2.2. Antropología filosófica
El filósofo del siglo XVIII Immanuel Kant, uno de los más grandes pensadores que han existido, afirmó que la filosofía, en resumidas cuentas, debía contestar a tres grandes interrogantes: «¿Qué puedo saber?», «¿Qué debo hacer?» y «¿Qué me cabe esperar?». Simplificando aún más las cosas, el citado pensador también afirmó que, en definitiva, la filosofía solo debía responder a una única gran cuestión: «¿qué es el hombre?», ya que exclusivamente el análisis de la naturaleza humana nos permitiría contestar a los interrogantes anteriores. Con ello, Kant, en realidad, estaba convirtiendo el imperativo socrático, «conócete a ti mismo», en la tarea principal de la filosofía.
Pues bien, epistemológicamente, compete a la antropología filosófica responder a ese interrogante supremo. Puede considerarse a la antropología filosófica como un “lugar” a medio camino entre la antropología y la filosofía. De hecho, se la estima, dentro de esta última, como una rama filosófica más o, al menos, como una tendencia filosófica bien definida. Sea como fuere, la antropología filosófica (cuyo verdadero fundador fue un autor que vivió entre los siglos XIX y XX, el alemán Max Scheler, con obras como “El puesto del hombre en el cosmos”, publicada en 1928) ha consistido en un esfuerzo intelectual por desentrañar, con la ayuda de los datos proporcionados por las diversas disciplinas científicas, dos problemas fundamentales: esclarecer la naturaleza humana y determinar el puesto del ser humano en el contexto del mundo.
Y es que uno de los grandes tópicos que aborda esa disciplina —¿qué es el ser humano? —, así como otro más concreto y estrechamente relacionado con aquel —¿qué es una persona y quién es una persona? —, constituyen grandes temas de reflexión filosófica que plantea esta serie de ciencia ficción.
Descendiendo a la pregunta que inquiere sobre la esencia de “ser persona” y cuáles son los auténticos depositarios de esa condición personal, resulta evidente que habrá que responder, inicialmente, a la primera parte de aquella para poder así contestar a la segunda y, a continuación, dilucidar, dentro de la serie, los sujetos a los que se les puede atribuir con toda propiedad tal condición.

Siguiendo al prestigioso profesor de filosofía español Manuel Maceiras Fafiáni, en torno al concepto de persona hay, en la historia de la filosofía, dos posiciones, a saber, la sustancialista y la existencialista:
- Posición sustancialista: Esta postura afirma que persona es todo individuo humano en tanto ser inteligente y libre; esta posición es la propia de la escolástica medieval (“La persona es la sustancia individual de naturaleza racional”, Boecio, siglos V/VI); ahora bien, lo distintivo de esta posición es que considera la inteligencia y la libertad como algo que posee el hombre independientemente de la realización existencial de aquellas.
- Postura existencialista: Esta otra postura sostiene que la inteligencia y la libertad son atributos humanos; no obstante, son atributos que no son independientes de su ejercicio, de modo que el hombre es libre en tanto viva libremente e inteligente en tanto emplee esa inteligencia; por consiguiente, el hombre debe hacerse persona. Como señala el filósofo francés contemporáneo Emmanuel Mounier, «la persona no es un objeto dado, sino una realidad que se hace», lo que refuerza la idea de que el ser humano no es algo ya constituido, sino una realidad en proceso de formación.
Nuestro autor se identifica con esta segunda noción de persona, entendida como una realidad in fieri, concepción que compartimos plenamente. De esta manera, podríamos concebir la persona como un ente intramundano —por utilizar, en un sentido laxo, la expresión heideggeriana— dotado potencialmente de conciencia, inteligencia, lenguaje y libertad, es decir, de una serie de capacidades que han de ser desarrolladas a lo largo de la existencia para actualizarse plenamente.
Así pues, cualquier entidad que se adecúe a los requisitos anteriores ha de ostentar el título de persona y, por tanto, en el marco de esta serie, aquel habría que adjudicarlo, no solo a los humanos que, en exiguo número, sobreviven en la flota estelar y resisten aún en las antiguas Doce Colonias, sino también a los miembros que componen la clase dirigente de sus victimarios, o sea, los “cylons humanoides”.
En efecto, si aceptamos una concepción de la persona como una realidad en proceso de constitución, definida por el ejercicio efectivo de determinadas capacidades —conciencia, inteligencia, lenguaje y libertad—, resulta difícil negar tal condición a los cylons humanoides. Estos no solo presentan un comportamiento externamente equiparable al humano, sino que manifiestan de manera inequívoca rasgos constitutivos de la vida personal: poseen autoconciencia, en la medida en que reflexionan sobre sí mismos y sobre su propia identidad; ejercen la libertad, adoptando decisiones que no pueden reducirse a una mera programación mecánica; experimentan el sufrimiento, el miedo, la duda o la culpa, lo que pone de relieve la existencia de una vida interior compleja; y, además, establecen relaciones interpersonales genuinas, fundadas en el afecto, la lealtad o incluso el amor. A todo ello habría que añadir su capacidad para proyectarse hacia el futuro, elaborar fines propios y conferir sentido a su existencia, rasgos todos ellos que, conforme al criterio adoptado, resultan decisivos a la hora de atribuir la condición de persona. Por consiguiente, lejos de constituir meras entidades artificiales desprovistas de estatuto moral, los cylons humanoides aparecen, a la postre, como auténticos sujetos personales, cuya consideración como tales se impone no tanto por su origen cuanto por el modo en que llegan a existir y a actuar en el mundo.
Una de las pruebas más fehacientes de que los integrantes de la “élite cylon” habían alcanzado, entre los humanos, la consideración de personas, desde el estatus denigrante de “cosas” que les era aplicado por aquellos en un principio, consiste en que ciertos miembros de la tripulación de la Battlestar Galactica —los que poseen una “fibra moral” más recia— no consienten ya que algunos de sus camaradas les inflijan vejaciones y malos tratos: por ejemplo, Karl “Helo” Agathon (al que ya nos hemos referido) y Galen Tyrol (el “jefe de mecánicos”, por así decirlo) intervienen resueltamente, aun a costa de arrostrar graves consecuencias, para impedir que una cylon, Sharon Valerii (Athena), que se encontraba prisionera en un calabozo, sea torturada e, incluso, violada por el sádico teniente Alastair Thorne (que pertenecía a la plantilla de la “Pegasus”, otro crucero de guerra que se une a la flota estelar tras escapar también indemne del devastador ataque inicial enemigo, y que ejercía allí de oficial responsable de los interrogatorios), con el resultado de la muerte fortuita de aquel a causa de un forcejeo con los salvadores de la que iba a ser su víctima.

Precisamente, ese y otros pasajes de la serie nos revelan un fenómeno muy interesante que acontece a lo largo de la misma, a saber, cómo se van desdibujando las fronteras entre los humanos y los cylons: los primeros porque, en su afán por sobrevivir y también de venganza, pueden llegar a ser tan crueles como los segundos hasta el punto de que, como hemos mencionado, están dispuestos a torturarlos sin miramientos, mientras que los segundos (especialmente algunos modelos 6 y 8) empiezan a desarrollar ciertos “sentimientos de humanidad” hacia sus adversarios y por eso, valga el siguiente botón de muestra de ello, imponen que la ocupación de “Nueva Caprica” (un planeta con el que la flota estelar se había “topado” por sorpresa y en el que se había instalado, creyéndolo su hogar definitivo, la mayor parte de los pasajeros de aquella) se lleve a cabo de la forma más civilizada posible hacia sus habitantes.
Un precedente, sin duda inspirador para esta producción televisiva, del reconocimiento de los androidesii como personas se encuentra en la película, un verdadero clásico de la ciencia ficción, Blade Runner (1982), dirigida por el aclamado director de cine Ridley Scott. En ella, los llamados Nexus 6 —modelos avanzados de replicantes, es decir, androides biológicos diseñados para desempeñar trabajos peligrosos en colonias exteriores— son perseguidos en la ciudad de Los Ángeles en el año 2019 por unidades especiales de la policía encargadas de “retirarlos”, eufemismo con el que se encubre su eliminación, habida cuenta de que algunos de estos replicantes, cuya presencia en la Tierra está expresamente prohibida, han logrado infiltrarse en ella. Estos agentes, entre los que se encuentra el protagonista, Rick Deckard, se refieren a ellos de manera despectiva como “pellejudos”, término que, curiosamente, coincide con el empleado en Battlestar Galactica para designar a los cylons humanoides. Sin embargo, a medida que avanza la trama, esa supuesta diferencia ontológica comienza a resquebrajarse: así, cuando Deckard acaba con la vida de una de estas replicantes —Zhora, que trabajaba en un club nocturno realizando espectáculos de striptease—, reconoce, ante su cadáver tendido en el suelo, que no se sentía mejor que si hubiera matado a un ser humano. Con ello, la película introduce de manera especialmente incisiva la idea de que aquello que define a la persona no es tanto su origen cuanto su capacidad para sentir, sufrir y vivir experiencias dotadas de sentido, anticipando así uno de los problemas filosóficos que más tarde desarrollará con amplitud la serie que nos ocupa.
Como colofón de este importante punto, nos gustaría reseñar que, en nuestra opinión, una de las grandes aportaciones eidéticas de ambas obras maestras audiovisuales consiste en que anticipan encrucijadas a las que, en un futuro no necesariamente muy lejano, nos veremos abocados. Ciertamente, la humanidad, merced a su extraordinario avance científico y tecnológico, podría llegar a crear androides tan perfectos que resulten indistinguibles, en apariencia, de nosotros y, lo que es aún más relevante, lleguen a manifestar ciertos “atributos humanos” como la conciencia, la inteligencia, el lenguaje o la autonomía, de modo que entonces se nos planteará la cuestión, en la realidad y no ya en la ficción, de si debemos reconocerles la condición de personas. En el caso de que lleguemos a reconocerles esa condición, ello nos exigirá desarrollar una deontología específica que regule las relaciones de aquellos con los seres humanos y viceversa, así como afrontar múltiples e insospechadas implicaciones que requerirán una profunda reflexión por nuestra parte para ser abordadas con éxito. Será el coste que nos tocará asumir por ampliar por vía cibernética el “reino de los fines”iii kantiano.
Pero la condición humana no solo plantea interrogantes acerca de lo que somos, sino también sobre cómo debemos actuar, qué criterios han de orientar nuestras decisiones y de qué modo afrontar los complejos dilemas morales que inevitablemente acompañan a toda convivencia humana.

NOTAS FINALES
i MACEIRAS FAFIÁN, Manuel: «¿Qué es filosofía? El hombre y su mundo”, Editorial Cincel, Madrid, 1987, pp. 50-51.
ii Se entiende por androide un tipo de robot diseñado para reproducir, tanto en su apariencia como en su comportamiento, los rasgos propios del ser humano. A diferencia de otros artefactos robóticos de carácter meramente funcional, el androide aspira a una cierta mimesis antropológica, en la medida en que no solo imita la morfología humana, sino también —al menos en un grado incipiente— algunas de sus capacidades cognitivas y relacionales (lenguaje, interacción social, toma de decisiones, etc.).
Conviene distinguir esta figura de la del ciborg (acrónimo de cybernetic organism), que no designa una entidad artificial autónoma, sino un organismo biológico —generalmente humano— que ha sido modificado o ampliado mediante la incorporación de elementos tecnológicos (prótesis, implantes, interfaces neuronales, etc.), con el fin de mejorar o restaurar determinadas funciones. Así, mientras que el androide es una construcción artificial que imita al ser humano, el ciborg es, por así decirlo, un ser humano tecnológicamente intervenido. Un ejemplo cinematográfico paradigmático de esta última categoría lo constituye el personaje de Alex Murphy / RoboCop en la película RoboCop (1987), en el que un cuerpo humano es reconstruido y potenciado mediante complejos sistemas cibernéticos.
Por último, cabe mencionar el término replicante, popularizado por la película Blade Runner, que designa a androides de carácter biotecnológico, es decir, entidades creadas mediante procedimientos orgánicos avanzados que los hacen prácticamente indistinguibles de los humanos. En esta línea, los llamados cylons humanoides de la serie Battlestar Galactica pueden ser considerados, con las debidas cautelas, como una variante de este tipo de entidades, en la medida en que presentan una base artificial pero adoptan una forma biológica y funcional prácticamente idéntica a la humana, lo que contribuye decisivamente a difuminar la frontera entre lo natural y lo artificial y a plantear, en consecuencia, problemas de índole ontológica, ética y jurídica como los que se han examinado en el presente trabajo.
iii El denominado “reino de los fines” constituye uno de los conceptos centrales de la ética de Immanuel Kant, tal como aparece formulado en su obra Fundamentación de la metafísica de las costumbres (1785). Con esta expresión, el filósofo alemán no se refiere a una realidad empírica, sino a un ideal normativo: una comunidad de seres racionales en la que todos ellos se consideran y se tratan mutuamente como fines en sí mismos y nunca como meros medios para la consecución de objetivos ajenos. En este “reino”, cada individuo es simultáneamente legislador y destinatario de la ley moral, en virtud de su autonomía racional, lo que implica que las normas que rigen la conducta no proceden de instancias externas, sino de la propia razón práctica. De este modo, todos los miembros de dicha comunidad poseen una dignidad intrínseca, que los hace incomparables y excluye su instrumentalización. El “reino de los fines” se erige así en el horizonte ético en el que quedaría plenamente realizada la exigencia moral de respetar a toda persona en cuanto tal, proporcionando un criterio fundamental para evaluar la legitimidad de nuestras acciones y de las estructuras sociales en las que se inscriben.
Al proyectar —más allá del propio Kant— la posible ampliación de este «reino» hacia entidades artificiales, el autor del presente trabajo sugiere que la eventual posesión de conciencia y autonomía —y no solo la pertenencia biológica a la especie humana— debería obligarnos a reconocerles esa misma dignidad intrínseca y, por ende, la plena titularidad de derechos morales.
NOTAS FINALES
i MACEIRAS FAFIÁN, Manuel: «¿Qué es filosofía? El hombre y su mundo”, Editorial Cincel, Madrid, 1987, pp. 50-51.
ii Se entiende por androide un tipo de robot diseñado para reproducir, tanto en su apariencia como en su comportamiento, los rasgos propios del ser humano. A diferencia de otros artefactos robóticos de carácter meramente funcional, el androide aspira a una cierta mímesis antropológica, en la medida en que no solo imita la morfología humana, sino también —al menos en un grado incipiente— algunas de sus capacidades cognitivas y relacionales (lenguaje, interacción social, toma de decisiones, etc.).
Conviene distinguir esta figura de la del ciborg (acrónimo de cybernetic organism), que no designa una entidad artificial autónoma, sino un organismo biológico —generalmente humano— que ha sido modificado o ampliado mediante la incorporación de elementos tecnológicos (prótesis, implantes, interfaces neuronales, etc.), con el fin de mejorar o restaurar determinadas funciones. Así, mientras que el androide es una construcción artificial que imita al ser humano, el ciborg es, por así decirlo, un ser humano tecnológicamente intervenido. Un ejemplo cinematográfico paradigmático de esta última categoría lo constituye el personaje de Alex Murphy / RoboCop en la película RoboCop (1987), en el que un cuerpo humano es reconstruido y potenciado mediante complejos sistemas cibernéticos.
Por último, cabe mencionar el término replicante, popularizado por la película Blade Runner, que designa a androides de carácter biotecnológico, es decir, entidades creadas mediante procedimientos orgánicos avanzados que los hacen prácticamente indistinguibles de los humanos. En esta línea, los llamados cylons humanoides de la serie Battlestar Galactica pueden ser considerados, con las debidas cautelas, como una variante de este tipo de entidades, en la medida en que presentan una base artificial pero adoptan una forma biológica y funcional prácticamente idéntica a la humana, lo que contribuye decisivamente a difuminar la frontera entre lo natural y lo artificial y a plantear, en consecuencia, problemas de índole ontológica, ética y jurídica como los que se han examinado en el presente trabajo.
iii El denominado “reino de los fines” constituye uno de los conceptos centrales de la ética de Immanuel Kant, tal como aparece formulado en su obra Fundamentación de la metafísica de las costumbres (1785). Con esta expresión, el filósofo alemán no se refiere a una realidad empírica, sino a un ideal normativo: una comunidad de seres racionales en la que todos ellos se consideran y se tratan mutuamente como fines en sí mismos y nunca como meros medios para la consecución de objetivos ajenos. En este “reino”, cada individuo es simultáneamente legislador y destinatario de la ley moral, en virtud de su autonomía racional, lo que implica que las normas que rigen la conducta no proceden de instancias externas, sino de la propia razón práctica. De este modo, todos los miembros de dicha comunidad poseen una dignidad intrínseca, que los hace incomparables y excluye su instrumentalización. El “reino de los fines” se erige así en el horizonte ético en el que quedaría plenamente realizada la exigencia moral de respetar a toda persona en cuanto tal, proporcionando un criterio fundamental para evaluar la legitimidad de nuestras acciones y de las estructuras sociales en las que se inscriben.
Al proyectar —más allá del propio Kant— la posible ampliación de este «reino» hacia entidades artificiales, el autor del presente trabajo sugiere que la eventual posesión de conciencia y autonomía —y no solo la pertenencia biológica a la especie humana— debería obligarnos a reconocerles esa misma dignidad intrínseca y, por ende, la plena titularidad de derechos morales.
INDICE
Battlestar Galactica: en busca de una humanidad perdida. Un estudio filosófico (1/7): Introducción
Battlestar Galactica: en busca de una humanidad perdida. Un estudio filosófico (2/7): Temas
Battlestar Galactica: en busca de una humanidad perdida. Un estudio filosófico (3/7): Antropología filosófica
Battlestar Galactica: en busca de una humanidad perdida. Un estudio filosófico (4/7): Filosofía práctica: ética y política (I)
Battlestar Galactica: en busca de una humanidad perdida. Un estudio filosófico (5/7): Filosofía práctica: ética y política (II)
Battlestar Galactica: en busca de una humanidad perdida. Un estudio filosófico (6/7): Filosofía de la técnica
Battlestar Galactica: en busca de una humanidad perdida. Un estudio filosófico (7/7): Referencias históricas y culturales






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