Hacía días que Nassim había encontrado en la playa una tabla de surf que había olvidado algún extranjero, era blanca e inmaculada, excepto por una línea roja que la atravesaba de punta a punta. Habían dejado también un remo y Nassim salía mar adentro cuando podía. Al poco tiempo ya casi era un experto y se sentía libre. Vivía en una aldea cercana a la costa. Su familia criaban cabras y otras cosas que él no sabía. Tan sólo tenía once años recién cumplidos. Sin embargo, siempre que podía se escapaba y ahora aprendía a navegar con la tabla. Antes soñaba mirando las estrellas y pensando que podría volar.
Salima tenía casi su misma edad, aunque aún no hubiera cumplido los once años. Vivía en la misma aldea. En realidad era prima de Nassim. Se querían. Confiaban el uno en el otro y sentían que siempre se protegerían. Y eso hacía que Salima se encontrara muy cerca de Nassim y como él soñaba en escapar del lugar donde vivía. La fantasía llenaba su espíritu libre. El padre de Nassim, no era su padre. Su padre Abdulá abandonó a su familia y dicen que murió por la gloria de Allah en alguna guerra de un país remoto. Se le dio por muerto y su madre Fatima se casó con Omar. Era un hombre rudo. Un hombre de mar y no de cabras. Desaparecía largas temporadas. Eran momentos tranquilos. Hasta que el demonio le amarraba la cabeza y se volvía violento. Pegaba a su pobre madre. Nassim quería intervenir pero Fatima siempre le apartaba y le pedía que se fuese.
Para Salima Nassim era su hermano más que su primo. Siempre andaban juntos. Ambos sufrían una situación que les tenía desesperados. La madre de Salima se divorció de su marido cuando ella nació. Al no ser su primer hijo un varón, el marido la repudió según la ley. Aunque le dio una casa en la aldea y una renta. Muchos años después cuando Salima iba a cumplir los diez años, su madre se casó de nuevo, esta vez con Ali Mohamet. Nassim sabía, porque Salima le había contado, que Ali Mohamet era un pervertido y que la miraba cuando se bañaba y cuando se cambiaba de ropa y si ella decía algo él se reía. Era asqueroso. Nassim no podía hacer nada para aliviar el sufrimiento de su primita querida Salima, ni el suyo propio.
Es verano. Está atardeciendo y desde la bahía se aprecia el sol reflejado en el agua del mar, dejando una estela dorada. Ambos están sentados en la tabla de surf que Nassim guarda como su único tesoro. El mar está en calma, una calma chicha. Nassim había escuchado decir a un marinero en el mercado que en esta época las calmas duran toda la noche. Mientras Nassim rema Salima se tumba a lo largo de la tabla.
– Me gustaría viajar…- dice Selima- no bajarnos de esta tabla y cruzar el mar juntos hacia adonde Allah nos lleve, lejos de este lugar.
Podemos irnos – contesta ilusionado Nassim – De hecho llevo tiempo pensando en huir. Desde que encontré la tabla supe que era un regalo de Allah , una señal para decirme que escapar es posible. Al otro lado de la bahía está la libertad. Vayamos.!!
– Sí vayamos – dice Salima – como nos guiaremos durante la noche?.
– Seguiremos a una estrella, seguro que la reconozco – dice Nassim- Ahora rememos los dos tu sentada delante y yo detrás . Tu sentada y yo en pie. Llegaremos enseguida . He oído decir que son solo tres millas. No sé cuanto es una milla, pero parece que no es un trayecto largo.
Se pusieron a remar entusiasmados por lo que les podía esperar al otro lado de la bahía. Tanto Nassim como Selima habían escuchado cosas que contaban los mayores acerca de los que pasaban la frontera. Siguieron remando toda la noche. A veces descansaban y ambos se acomodaban para tumbarse sobre la tabla. El litoral se desdibujaba al otro lado. Sólo había oscuridad. El mar seguía en calma chicha. No soplaba ni siquiera una brisa marina. Volvieron a remar, ya cansados. Nassim dijo:
– Cuando lleguemos… ya verás nos estarán esperando con una mesa llena de comida. En estos países la gente es muy rica y tienen de todo.
-¿Y el idioma? – pregunta Selima
– Nos encontraremos maestros que nos enseñaran la nueva lengua y hablaremos como ellos e iremos a la escuela
– De verdad -. dice Selima – a mi me gustaría estudiar. Me gustaría ser médico y curar a los niños y a los animalitios.
– A mi me gustaría ser músico – contesta Nassim – y llevar mi música por el mundo. Viajar y conocer gente. Nos irá bien no te preocupes. Ahora si quieres duerme un poco.
Selima se extiende sobre la tabla mientras Nassim rema y sueña. Pasado un rato la despierta.
– ¡¡Despierta!! Creo que estamos muy cerca, pero no aún no se ve nada. Las olas nos están arrastrando hacia la costa. Las olas nos están ayudando. Allah u Akbar.
– Lo hemos conseguido Salima . Hemos atravesado la frontera.
Nassim sigue remando, esta vez con más fuerza , con ganas de alcanzar la orilla. Selima está agotada y aunque también está emocionada con la sorpresa que van a encontrar cuando lleguen. Ahora tiene frio y hambre, pero sabe que todo eso se le va a pasar porque le van a dar mantas y comida y los van a recibir con una sonrisa. Son niños – piensa – y en estos países sí que piensan en los niños.
En determinado momento se enciende un foco potente desde la costa que les ilumina perfectamente. Nassim entusiasmado arroja el remo y cruza los brazos dejándose ver. Se oye un disparo. Una bala atraviesa el corazón de Nassim. La tabla se tiñe de sangre. Salima, asustada, desconcertada, como puede se pone en pie sobre la tabla y grita sin parar…¡ ¡SOCORRO!!! Se oye otro disparo otra bala atraviesa el pecho de Salima. El mar se tiñe de sangre. El foco se apaga. La mar está en calma y el silencio ha vuelto a la frontera.
[Relato de ficción]
Antonio Doñaque
Abogado & Escritor






Deja una respuesta