El lunes 6 de abril fue bendecido el Órgano de la Epístola de la Catedral de Granada tras su restauración que ha durado varios años,y que ha estado a cargo del plan Alhambra, después de la bendición hubo un memorable concierto ofrecido por la organista titular del templo Concepción Fernández Vivas.
Además de su función litúrgica en las celebraciones religiosas donde su sonido “ será más moderado, más suave”, será también protagonista de ciclos de conciertos, el primero de ellos “Armonías del viento” lo inauguró el 30 de mayo Antonio Duarte, organista titular de la S.I. Catedral de Lisboa; el segundo concierto el 20 de junio ya en el marco del Festival de Música y Danza lo ofreció Olivier Latry, organista titular de Notre- Dame de París y figura importante del órgano contemporáneo. Está previsto un concierto mensual hasta el mes de diciembre con el concierto de la organista titular de la catedral de Granada que cerrará el ciclo.
La noticia de la bendición del órgano se publicó en distintos medios de comunicación entre ellos la COPE cuyo periodista Fran Viñuela le hizo una entrevista grabada a Concepción F. Vivas sobre el recién restaurado órgano, que se editó el 7 de abril.
A lo largo de la entrevista la organista titular, gran virtuosa del órgano, habla en primer lugar de la construcción del instrumento en 1744 por el maestro organero Leonardo Fernández Dávila que construyó también el mueble que lo alberga y señala algunas características de este órgano: 17 metros de altura, ocho de ancho y 3.443 tubos en su interior. A continuación señala la complejidad que presenta “ al tener tres teclados y lengüetería en la nave central y en la fachada de eco, lo que por otra parte le proporciona un sonido muy rico y muy variado”, además con la restauración ha recuperado su temperamento mesotónico característico que le da una sonoridad especial. Más adelante describe con una sugerente y preciosa imagen el funcionamiento del órgano, persona de una profunda sensibilidad y exquisito sentido de la belleza Concepción F. Vivas explica que “el órgano es un instrumento vivo porque tiene un pulmón dentro, que son los secretos y entonces hay que darle al motor, los fuelles se inflan y respiran”.

Considera que constituye una enorme responsabilidad tocarlo pero al mismo tiempo esa tarea es de una enorme belleza y añade que el objetivo es “hacer cantar al órgano, entenderlo, buscar el repertorio adecuado a su temperamento, experimentar qué va, qué no va, ya que algunas piezas, como ciertas obras de Bach no son adecuadas para su temperamento específico” y así ir redescubriendo la voz de ese gigante musical. Es evidente que este órgano no podía estar en mejores manos.
Oyéndola recordé una de las más bonitas leyendas de Gustavo Adolfo Bécquer (1836-1870), “Maese Pérez, el organista” (leyenda sevillana) ( 1861) en la que el escritor cuenta cómo el órgano de Maese Pérez parece tener vida propia y siente las emociones que el organista le transmite.
Con una estructura narrativa muy elaborada, una introducción y cuatro partes, y a través de varias voces narrativas, el narrador y dos vecinas, una anónima que es la que siempre habla y otra la señora Baltasara que escucha, Bécquer nos relata esta leyenda que transcurre en la iglesia del convento de Santa Inés en Sevilla, su ciudad natal. Dentro de sus leyendas se la considera del grupo llamado “leyenda ideal”, es decir que “tiene una lejana base en la tradición, pero llena de rasgos maravillosos y de recursos de tipo poético similares a las manifestaciones de la fantasía popular” ( Rubén Benítez).
La leyenda recoge la historia de Maese Pérez, organista ciego de la iglesia del convento de Santa Inés que estando moribundo no quiso dejar de tocar en Nochebuena en la Misa del Gallo, era su celebración favorita y en la que su arte llegaba a lo más excelso, la gente lo sabía y cada Navidad acudía toda Sevilla a oírlo desde los más encumbrados personajes a la gente del pueblo que se agolpaba al final de la iglesia para escucharlo. Bécquer como genial maestro de la palabra describe con minuciosidad y hondo lirismo el momento de la Consagración: “…y cuando levantan la Sagrada Forma…las voces de su órgano son voces de ángeles...” “Maese Pérez puso sus crispadas manos sobre las teclas del órgano. Las cien voces de sus tubos de metal resonaron en un acorde majestuoso y prolongado, que se perdió, poco a poco, como si una ráfaga de aire hubiese arrebatado sus últimos ecos. A este primer acorde, que parecía una voz que se elevaba desde la tierra al cielo, respondió otro lejano y suave, que fue creciendo y creciendo, hasta convertirse en un torrente de atronadora belleza..
……Después comenzaron a oírse como unos himnos distantes…..que al confundirse formaban uno solo que, no obstante, solo era el acompañamiento de una extraña melodía que parecía flotar sobre aquel océano de acordes misteriosos, como un jirón de niebla sobre las olas del mar...” y cuando el sacerdote levantó la Hostia “ En aquel instante, la nota que Maese Pérez sostenía tremando se abrió, se abrió, y una explosión de armonía gigante estremeció la iglesia…..De cada una de las notas que formaban aquel magnífico acorde se desarrolló un tema; y unos cerca, otros lejos, estos brillantes, aquellos sordos, diríase que las aguas y los pájaros, las brisas y las frondas, los hombres y los ángeles, la tierra y los cielos, cantaban, cada cual en su idioma un himno al nacimiento del Salvador… El órgano proseguía sonando; pero sus voces se apagaban gradualmente , como una voz se pierde de eco en eco, y se aleja, y se debilita al alejarse…El órgano exhaló un sonido discorde y extraño, semejante a un sollozo, y quedó mudo…” Maese Pérez acababa de morir. ( páginas 147-148)
No oímos la música de Maese Pérez pero Bécquer nos la ha hecho sonar con la música de sus palabras para fundir las dos músicas en un todo de pura BELLEZA.
A la Nochebuena siguiente la vecina narradora informa a doña Baltasara: “ Pues sí, señor. Parece cosa hecha que el organista de San Román, aquel bisojo que siempre está echando pestes de los otros organistas, aquel perdulariote… va a tocar esta Nochebuena en lugar de Maese Pérez…nadie quería comprometerse a hacerlo. Ni aun su hija que es profesora, y después de la muerte de su padre entró en el convento de novicia...” y cuando ya se había decidido que el órgano permaneciera callado “..hete aquí que se presenta nuestro hombre diciendo que él se atreve a tocarle…No hay nada más atrevido que la ignorancia…” ( página 148).

La gente estaba dispuesta a formar una algarabía en cuanto el organista pusiese sus manos sobre el teclado profanando, según el sentir popular, el órgano de Maese Pérez, “ cuando el sacerdote tomó la Hostia en sus manos….se elevaron las diáfanas ondas del incienso, y sonó el órgano. Una estruendosa algarabía llenó los ámbitos de la iglesia en aquel instante y ahogó su primer acorde…pero el estrépito solo duró unos segundos. Todos a la vez enmudecieron de pronto. El segundo acorde, amplio, valiente, magnífico, se sostenía aún, brotando de los tubos de metal del órgano como una cascada de armonía inagotable y sonora.
Cantos celestes como los que acarician los oídos en los momentos de éxtasis;…notas sueltas de una melodía lejana, que suenan a intervalos, traídas en las ráfagas del viento; rumor de hojas que se besan en los árboles con un murmullo semejante al de la lluvia; trinos de alondras que se levantan gorjeando de entre las flores como una saeta despedida a las nubes; estruendos sin nombre, imponentes como los rugidos de una tempestad; coros de serafines sin ritmo ni cadencia; ignota música del cielo que solo la imaginación comprende;…todo lo expresaban las cien voces del órgano con más pujanza, con más misteriosa poesía, con más fantástico color que lo habían expresado nunca” ( páginas 149-150)
La música del órgano nos hace enmudecer y nos deja sin palabras y es cuando un poeta como Gustavo Adolfo Bécquer convierte en bellísimas palabras lo que nos ha hecho sentir la música y no sabemos expresar. La música y la palabra íntimamente unidas revisten nuestra alma como si de una suave y brillante seda se tratara.
El organista de San Román bajó las escaleras a trompicones y con un color de difunto, diciendo que jamás volvería a tocar ese órgano. La vecina- narradora le comenta a su amiga: “ Ese hombre no puede haber tocado lo que acabamos de escuchar. Si yo lo he oído mil veces en su parroquia, y de donde tuvo que echarlo el señor cura por malo, y era cosa de taparse los oídos con algodones… Vamos, mi señora doña Baltasara, créame usarced, y créame con todas veras…: yo sospecho que aquí hay busilis…” ( páginas 150-151)

Transcurre un año más y la abadesa del convento de Santa Inés le había pedido a la hija de Maese Pérez, novicia en el convento, que tocara el órgano en la Misa del Gallo, la joven le contestó que tenía miedo porque cuando había ido a arreglar los registros del órgano y a templarle “ vi un hombre que, en silencio y vuelto de espaldas hacia el sitio en que yo estaba, recorría con una mano las teclas del órgano, mientras tocaba con las otra a sus registros, y el órgano sonaba. Pero sonaba de una manera indescriptible. Cada una de sus notas parecía un sollozo ahogado dentro del tubo de metal, que vibraba con el aire comprimido en su hueco y reproducía el tono sordo, casi imperceptible, pero justo…entonces quise gritar, pero no pude. El hombre aquel había vuelto la cara y me había mirado; digo mal…no me había mirado, porque era ciego…¡ Era mi padre!”.
La abadesa tranquiliza a la joven y esta “ abrió con mano temblorosa la puerta de la tribuna para sentarse en el banquillo del órgano, y comenzó la Misa”, pero cuando llegó la consagración sonó el órgano y al mismo tiempo un grito de la hija de Maese Pérez : “ El órgano estaba solo y, no obstante, el órgano seguía sonando…, sonando como solo los arcángeles podrían imitarle en sus raptos de místico alborozo” ( páginas 151-152)
Después de esta bella recreación de la música y del sentir del órgano que hace Gustavo Adolfo Bécquer solo queda exclamar, ¡Qué maravilla de instrumento! y ¡Qué maravilla de música!

Y ¡Qué privilegio para Granada y su Catedral tener dos magníficos órganos y además tener a Concepción Fernández Vivas como organista titular de la Catedral granadina !
Edición utilizada:
Bécquer, Gustavo Adolfo. (1992). Leyendas, edición de José B. Monleón. Madrid. Akal, colección Nuestros Clásicos 4.






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