A finales de agosto quedo con Ramona Martínez Heras, en su casa de Plaza Nueva, en Castilléjar. Ha cumplido noventa años pues nació el 17 de junio de 1936. Un mes después, el 17 de julio, estalló la Guerra Civil (la guerra de nuestros padres), que duró tres años y medio. Todavía colea la guerra, pues hay gente que se atrinchera y sigue echando las culpas a las derechas o a las izquierdas. Bastante penaron nuestros padres y abuelos como para estar todavía con la carabina al hombro, pero hay guerracivilistas que intentan enfrentar a los españoles. En los años treinta del siglo pasado, los padres de Ramona, José Martínez y Marcelina Heras, tuvieron seis hijos.
–Yo era la más pequeña y cuando tenía tres años, en secreto, mi madre me dio en adopción al matrimonio de José y Tomasa. Ella me crió pero no me pegó nunca, se portó muy bien conmigo. Mi padre llevaba las tierras del médico don Eliseo Avellán, que también tenía tierras en Orce. Este vivía en Murcia, donde tenía la consulta, pero se desplazaba a su casa solariega de Castilléjar, en la Calle de la Iglesia, donde vivíamos también nosotros. Cuando yo tenía unos dieciséis años, me operó de apendicitis en Murcia pero le cobró la operación a mis padres. Ya con seis o siete años, los niños me decían en la calle: ‘Si tú no eres hija de la tía Tomasa. ¿Por qué le dices madre?’. A mí me daba mucho coraje y lloraba en casa, pero mi madre adoptiva me decía: ‘¿Tú le vas a hacer caso a los niños, que solo dicen mentiras?’. Y en este plan.
Hace varios años que hemos ido aplazando la entrevista, más bien por culpa mía, pero ahora Ramona desgrana sus recuerdos con naturalidad. Ha pasado mucho y a sus años necesita contar lo que lleva dentro.
–A mi padre biológico lo mataron en la guerra, en 1936, pero no sé decirte ni cuándo lo mataron ni dónde está enterrado. Cuando yo tenía quince años, más o menos, Tomasa me confesó que ella no era mi madre, que mi madre verdadera vivía y me dio en adopción porque no tenía para darme de comer. Me dijo que quería mucho a Marcelina y que yo también debía de quererla, porque se había portado muy bien. Pero me pidió que la siguiera llamándola madre, como hasta ahora, y que no me preocupara. Un día Marcelina, mi verdadera madre, se presentó en la casa para hablar conmigo y llorando me dijo: ‘Tuve que darte en adopción porque tú eras la más pequeña y no tenía dinero para alimentarte’. Después me enteré que estuvo trabajando en Benamaurel, sirviendo de moza en la casa de un señor viudo, que tenía dos hijas.

Estamos sentados en la mesa camilla de su casa y he tenido que encender la luz de la lámpara porque no veía bien para escribir. Ramona continúa con el relato de su infancia, que parece sacado de una novela de Charles Dickens, sin embargo se muestra agradecida a la vida.
–Todo lo que tengo es de Tomasa, porque fui su única hija. Yo la quería con delirio, era muy buena y muy católica. Pero una noche me acosté sin cenar. Resulta que vivía el médico del pueblo, don José Vázquez, cerca de la casa de don Eliseo, pero una noche me enrollé con la nieta en la casa del médico y no me recogí. Tomasa me castigó porque me tenía dicho, ‘Luces encendías, muchachas recogías’. Pero era muy buena mujer –lo repite varias veces, durante la entrevista–, esta casa de la plaza era suya, así como las fincas que tenía por el puente del rio Guardal y las tierras. Mis cinco hermanos fueron dados en adopción a otras tantas familias. Uno vivió con la familia del tío Clemente, mientras que Andrés estuvo con una familia de la Cuesta de Santo Domingo. Esta familia me dijo que era mi hermano. Domingo se crio con un matrimonio de Sabadell, en el barrio de Can Orial, y tuvo el detalle de regalarme un reloj; mientras que mi hermana Leonor vivió con mis abuelos paternos… Recuerdo que a veces Marcelina venía a casa, seguramente para verme, pero Tomasa cerraba la puerta.
Ramona se casó con Emilio, el Totovío y años después pusieron el bar en esta casa de la plaza, donde siempre ha vivido. Por aquellos años sus suegros tenían una taberna en Los Evangelistas. También vendían carne y en el sótano abrieron una sala de baile, a la que se entraba por el callejón de abajo.
–Un día, alguien dio el chivatazo y se presentó la guardia civil en el sótano. Entonces, un civil le puso la pistola en el pecho a Emilio mientras le gritaba, ‘¿Dónde está la gente?’. Cuando yo llegué y vi la escena, me desmayé y caí de espaldas al suelo. Menos mal que Emilio había escondido a la gente en el corral.

Un servidor fue algunas veces al Bar el Totovío y a bailar en el sótano, guardando las debidas distancias. Recuerdo que por las tardes, después de la clase en la escuela, a los niños que íbamos a hacer la primera comunión nos llevaban en formación a la iglesia, para la clase de catecismo. A veces pedíamos permiso para orinar en el callejón de la iglesia pero salíamos corriendo por la cuesta abajo y hacíamos novillos. El caso es que Ramona fue mi catequista y nos adoctrinaba en la capilla lateral de la izquierda, que estaba casi en la penumbra. Los niños nos sentábamos en los bancos y, en la pared de enfrente, destacaba un cuadro lúgubre donde se veían a las ánimas benditas, que se abrasaban en el fuego del purgatorio, mientras elevaban la mirada pidiendo misericordia a la Virgen. Aquella visión de los penitentes era más que suficiente para convencernos a los niños de que debíamos de ser buenos. En los años sesenta, Ramona también fue locutora en la emisora de Radio María de Castilléjar, que estaba instalada en el salón parroquial. Por las mañanas rezaba el rosario y leía los escritos, que le entregaba el joven párroco don Atanasio, al que recuerdo con el bonete.

En aquellos años de los sesenta yo le llevé algunas cartas a don Eliseo, y siempre me daba una peseta. En otra ocasión él entraba a la iglesia y yo salía, por la puerta de la izquierda, que era la que utilizaban los hombres. Yo era un crío y, al ver a aquel hombre mayor y bien vestido (quizá con un traje blanco), le cedí el paso como es natural. Entonces me dijo esta frase, que no se me olvida: Eres el niño más bueno del pueblo.
Cuando terminó la Guerra Civil, en 1939, España quedó destrozada y en la ruina total, y no se recuperó hasta los años sesenta; mientras que las cartillas de racionamiento estuvieron hasta 1952, aunque siguió el estraperlo, el comercio clandestino. La guerra dejó medio millón de muertos, la mayoría fue entre la población civil, otro medio millón de exiliados y miles de prisioneros encarcelados o encerrados en campos de concentración, incluso haciendo trabajos forzados. Quedó un alto porcentaje de familias rotas, con viudas, huérfanos y desaparecidos, en medio de la mayor pobreza y miseria. En este contexto hay que comprender que muchas familias no podían alimentar a los hijos, por lo que miles de niños fueron internados en orfanatos (los expósitos), o adoptados por familias pudientes, sin papeles ni nada, como en el caso de Ramona.
Si los hijos de los matrimonios divorciados o separados –donde se da el mayor fracaso escolar– tienen traumas al vivir en una familia monoparental, o con alguien que no es su progenitor, imaginemos la complicada situación familiar de Ramona. No conoció a su padre y no sabe dónde ni cuándo murió (varios jóvenes de Castilléjar fueron destinados durante la guerra al frente, en la provincia de Castellón, entre ellos mi padre), por si fuera poco, unos años después su madre la dio en adopción a un matrimonio del pueblo.
Ramona tiene ya noventa años y su marido Emilio falleció hace varios años, al finalizar la entrevista me dice que, en recuerdo de su madre adoptiva, le puso el nombre de Tomás a su hijo.






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