales, esta producción televisiva constituye, por así decirlo, “un vasto tratado práctico” sobre el soterrado conflicto existente entre ética de la convicción y ética de la responsabilidad. Esta distinción, sumamente importante, se debe al gran sociólogo alemán, que vivió a caballo de los siglos XIX y XX, Max Weber. En efecto, en su obra “El político y el científico” (1919), se ocupa, justamente al final de la primera de las dos conferencias que componen ese trabajo, del problema de la naturaleza de la relación entre ética y política. Allí sostiene Weber que hay, básicamente, dos éticas, a las que él denomina, respectivamente, “ética de la convicción” y “ética de la responsabilidad”; la primera vale, preferentemente, para la esfera privada de los individuos, mientras que el ámbito de lo político está dominado, especialmente, por la segunda. La ética de la convicción se caracteriza por establecer una serie de obligaciones fijas que los sujetos han de cumplir incondicionadamente; la ética de la responsabilidad, por su parte, destaca por pensar que existen unos fines previos que son los que, en cada caso, determinan las obligaciones, las cuales se identifican siempre con las acciones cuyos efectos, en una situación concreta, más nos acerca a ellos, de manera que aquellas poseen un carácter variable, pues lo que sirve en una tesitura dada no tiene por qué servir en otra diferente.
La primera está atenta a la intención, la segunda se centra en las consecuencias. La ética cristiana, tal como esta se manifiesta en el “Decálogo” y, sobre todo, en el “Sermón de la montaña”, y la ética kantiana constituirían ejemplos sobresalientes, religioso y profano, de la ética de la convicción; por otro lado, la ética utilitarista de los británicos Jeremy Bentham (siglos XVIII-XIX)y John Stuart Mill (s. XIX) representaría un paradigma que se podría subsumir dentro de la ética de la responsabilidad. Pues bien, basándose en estos presupuestos weberianos, el gran pensador español contemporáneo José Luis López Aranguren considera que las relaciones entre ética y política ni son de oposición frontal (porque en muchas ocasiones el político, guiado exclusivamente por los dictados de una ética de la responsabilidad, actúa de manera completamente acorde con las prescripciones de la ética de la convicción) ni están exentas de tensión (porque en otras ocasiones, las situaciones difíciles, el político, en aras del bienestar público, se ve en la obligación de adoptar decisiones condenables desde la óptica de la ética de la convicción). Ética y política mantienen, como dice el propio Aranguren, una “compatibilidad ardua”i.

Lo que ocurre es que esa “compatibilidad ardua” que mantienen ambas en un régimen de normalidad se transforma, a mi juicio, en una incompatibilidad casi sistemática cuando sobrevienen circunstancias extraordinarias que se prolongan en el tiempo, pues entonces el interés general exige, a menudo, aplicar medidas que repugnan a nuestra conciencia moral corriente. Y, dado que esas son las circunstancias por las que atraviesa precisamente la flota estelar en esta serie televisiva, en eso consiste el “drama”, más que en ningún otro caso, de quien se encuentra al frente de la misma, la presidenta Laura Roslin, una mujer de principios que, en el ejercicio de su cargo, se ve forzada con frecuencia a sacrificarlos en el “altar del bien común”. Pongamos algunos “botones de muestra” de ello: resulta inconcebible disparar sobre una nave civil desarmada, pero Laura Roslin da su anuencia para que se destruya una de ellas, la Olimpyc Carrier, cuando se dirige hacia la flota ignorando, repetidamente, las órdenes para que se detenga y se sospecha que es una amenaza potencial para aquella; la tortura es inadmisible, pero Laura Roslin autoriza que Kara Thrace someta a un duro interrogatorio, que la incluye, al cylon humanoide “infiltrado” Leoben Conoy para obtener información vital de él y,además, manda que se deshagan de aquel al dejar de serles útil; el fraude electoral constituye un acto bochornoso, pero Laura Roslin está dispuesta a cometerlo para evitar que gane los comicios presidenciales su rival Gaius Baltar, al que percibe como un demagogo pernicioso que puede llevarlos al desastre; incitar al asesinato representa algo gravísimo, pero Laura Roslin anima a William Adama a que acabe con la vida de la almirante de la Pegasus, Helena Cain, antes de que ella haga lo propio con la de él y tome el control total de la flota, lo cual supondría el fin de la misma a tenor de la fama de líder práctica, despiadada y sin escrúpulos que la precede; por último, no se debe engañar, pero Laura Roslin orquesta una operación, con la inestimable colaboración del doctor Cottle, para hacer creer, falsamente, a la pareja compuesta por un humano (Karl C. Agathon) y una cylon (Sharon Valerii, “Athena”) que su bebé, Hera, había muerto y entregarlo, en secreto, en adopción a una mujer humana, Maya, al considerar que esa “niña híbrida” suponía un “peligro existencial” para la raza humana si caía en manos del enemigo.
Evidentemente, esta dinámica imparable de asumir resoluciones que suponen la claudicación de compromisos morales previos modela el carácter de la presidenta de esa “diáspora humana” que surca el espacio tras el ataque fatal de los cylons a las Doce Colonias (un proceso que experimenta, en paralelo, el “caudillo” militar de la misma, el almirante Adama): en efecto, de ser una persona, al comienzo, idealista, de una integridad intachable, se va tornando en alguien crudamente realista y profundamente imbuido de pragmatismo. Ese pragmatismo puede apreciarse, por ejemplo, en su prohibición del aborto —pese a haber defendido anteriormente ese derecho para las mujeres—, habida cuenta de que comprende que una humanidad al borde de la extinción necesita imperiosamente el nacimiento de nuevos miembros, no su desaparición antes de nacer; o en su tolerancia, dentro de ciertos límites, hacia el “mercado negro”, que inicialmente pretendía erradicar, al entender que, en una economía de escasez extrema, actúa como un mecanismo informal imprescindible para garantizar el acceso a bienes y la estabilidad de la flota.

Ahora bien, ese progresivo desplazamiento moral no se produce sin un elevado coste psicológico para quien lo protagoniza: lejos de inmunizarla frente a las consecuencias de sus decisiones, dichas concesiones van dejando en Laura Roslin una huella de desgaste moral, de tensión interna y, en última instancia, de cierta culpa larvada, en la medida en que es plenamente consciente de que, aun siendo necesarias, muchas de sus resoluciones vulneran principios que, en condiciones ordinarias, habría considerado irrenunciables. Esta carga no es exclusiva de la presidenta, sino que se extiende igualmente al almirante Adama, quien, desde su posición, se ve abocado a asumir decisiones análogas, compartiendo así ambos el peso de una responsabilidad que no solo compromete la supervivencia de la comunidad, sino también la integridad de su propia conciencia. De este modo, el ejercicio del poder en circunstancias extremas aparece, en la serie, no como una instancia de realización personal, sino como una experiencia trágica marcada por la soledad, la duda y el coste íntimo de decidir constantemente entre males.
No obstante, en el curso de esta serie televisiva no se alcanza el grado máximo de deshumanización que podría comportar el triunfo absoluto de una ética consecuencialista, dado que, en un momento decisivo de la misma, se impone la ética deontológica y se evita así que se dé un paso definitivo en esa dirección, un paso que encontraría justificación en la lógica de la ética en pugna con la anterior: en efecto, me refiero a cuando el capitán Karl C. Agathon desbarata los planes de los dirigentes de la flota estelar para liquidar por completo a los cylons mediante el uso de armas biológicas —propagando entre ellos una enfermedad mortal frente a la cual los seres humanos están inmunizados—, convencido de que tal pretensión constituía un execrable genocidio, habida cuenta de que, para él, los cylons humanoides, “despiertos” o “durmientes”, eran una “raza de personas” y persuadido, además, de que, de llevarse a cabo, arrebataría a la humanidad precisamente su humanidad así como su “alma”, equiparándola, en última instancia, al odiado adversarioii.

De este modo, el hecho precedente eleva a “Helo”, como también se le conoce coloquialmente, al rango de uno de los personajes con mayor “fuste moral” de esta saga de ciencia ficción, condición que vuelve a demostrar en un episodio más de la serie, en el que pone de manifiesto, enfrentándose al establishment de la flota, el racismo larvado del médico Michael Robert, quien dispensaba a los sagitarianos un trato sanitario inferior al considerarlos atrasados y supersticiosos, lo que se traducía en la aplicación de tratamientos menos eficaces y, en no pocos casos, en su muerte; una discriminación que trataba de justificar apelando a la escasez de recursos y a la necesidad de priorizar a quienes juzgaba más “aptos” para la supervivencia de la comunidad, frente a lo cual, Karl ‘Helo’ Agathon se alza en defensa de la igual dignidad moral de todos los individuos, rechazando cualquier jerarquización del valor de las vidas humanas y afirmando que ni siquiera en circunstancias extremas puede legitimarse la instrumentalización de unos en beneficio de otros. Otro ejemplo de excelencia ética lo representa Galen Tyrol, quien, en un nuevo capítulo, denuncia las precarias condiciones de trabajo de los obreros de la nave de Tilio, poniendo de relieve una forma de injusticia estructural que el propio funcionamiento de la flota tiende a invisibilizar; una actitud que resulta tanto más significativa cuanto que, como se revela más adelante, él mismo es un cylon de tipo arcaico, circunstancia que, lejos de invalidar su conducta, la dota de un alcance simbólico mayor, en la medida en que su empatía hacia los más vulnerables contribuye a desdibujar, una vez más, las fronteras entre humanos y cylons, mostrando así que la dignidad moral no es patrimonio exclusivo de unos u otros, sino una posibilidad inscrita en la condición misma de los seres que son capaces de reconocer al otro como semejante.

Sin embargo, cuando las exigencias morales dejan de afectar exclusivamente a individuos concretos y pasan a proyectarse sobre comunidades enteras, los problemas éticos adquieren una dimensión más amplia, entrando en juego cuestiones relativas al liderazgo, el poder y la propia organización de la justicia.
NOTAS FINALES
i LÓPEZ ARANGUREN, José Luis: Ética y política, Ediciones Guadarrama, Madrid, 1968.
ii Como advirtió Friedrich Nietzsche en Más allá del bien y del mal, “quien con monstruos lucha debe cuidar de no convertirse, a su vez, en monstruo”. El aforismo se completa con otra observación igualmente pertinente para el universo moral de esta serie: “cuando miras largo tiempo a un abismo, el abismo también mira dentro de ti” (aforismo 146).
INDICE
Battlestar Galactica: en busca de una humanidad perdida. Un estudio filosófico (1/7): Introducción
Battlestar Galactica: en busca de una humanidad perdida. Un estudio filosófico (2/7): Temas
Battlestar Galactica: en busca de una humanidad perdida. Un estudio filosófico (4/7): Filosofía práctica: ética y política (I)
Battlestar Galactica: en busca de una humanidad perdida. Un estudio filosófico (5/7): Filosofía práctica: ética y política (II)
Battlestar Galactica: en busca de una humanidad perdida. Un estudio filosófico (6/7): Filosofía de la técnica
Battlestar Galactica: en busca de una humanidad perdida. Un estudio filosófico (7/7): Referencias históricas y culturales






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